Los créditos comenzaron a rodar en la pantalla mientras la música melancólica llenaba el silencio. Ginebra se pasó el dorso de la mano por los ojos enrojecidos y soltó un largo suspiro, como si intentara deshacerse de la carga emocional que se le había anclado al pecho. Con movimientos lentos, se incorporó. Tiziano la observó de reojo. Le molestaba verla tan afectada. No por crueldad, sino porque le incomodaba no saber qué hacer con ese tipo de emociones. —¿Estuvo buena la película? —preguntó, con la voz rasposa y tono neutro, casi como una formalidad. Ginebra lo miró sorprendida, pestañeó dos veces y asintió con la cabeza, sin decir nada. Y en ese instante se dio cuenta de algo que la hizo soltar una risa sin humor. —La terapia era para ti, ¿sabes? —murmuró, tomando su celular d

