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El sonido fue lo primero que me golpeĂł.
Risas. Música. Voces cruzándose sin cuidado. Demasiada vida.
Di un paso dentro de la casa y sentĂ algo extraño… como si estuviera entrando en un lugar que no estaba hecho para mĂ.
—¡Andrew!
Una mujer apareciĂł casi de inmediato. Su madre, supuse. Lo abrazĂł y lo besĂł en el rostro como si no lo hubiera visto en mucho tiempo.
Su expresión cambió al verme. Primero sorpresa… luego curiosidad. Pero no esperaba una grande y hermosa sonrisa.
—No dijiste que vendrĂas con alguien.
—Mamá… ella es Victoria.
Incliné ligeramente la cabeza.
—Disculpe… no sabĂa que habĂa una reuniĂłn.
—Es más que una reunión cualquiera. Es el cumpleaños de Andrew, nuestro orgullo —dijo su padre desde atrás, con una sonrisa tranquila—. Siempre hace esto. Fingir que se olvida.
Miré a Andrew.
—Lo olvidé… lo siento. Feliz cumpleaños.
—No pasa nada —respondió con ligereza encogiéndose de hombros.
Pero se notaba que sĂ.
Aunque nadie lo señalĂł. Nadie lo hizo incĂłmodo. AquĂ no habĂa una Amanda que me hubiera mandado al otro lado de la ciudad para comprar una botella de vino por no saber la fecha del cumpleaños de Eros en nuestro primer año juntos.
—¿Es tu novia? —preguntó su madre sin rodeos.
El silencio durĂł apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
Andrew dudĂł. Lo vi. Pero neguĂ© con mi cabeza. No habĂa necesidad de mentir. De complicar las cosas. Mañana deberĂa estar lejos de aquĂ.
—No —respondió al final —Amiga… y su hermanito.
Amiga.
La palabra cayó entre nosotros con un peso extraño.
Como si me definiera demasiado… o no dijera nada en absoluto.
¿Éramos amigos? ÂżPodrĂamos seguir siendo amigos despuĂ©s de esto?
—Encantada —dijo ella, relajándose—. Pasen, siéntanse como en casa. ¿Quieres comer algo pequeñito? —preguntó acariciando la cabeza de patito.
Patito asintiĂł, entramos juntos. De la mano.
Casa. EntendĂ a quĂ© se referĂa apenas entre.
No recordaba la Ăşltima vez que esa palabra significĂł algo para mĂ. La imagen de mi madre vino a mi mente. No sentĂa nostalgia ya no.
Avancé, observándolo todo.
La forma en que hablaban. La facilidad con la que se tocaban. La naturalidad.
Nadie medĂa sus palabras. Nadie calculaba sus gestos.
Nadie… estaba interpretando un papel. El papel que yo interpretaba en la vida de Eros.
Nadie me analizaba. Nadie esperaba nada de mĂ. Para ellos… solo era una mujer. Una amiga.
Y no sabĂa quĂ© hacer con eso.
Sostuve a Patricio más fuerte contra mĂ, como si Ă©l fuera lo Ăşnico que me mantenĂa anclada a algo real.
Andrew desapareciĂł entre la gente junto a su madre.
Rodeado. CĂłmodo. Feliz. Como si este fuera el lugar donde realmente pertenecĂa.
No el mundo de Eros. Este.
Una mujer mayor se acercĂł con una copa en una mano y un plato de comida para Patito en la otra.
—¿Quieres?
AsentĂ.
Necesitaba algo que calmara el ruido dentro de mi cabeza.
—¿Qué es?
—Vodka con jugo de durazno.
Di un sorbo en silencio.
Estaba delicioso. Demasiado fácil.
—¿Hace mucho conoces a Andrew? —preguntó.
—Siete años —respondĂ—. Del trabajo.
—¿Trabajabas con Eros Cross? —insistió con curiosidad—. ¿Cómo es nuestro futuro presidente?
El nombre me golpeó más de lo que esperaba.
Siempre él. En todas partes.
SonreĂ. Automático.
—Trabajaba para el partido… pero lejos de Eros. No lo conocà realmente.
