Lunes. Un sol implacable, ya alto sobre los tejados de la Academia, prometía una jornada agotadora, pero para Arthur, la rutina era el único ancla. Llegó, como siempre, a las siete y treinta. El silencio monacal de la dirección lo ayudó a organizar sus papeles, sus planes de clase y, sobre todo, a silenciar el eco de sus propios pensamientos.
—Buenos días, Arthur.
—Buenos días, Lenna.
Se reincorporó, apoyándose en el escritorio.
—¿Podemos hablar en el almuerzo? —
—Sí, claro, Lenna. ¿Qué pasa? ¿No puedes decirlo ahora?
Lenna dio un paso al frente:
—Quiero que terminemos.
—Me lo imaginaba —dijo Arthur, encogiéndose de hombros con una indiferencia forzada—. De acuerdo. Si es lo que quieres, por mí está bien.
—¿Solo dirás eso?
—¿Qué quieres que haga ¡Mira,Lenna, no me arruines la mañana! Hoy voy a tener un día largo, así que, por favor… ¡déjame en paz hasta la hora del almuerzo! Reserva en ese lugar donde almorzamos desde hace cinco años. Allí hablamos.
—Señor, disculpe.
—Pasa, Rita. ¿Qué necesitas?
—El profesor Van Dijk, el vicedirector, quiere verlo.
—Dile que pase, gracias. Lenna, doce y media, estoy libre.
—¡Parece que para hablar contigo hay que pedir audiencia, Arthur! —dijo Maxwell.
—Yo bien, Max. ¿Y tú? Siéntate. ¿A qué viene tanto misterio a estas horas? Maxwell se acercó y bajó la voz.
—Quería hablarte de la señorita Chéjov y el joven Quin. Kevin Quin.
—¿Qué pasa con ellos?
—Bueno, el viernes vi algo que me llamó la atención. Están sobrepasando los límites, Arthur.
—¿Qué viste, exactamente?
—Ella caminaba apurada y Quin iba detrás, muy cerca, diciéndole: "Espera, Katrina, no te vayas". Le expliqué las reglas al joven. Por lo que vi, Quin tenía toda la intención de subir con ella.
—¿A su departamento?
—¡Sí! ¿A dónde más? Mira, Arthur, sé que serás su apoderado aquí, y es mejor ser precavidos. Pero te digo algo: no creo que ella sea tan ingenua como parece.
—No, ella no sería capaz de eso. Ella no… no es así.
—¿Tú qué sabes? Habla con ambos. Solo asegúrate de que entiendan la gravedad de las normas.
—Hablaré con ambos, Max. Lo haré.
—Bueno, ya son casi las ocho. Debo dar mi clase
Arthur se quedó solo, la conversación con Lenna ya pareciendo una preocupación menor en comparación con esta nueva irritación. ¿Sería posible que su "damita", la que había capturado su mente con su ensayo prohibido, estuviese recibiendo el cortejo de otro?
Tomó su bolso y se dirigió a la sala de ballet. Hoy impartiría su clase de ballet clásico.
La clase comenzó, ocultaba su mirada tras la seriedad de su rol.
—Bien. En las clases que vayamos desarrollando, iremos trabajando la suite de "El Cascanueces". De cada uno de ustedes depende el papel que les asigne —anunció, la voz resonando—.
Cerca de las diez y media, cuando la clase estaba por concluir, Arthur los llamó.
—Señor Quin, señorita Chéjov, necesito que se queden, por favor.
Katrina lo miró sorprendida.
—Usted dirá, profesor. —Kevin habló con un deje de desafío.
—El profesor Van Dijk,me contó que el viernes vio algo que no le gustó. No me interesa si tienen algo, pero saben que ningún alumno o alumna debe visitar el apartamento del otro.
Kevin sonrió, un gesto que encendió la rabia de Arthur.
—Lo siento, señor. No volverá a pasar. Pasa que...pensé que podía subir…
—¡No! —Katrina lo interrumpió, dando un paso adelante— Tú me invitaste y… te dije que no.
Katrina tomó su mochila y salió del salón casi corriendo, dejando a Arthur se volvió hacia Kevin con una furia contenida
—Mira, Kevin, no vuelvas a hacerte el sinvergüenza con ella, o te la verás conmigo. ¿Entendiste?
—Sí, profesor. —Kevin se encogió de hombros, la burla aún visible en sus ojos, y salió del estudio.
Arthur se quedó guardando las cosas de la clase.
—¿Estás libre?
Arthur estaba a punto de cerrar la puerta del estudio cuando Lenna apareció.
—Sí, Lenna. Pasa.
—¿Podemos hablar?
-Vamos a mi despacho.
Llegaron a la oficina de Arthur. Él cerró la puerta, el clic del pestillo pareciendo un disparo en el silencio.
—Bueno, aquí estamos,te escucho.
—Estoy embarazada.
—¿Qué? —Arthur se quedó helado por un segundo, y luego una emoción cruda e innegable de alegría lo inundó.
—¿De verdad?
Una sonrisa luminosa se dibujó en su rostro. Lo había deseado más que nada. Pero Lenna retiró sus manos con brusquedad. La sonrisa de Arthur se desdibujó.
—No te emociones.
La cara de Arthur se transformó. El shock le cortó la respiración
—¿Cómo? ¿Qué mierda dices?
—Eso. No quiero ser madre.
—¿Y por qué me lo dices? ¡Eh! —Él golpeó su mano sobre el escritorio con tanta fuerza que la taza de café vibró—. ¡¿Lo vas a abortar?!
—¡Cállate!
—¿Te escuchas? ¿Escuchas lo que dices? ¡Me estás quitando la posibilidad de ser padre!
—¡Tú siempre piensas en ti! ¿Yo no importo?
—Lenna, estamos hablando de nuestro hijo. Nosotros no importamos ahora. Importa nuestro bebé.
—¿Nuestro? No hay "nuestro". Ya lo decidí.
Arthur la miró, sus ojos llenándose de lágrimas que nunca había permitido que vieran.
—Para… ya sabes.
El súbito colapso de su sueño paternal rompiéndole la voz
—Lenna, por favor… no hagas esto.
—No, Arthur. Ya lo decidí.- Lenna se paró y tomó su cartera, su rostro como una máscara de porcelana sin emociones.
Arthur se lanzó, tomándola del brazo antes de que llegara a la puerta.
—Lenna. Si lo haces,no vuelvas al departamento ni aquí.
Ella ni siquiera se inmutó,su respuesta fue el golpe final.
—No te preocupes. Ayer saqué mis cosas del penthouse.
—¿Por qué me haces esto?
—Lo siento, pero no nací para ser madre.Solo te amo a ti. Lo que tenemos.
—¿Lo que tenemos?No, Lenna. Ya no tenemos nada.
Ella salió con una frialdad, Arthur se desplomó en su sillón. Se tapó el rostro con ambas manos,largando un llanto roto y amargo.Todo se había desvanecido en la frialdad de su oficina.
Afuera, Rita, la secretaria, que había escuchado cada palabra de la discusión y el sollozo desesperado que le siguió.Sin atreverse a entrar, fue hasta el despacho de Maxwell y le pidió, en voz baja, que fuera a ver qué había sucedido con Arthur.