En esa jaula invisible đź”’

1762 Words
🩷 El sonido fue lo primero que me golpeó. Risas. Música. Voces cruzándose sin cuidado. Demasiada vida. Di un paso dentro de la casa y sentí algo extraño… como si estuviera entrando en un lugar que no estaba hecho para mí. —¡Andrew! Una mujer apareció casi de inmediato. Su madre, supuse. Lo abrazó y lo besó en el rostro como si no lo hubiera visto en mucho tiempo. Su expresión cambió al verme. Primero sorpresa… luego curiosidad. Pero no esperaba una grande y hermosa sonrisa. —No dijiste que vendrías con alguien. —Mamá… ella es Victoria. Incliné ligeramente la cabeza. —Disculpe… no sabía que había una reunión. —Es más que una reunión cualquiera. Es el cumpleaños de Andrew, nuestro orgullo —dijo su padre desde atrás, con una sonrisa tranquila—. Siempre hace esto. Fingir que se olvida. Miré a Andrew. —Lo olvidé… lo siento. Feliz cumpleaños. —No pasa nada —respondió con ligereza encogiéndose de hombros. Pero se notaba que sí. Aunque nadie lo señaló. Nadie lo hizo incómodo. Aquí no había una Amanda que me hubiera mandado al otro lado de la ciudad para comprar una botella de vino por no saber la fecha del cumpleaños de Eros en nuestro primer año juntos. —¿Es tu novia? —preguntó su madre sin rodeos. El silencio duró apenas un segundo. Pero fue suficiente. Andrew dudó. Lo vi. Pero negué con mi cabeza. No había necesidad de mentir. De complicar las cosas. Mañana debería estar lejos de aquí. —No —respondió al final —Amiga… y su hermanito. Amiga. La palabra cayó entre nosotros con un peso extraño. Como si me definiera demasiado… o no dijera nada en absoluto. ¿Éramos amigos? ¿Podríamos seguir siendo amigos después de esto? —Encantada —dijo ella, relajándose—. Pasen, siéntanse como en casa. ¿Quieres comer algo pequeñito? —preguntó acariciando la cabeza de patito. Patito asintió, entramos juntos. De la mano. Casa. Entendí a qué se refería apenas entre. No recordaba la última vez que esa palabra significó algo para mí. La imagen de mi madre vino a mi mente. No sentía nostalgia ya no. Avancé, observándolo todo. La forma en que hablaban. La facilidad con la que se tocaban. La naturalidad. Nadie medía sus palabras. Nadie calculaba sus gestos. Nadie… estaba interpretando un papel. El papel que yo interpretaba en la vida de Eros. Nadie me analizaba. Nadie esperaba nada de mí. Para ellos… solo era una mujer. Una amiga. Y no sabía qué hacer con eso. Sostuve a Patricio más fuerte contra mí, como si él fuera lo único que me mantenía anclada a algo real. Andrew desapareció entre la gente junto a su madre. Rodeado. Cómodo. Feliz. Como si este fuera el lugar donde realmente pertenecía. No el mundo de Eros. Este. Una mujer mayor se acercó con una copa en una mano y un plato de comida para Patito en la otra. —¿Quieres? Asentí. Necesitaba algo que calmara el ruido dentro de mi cabeza. —¿Qué es? —Vodka con jugo de durazno. Di un sorbo en silencio. Estaba delicioso. Demasiado fácil. —¿Hace mucho conoces a Andrew? —preguntó. —Siete años —respondí—. Del trabajo. —¿Trabajabas con Eros Cross? —insistió con curiosidad—. ¿Cómo es nuestro futuro presidente? El nombre me golpeó más de lo que esperaba. Siempre él. En todas partes. Sonreí. Automático. —Trabajaba para el partido… pero lejos de Eros. No lo conocí realmente. Mentira. Perfecta. Como siempre. Hasta hace unos días había sido su mujer. Pero nadie tenía por qué saberlo. Nadie tenía por qué saber lo que me hizo. —¿Y votarás por él? Asentí apenas. —Supongo que sí. No tenemos otra alternativa si queremos que dejen de perseguir a los inmigrantes. La conversación siguió. Era la tía de Andrew. Una mujer amable. Sencilla. Muy distinta a las personas que había conocido en los últimos años. Quería reír. Sentirme ligera. Pero no podía. Y lo peor… era que no recordaba cuándo había sido la última vez que tuve una conversación así con alguien que no fuera Eros. Entonces lo entendí. Había cambiado demasiado. Él me había cambiado. Y yo había sido una tonta por creerle. Que debía aprender. Que algún día todos sabrían quién era yo. Que era inteligente. Que llegaría lejos en la política. Todo era mentira. No era para ayudarme. Era para mantenerme ahí. En esa jaula invisible que nunca vi cerrarse. Ella seguía hablando… pero yo ya no estaba escuchando. Mi mente ya no estaba ahí. Estaba en otro lugar. En otro momento. En él. Eros. Siempre Eros. El celular de Andrew sonó. Lo vi alejarse para contestar. Algo dentro de mí se tensó de inmediato. —¿Me disculpa? —pregunté a su tía, ella asintió. Lo seguí. Tenía que saber si podía confiar o no. —Eros… ¿pasó algo? Mi corazón dio un golpe seco. Me acerqué más sin pensarlo. Pero la llamada fue mecánica. Un sí y un no. Luego un “nos vemos mañana”. —¿Ya lo sabe? —pregunté