Mentira.
Perfecta. Como siempre.
Hasta hace unos dĂas habĂa sido su mujer.
Pero nadie tenĂa por quĂ© saberlo. Nadie tenĂa por quĂ© saber lo que me hizo.
—¿Y votarás por él?
AsentĂ apenas.
—Supongo que sĂ. No tenemos otra alternativa si queremos que dejen de perseguir a los inmigrantes.
La conversaciĂłn siguiĂł.
Era la tĂa de Andrew. Una mujer amable. Sencilla. Muy distinta a las personas que habĂa conocido en los Ăşltimos años. QuerĂa reĂr. Sentirme ligera.
Pero no podĂa.
Y lo peor… era que no recordaba cuándo habĂa sido la Ăşltima vez que tuve una conversaciĂłn asĂ con alguien que no fuera Eros.
Entonces lo entendĂ. HabĂa cambiado demasiado. Él me habĂa cambiado. Y yo habĂa sido una tonta por creerle.
Que debĂa aprender.
Que algĂşn dĂa todos sabrĂan quiĂ©n era yo.
Que era inteligente.
Que llegarĂa lejos en la polĂtica.
Todo era mentira. No era para ayudarme. Era para mantenerme ahĂ. En esa jaula invisible que nunca vi cerrarse.
Ella seguĂa hablando… pero yo ya no estaba escuchando. Mi mente ya no estaba ahĂ. Estaba en otro lugar. En otro momento.
En él. Eros.
Siempre Eros.
El celular de Andrew sonĂł. Lo vi alejarse para contestar. Algo dentro de mĂ se tensĂł de inmediato.
—¿Me disculpa? —preguntĂ© a su tĂa, ella asintiĂł.
Lo seguĂ. TenĂa que saber si podĂa confiar o no.
—Eros… ¿pasó algo?
Mi corazón dio un golpe seco. Me acerqué más sin pensarlo. Pero la llamada fue mecánica. Un sà y un no. Luego un “nos vemos mañana”.
—¿Ya lo sabe? —pregunté apenas colgó. Se dio la vuelta para responder.
—No —respondió—. Solo dijo que recogerĂa a Patricio por la mañana. Olivia sigue en el hospital.
Negué lentamente.
Algo no estaba bien. No sabĂa qué… pero lo sentĂa.
—Necesito salir de aquĂ.
Andrew me observĂł un segundo. No insistiĂł.
—¿Quieres irte? —AsentĂ. —¿A dĂłnde? —preguntĂł
—Conozco un lugar donde Eros jamás irĂa. ÂżPuedes conseguirme un taxi?
La pequeña sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Taxi? Yo puedo llevarte…
—No quiero molestarte… tu familia está aquĂ.
—No notarán que me fui. Solo déjame despedirme de mis padres. Es la primera vez que vengo en mucho tiempo, están muy contentos.
Sal sin despedidas largas. Sin explicaciones. Solo fingiendo una sonrisa para la madre de Andrew. No por que debĂa, sino porque ella lo merecĂa. Aunque no pudiera ser sincera.
El aire de la noche me recibiĂł otra vez… pero ya no se sentĂa igual.
Subimos al auto. Patricio cayĂł dormido en medio de la carretera.
Inocente. Ajeno a todo.
—¿Estás bien? —preguntó Andrew mientras arrancaba.
—No lo sé.
Miré por la ventana.
—Desde que vi a Jeff… algo no me cuadra.
—Amanda está de nuestro lado —dijo con calma—. Se encargará de todo. No tienes nada de qué preocuparte
Y le creĂ.
Porque en el mundo de Eros nada se dejaba al azar. Todo estaba calculado. Todo estaba bajo control.
Excepto yo.
Y por eso… tenĂa que desaparecer.
El trayecto fue largo. El lugar… tal como lo recordaba.
Luces tenues. Un letrero viejo. Silencio. Andrew estacionĂł.
—¿Es aqu�
AsentĂ. Entramos. El recepcionista apenas levantĂł la vista.
—¿Nombre?
—Andrew Winchester.
EscribiĂł.
Luego levantĂł la mirada.
