🩷
Desde afuera parecía olvidado. Un letrero de neón parpadeante, pintura descascarada y ese tipo de música que no pide permiso para invadir el cuerpo. Nada elegante. Nada importante.
Perfecto.
Andrew miró el motel un segundo antes de entrar.
—No deberíamos tardar. Patricio se quedó solo.
Asentí, aunque en realidad no quería pensar en el tiempo. No quería pensar en nada. Esta era mi despedida de una vida a la que, ahora me doy cuenta, nunca pertenecí.
Entramos.
El aire estaba cargado de alcohol, risas y algo más… algo libre.
Andrew se acercó a la barra.
—¿Qué quieres?
—Lo más fuerte que tengan.
Alzó una ceja, divertido.
—Eso suena peligroso.
—Hoy lo soy.
Pidió dos whiskey sin discutir. El vaso llegó rápido. Ámbar, fuerte, sin adornos. Bebí sin pensarlo.
Me quemó la garganta.
Y por primera vez en horas… sentí algo que no era miedo.
—Tranquila —dijo Andrew—. No es una competencia.
—No lo es —respondí—. Es una necesidad. ¿Sabes que Eros no me dejaba tomar más de una copa?
—Es que nunca pudiste aguantar el alcohol. No fue una mala decisión —respondió, bajando el vaso que le extendía al mesero.
—No. Pero ahora yo tomo mis propias decisiones… y si quiero otra, la voy a tomar.
—Es una declaración de guerra.
—Bueno, él nunca se enterará. Y ¿sabes qué? Dejaremos de hablar de él. Después de hoy no quiero volver a hacerlo… Otro igual, por favor —le dije al mesero.
Cuando terminó de servirlo, lo tomé de golpe y dejé el vaso sobre la mesa.
Andrew rió.
Su risa fue fuerte. Real.
No lo había escuchado reír así en años.
Negaba con la cabeza.
Tomó su vaso, pero no bebió de inmediato. Me observó. No como lo hacía Eros. No con control. No con cálculo.
Solo… miraba.
—¿Qué me miras? —pregunté.
—Por un momento vi a la muchacha que conocí hace siete años. Tu sonrisa no se borraba por las tantas veces que Eros te llamaba la atención.
—¡Que no lo menciones! —grité cubriendo su boca con mi mano.
Él quitó mis manos con las suyas. Sus ojos miraban los míos. Cuando bajó nuestras manos y sus dedos aún tocaban los míos.
—¿De qué más puedo hablar contigo? No hay momento en el que hayamos estado a solas sin… Er
—El que no debe ser nombrado. Es mejor no decir su nombre o lo invocamos.
—Está ocupado —dijo Andrew tomando un trago de su bebida.
—Lo sé… jugando a la familia feliz. Mejor hablemos de esa cita que me debes.
—Victoria…
—Si hubiera dicho que sí… ¿a dónde me hubieras llevado? —pregunté
—Me dijiste que sí. Solo que yo tuve que cancelar.
—Es cierto. Por el innombrable, ¿no? —pregunté.
Él rió otra vez.
—Hubiéramos ido a cenar a un restaurante bonito. Vino, carne con verduras.
—¡Aburrido! —grité.
La música cambió. Más ritmo. Más cuerpo.
—Yo no soy aburrido —dijo, extendiendo su mano hacia mí.
La tomé con duda. ¿Cuándo había sido la última vez que bailé algo así?
—¿Ahora quién es la aburrida? —añadió.
Esta vez no dudé.
La pista estaba llena —o al menos eso parecía en un lugar tan pequeño—, pero a nadie le importaba. Ni las miradas, ni el espacio, ni nada.
Su mano en mi cintura fue firme, pero ligera. El contacto se sintió natural… y al mismo tiempo no lo era.
Nadie puede tocarte. Solo yo.
La voz de Eros apareció en mi cabeza.
—No —respondí en voz baja.
—¿No te gusta?
—¿Qué? —pregunté.
Él se separó un poco y empezó a bailar solo.
—No, si puedes tomar mi cintura. Es solo que…
—No tienes que explicar. No tienes que buscar excusas si no quieres bailar —dijo cuando volvió a acercarse.
Su sonrisa me dijo lo que necesitaba saber.
No exigía.
No tomaba.
Solo estaba.
—Si quiero bailar. Solo estoy algo oxidada.
Empezamos a movernos.
Al principio torpes. Bueno yo era torpe.
Luego… me fui soltando.
La salsa no era mi ritmo. O quizá sí lo era y solo me faltaba practicar.
Andrew sonreía cada vez que lo pisaba.
¡Dios… qué vergüenza!
Y aun así no quería soltarlo.
Estar aquí sí era una declaración de guerra. No contra Eros… sino contra la persona que fui durante siete años.
El alcohol empezó a hacer su trabajo. Aflojaba los pensamientos, suavizaba los recuerdos… y desataba mis caderas.
La vergüenza se fue.
Y en su lugar llegaron rondas de tequila.
—Recuerdo el primer día que te vi —dijo Andrew cerca de mi oído.
Giré apenas.
—¿Sí?
—Llegaste con una carpeta azul, el cabello recogido y las mejillas muy rojas.
Solté una risa.
—No estaba nerviosa… estaba aterrada.
—Lo sé. Me lo dijiste.
—No.
—Sí lo hiciste. Hablamos como cinco minutos antes de que él saliera de su oficina a recibirte. Cuando te fuiste, me pregunté… ¿de dónde salió? Me gustaste mucho.
La sinceridad me sorprendió más que la frase.
No era coqueteo.