apenas colgó. Se dio la vuelta para responder. —No —respondió—. Solo dijo que recogería a Patricio por la mañana. Olivia sigue en el hospital. Negué lentamente. Algo no estaba bien. No sabía qué… pero lo sentía. —Necesito salir de aquí. Andrew me observó un segundo. No insistió. —¿Quieres irte? —Asentí. —¿A dónde? —preguntó —Conozco un lugar donde Eros jamás iría. ¿Puedes conseguirme un taxi? La pequeña sonrisa desapareció de su rostro. —¿Taxi? Yo puedo llevarte… —No quiero molestarte… tu familia está aquí. —No notarán que me fui. Solo déjame despedirme de mis padres. Es la primera vez que vengo en mucho tiempo, están muy contentos. Sal sin despedidas largas. Sin explicaciones. Solo fingiendo una sonrisa para la madre de Andrew. No por que debía, sino porque ella lo merecía. Aunque no pudiera ser sincera. El aire de la noche me recibió otra vez… pero ya no se sentía igual. Subimos al auto. Patricio cayó dormido en medio de la carretera. Inocente. Ajeno a todo. —¿Estás bien? —preguntó Andrew mientras arrancaba. —No lo sé. Miré por la ventana. —Desde que vi a Jeff… algo no me cuadra. —Amanda está de nuestro lado —dijo con calma—. Se encargará de todo. No tienes nada de qué preocuparte Y le creí. Porque en el mundo de Eros nada se dejaba al azar. Todo estaba calculado. Todo estaba bajo control. Excepto yo. Y por eso… tenía que desaparecer. El trayecto fue largo. El lugar… tal como lo recordaba. Luces tenues. Un letrero viejo. Silencio. Andrew estacionó. —¿Es aquí? Asentí. Entramos. El recepcionista apenas levantó la vista. —¿Nombre? —Andrew Winchester. Escribió. Luego levantó la mirada. —¿Y la acompañante? Andrew no dudó. —Miranda Cameron. Sentí un pequeño quiebre en el aire. ¿Miranda Cameron? ¿Por qué Miranda usaba mi apellido? Quería preguntar. Pero no dije nada. Él sacó una identificación. La tiro en la mesa. Falsa. Perfecta. El hombre asintió. Le entregó la llave. Subimos. Silencio. Entramos a la habitación. Simple. Fría. Suficiente. Dejé a Patricio en la cama. Lo cubrí con cuidado. Me giré lentamente hacia Andrew. —¿Miranda y tú? No fue una pregunta. Fue una confirmación. Él suspiró. —No es lo que piensas. Alcé una ceja. —¿Entonces qué es? Se pasó una mano por el cabello. —Es… complicado. Una pequeña risa escapó de mis labios. —Siempre lo es. ¿Quieres contarme? —pregunté sintiéndome un poco ligera. El silencio que siguió fue más pesado. —Hay algo… pero Amanda jamás lo permitiría —dijo finalmente. —¿Por qué? Me miró directo. —Porque no soy de su mundo. ¿No viste la casa de mis padres? Puedo serlo… pero me niego a dejar a mi familia atrás. Asentí lentamente. Por qué en parte ya lo había hecho. Cada vez que elegía quedarse, y no ir con su familia. Sólo que no quería admitirlo. Creo que cada uno vivía en su propio espejismo. —¿Amanda? —pregunté y él asintió. —¿Por eso ella quisiste postularte? Si hubieras sido el candidato estoy segura que te hubiera dejado estar con Miranda. —Eros es quien debe ser presidente. Es todo lo que debes saber. Lo de Miranda es casual… así se quedará, hasta que su abuela le consiga un esposo digno. Lo miré un segundo más. Y asentí. No tenía derecho a opinar… no cuando yo había vivido algo peor. Mucho peor. No pregunté más. No por no querer saber, fue porque sabía. Sabía que él se sentía igual que yo. Odiaba no ser suficiente. Camino hacia la puerta. —¿Te vas? —Sí. —¿A tu casa? Negó. —No. Vi un bar cerca de aquí. Me siento como un policía encubierto… Necesito un trago. Este día ha sido demasiado. Salí con él a la puerta. El aire estaba pesado. Y entonces lo escuché. Música. Risas. Un bar cercano. Giré la cabeza. No pensé que estuviera tan cerca. Miré el hotel. Patricio dormiría un par de horas más. Andrew también lo notó. —¿Puedo ir contigo? Él dudó. —Victoria… no creo que sea prudente. Eros… —Solo una copa—dije—. Además… quiero pedirte algo. Esperé a que me mirara. —Te lo diré en el bar —dije sonriendo. —Si no me dices, no lo haré, así que siempre perderás tu —dijo dando un paso adelante. —Está bien… Cuando te vayas hoy, te olvidarás de mí. No le digas a Amanda que estoy aquí. Por favor. Quiero irme sola… por mi cuenta. Frunció el ceño. —Victoria… ¿No es muy arriesgado? No quiero que nada te pase. Eres importante para mí también. Sonreí. Hace mucho tiempo nadie me decía algo como eso. Coloque mi mano en su hombro. —He sobrevivido toda mi vida. Puedo volver a hacerlo. Andrew asintió finalmente. —Está bien. Entonces… ¿Esta será nuestra despedida? —Así es. Por los buenos tiempos. Y por haberme ayudado. Aunque creo que lo que hiciste fue ayudar a Amanda. Negó con la cabeza. Tomó mi mano y caminamos juntos al bar. Y en ese momento… no supe que ese… había sido el primer error.
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