—¿Y la acompañante?
Andrew no dudĂł.
—Miranda Cameron.
Sentà un pequeño quiebre en el aire. ¿Miranda Cameron? ¿Por qué Miranda usaba mi apellido?
QuerĂa preguntar. Pero no dije nada.
Él sacó una identificación. La tiro en la mesa. Falsa. Perfecta.
El hombre asintiĂł. Le entregĂł la llave.
Subimos. Silencio.
Entramos a la habitaciĂłn. Simple. FrĂa. Suficiente. DejĂ© a Patricio en la cama.
Lo cubrĂ con cuidado.
Me giré lentamente hacia Andrew.
—¿Miranda y tú?
No fue una pregunta. Fue una confirmaciĂłn.
Él suspiró.
—No es lo que piensas.
Alcé una ceja.
—¿Entonces qué es?
Se pasĂł una mano por el cabello.
—Es… complicado.
Una pequeña risa escapó de mis labios.
—Siempre lo es. ¿Quieres contarme? —pregunté sintiéndome un poco ligera.
El silencio que siguió fue más pesado.
—Hay algo… pero Amanda jamás lo permitirĂa —dijo finalmente.
—¿Por qué?
Me mirĂł directo.
—Porque no soy de su mundo. ¿No viste la casa de mis padres? Puedo serlo… pero me niego a dejar a mi familia atrás.
AsentĂ lentamente.
Por quĂ© en parte ya lo habĂa hecho. Cada vez que elegĂa quedarse, y no ir con su familia. SĂłlo que no querĂa admitirlo. Creo que cada uno vivĂa en su propio espejismo.
—¿Amanda? —pregunté y él asintió.
—¿Por eso ella quisiste postularte? Si hubieras sido el candidato estoy segura que te hubiera dejado estar con Miranda.
—Eros es quien debe ser presidente. Es todo lo que debes saber. Lo de Miranda es casual… asà se quedará, hasta que su abuela le consiga un esposo digno.
Lo miré un segundo más.
Y asentĂ.
No tenĂa derecho a opinar… no cuando yo habĂa vivido algo peor.
Mucho peor.
No preguntĂ© más. No por no querer saber, fue porque sabĂa. SabĂa que Ă©l se sentĂa igual que yo. Odiaba no ser suficiente.
Camino hacia la puerta.
—¿Te vas?
—SĂ.
—¿A tu casa?
NegĂł.
—No. Vi un bar cerca de aquĂ. Me siento como un policĂa encubierto… Necesito un trago. Este dĂa ha sido demasiado.
Salà con él a la puerta. El aire estaba pesado.
Y entonces lo escuché.
MĂşsica.
Risas.
Un bar cercano. Giré la cabeza. No pensé que estuviera tan cerca.
MirĂ© el hotel. Patricio dormirĂa un par de horas más.
Andrew también lo notó.
—¿Puedo ir contigo?
Él dudó.
—Victoria… no creo que sea prudente. Eros…
—Solo una copa—dije—. Además… quiero pedirte algo.
Esperé a que me mirara.
—Te lo diré en el bar —dije sonriendo.
—Si no me dices, no lo haré, asà que siempre perderás tu —dijo dando un paso adelante.
—Está bien… Cuando te vayas hoy, te olvidarás de mĂ. No le digas a Amanda que estoy aquĂ. Por favor. Quiero irme sola… por mi cuenta.
Frunció el ceño.
—Victoria… ¿No es muy arriesgado? No quiero que nada te pase. Eres importante para mà también.
SonreĂ. Hace mucho tiempo nadie me decĂa algo como eso.
Coloque mi mano en su hombro.
—He sobrevivido toda mi vida. Puedo volver a hacerlo.
Andrew asintiĂł finalmente.
—Está bien. Entonces… ¿Esta será nuestra despedida?
—Asà es. Por los buenos tiempos. Y por haberme ayudado. Aunque creo que lo que hiciste fue ayudar a Amanda.
NegĂł con la cabeza.
TomĂł mi mano y caminamos juntos al bar. Y en ese momento… no supe que ese… habĂa sido el primer error.