Era recuerdo.
—Tú también me gustaste —admití.
Sus pasos se ralentizaron apenas.
—No puedo creerlo. Mirabas a E… a él como si fuera un dios.
—Era mi jefe. Mi dios en ese momento. Sin él nunca hubiera entrado a ese mundo. ¿Sabes las posibilidades que tiene una persona sin recursos de entrar a la policía?
—No vivimos en mundos tan diferentes, Victoria. Entonces… ¿por qué estudiaste esa carrera?
—Porque, como todo niño, tenía sueños. Yo soñaba con cambiar este país. Hacerlo más justo, más humano… —exhalé—. Pero ahora eso no importa. Otro sueño truncado.
Mis ojos ardieron.
—Victoria…
No tenía sentido mentir.
No con el alcohol recorriéndome.
No con esta versión de nosotros.
—Cuando entré a trabajar, sabía que E tenía interés en mí. No era tonta. Ya para entonces había ayudado a mi madre… y a Patricio. Entré para pagar la deuda, pero no quería hacerlo con mi cuerpo.
Andrew asintió despacio.
—Lo que pasó entre ustedes… No fue solo sexo.
—No puedes saber eso. Entonces te vi a ti. No voy a negar que me gustaste. No solo porque eres guapo… también porque eras una forma de alejarme de él. Pero cancelaste la cita. Y al final… me dejé envolver.
Lo miré directo.
Andrew exhaló.
—No tuve elección. El partido me envió a un viaje. No podía negarme.
—¿Entonces fue E?
—Es posible.
La música seguía, pero ya no la escuchaba igual.
—Cuando volviste —continué— me enviaste chocolates con maní… casi matas a E. Nunca le dije que fuiste tú.
Andrew soltó una risa corta.
—No.
—¿No?
—E no es alérgico al maní.
El mundo se inclinó.
—¿Qué?
—Fue mentira. No le gusta, pero no es alérgico. Yo lo sabía.
Mi cuerpo se quedó quieto.
—¿Por qué…?
—Para tenerte cerca. Ese día, mientras los paramédicos lo atendían, estabas llorando. Peleaste con todos para quedarte con él. Él lo tomó como una prueba de tus sentimientos… se obsesionó más contigo.
Cerré los ojos un segundo.
Dolía.
—Yo le hablé de ti —continuó Andrew—. De ustedes. Entendí que estaba enamorado.
—¿Enamorado?
—No lo dijo así. No lo necesitó. Me hice a un lado. Además mi corazón ya estaba ocupado.
—¿Miranda?
Asintió.
—Solo quería ver si podía olvidarla contigo. Nunca antes me había gustado otra mujer.
Lo miré con una media sonrisa.
—¿Hubiera sido tu premio de consolación?
Andrew sostuvo mi mirada.
—No… algo así. Pero no puedes culparme.
Solté una risa suave.
—Qué halago.
—Lo entenderás algún día —dijo—. Cuando conozcas a alguien… y no sea tu primera opción.
Me tensé.
—Porque E siempre será el primero.
Ahí estaba.
La verdad.
—No —dije—. Ya no. Yo decido eso. Jamás usaría a alguien para olvidarlo.
Andrew rió.
—A veces, cuando hablas, eres muy madura. A veces muy niña. Nunca cambies.
—Cambié… pero ya volví. Vamos a brindar por eso.
Regresamos a la barra. Más tragos. Más calor. Más baile.
Entre nosotros… algo se acomodó.
—¿Tú y Miranda son novios en secreto? —pregunté.
—No soy tan importante para eso. Me llama cuando quiere… o cuando yo quiero. Lo intentamos hace un tiempo, pero algo se rompió.
—Creo que tú también deberías alejarte de los Cross.
—Le debo mucho a Amanda —respondió
—También le debes no poder estar con Miranda.
—Es el precio que hay que pagar.
Giré el vaso entre mis dedos.
—Si E y M no hubieran estado… me hubiera gustado ir a esa cita.
Lo miré.
Por un segundo… imaginé otra vida.
—Quizá hubiera sido tu novia.
Andrew sonrió.
—Quizá.
Negué.
—O quizá no.
—¿Por qué?
Respiré hondo.
—Porque cuando alguien es tu destino… aunque el camino se tuerza, siempre vuelves.
Andrew bajó la mirada esquivando mis ojos.
—¿Y quién decide eso? —pregunté
Silencio.
La música cambió. Más lenta.
No sé quién se acercó primero.
Solo sé que terminamos bailando otra vez.
Más despacio.
Más cerca.
Mi frente casi rozó su hombro.
—No sé qué pasará mañana —murmuré—, pero quiero seguir. Quiero enamorarme… de verdad.
—Haces bien.
—Esta noche me recordó que hay más… que no todo es él.
Su mano se tensó apenas en mi espalda.
—Estoy pensando lo mismo. No todo es Miranda.
Sonreí contra su hombro.
—Te deseo suerte —dije mirando directamente a sus ojos.
Apartó un mechón de mi rostro.
Lo miré.
Él me miró.
—Yo también —susurró.
—Me hubiera gustado más tiempo contigo… —respondí
Mi mano subió por su cuello, jugando con su cabello.
—Ahora más que nunca me arrepiento de no haberte llevado a esa cita —dijo.
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
Quiero irme. Pero no quiero despedirme.
No de esto. No de él. No sin saber qué hubiera pasado.
Andrew no se movió. Solo me miraba. Y por un segundo… todo se quedó en silencio.
Mi mirada bajó a sus labios.
Entonces me incliné. Y lo besé.