Arthur se levantó de la silla de Maxwell, el golpe de adrenalina provocado por la cachetada le había dado una claridad fugaz, tan violenta como la confusión que lo había invadido.
— ¡Vas a tirar años de sacrificio!, eres un artista reconocido, un gran profesor! La voz de Maxwell sonaba teñida de frustración
— ¿De qué me sirve? ¿Eh…?
— ¿Cómo de qué? Puedes encontrar otra mujer, no sé...- Maxwell buscaba anclas, cualquier tabla de salvación en el naufragio emocional.
Arthur soltó una carcajada seca, sin alegría. — ¿Sabes qué haré?,Le romperé el corazón a cada mujer que se me atraviese . Lo dijo con una frialdad calculada, una promesa vacía nacida del dolor más profundo. Era el voto de un hombre herido
— No digas eso, sé que tú eres un buen hombre.Ve a tu apartamento, tómate el día. Y cuando estés bien, tu despacho te estará esperando. —
— Es lo único que me espera, ¿la verdad? No tengo cabeza para nada. Me iré...— Arthur se puso de pie, su ropa arrugada, su rostro un mapa de la tormenta interna. El hombre que salía del despacho de su amigo no era el mismo que había entrado.
— No tomes decisiones apresuradas.
— Escúchame una cosa, Maxwell, no quiero que Lenna pise nunca más esta Academia.
— De acuerdo. — Maxwell asintió-
Arthur tomó sus cosas y salió por el pasillo. Su mirada se desvió hacia las escaleras, un pensamiento fugaz cruzó su mente, la imagen de Katrina allí arriba. Se detuvo frente a Ronald.Escribió una nota en un papel: "Esta noche 20hs en mi apartamento".
— ¡Ronald!
— ¿Sí, profesor?
— Cuando veas a Katrina, dale esto por favor.
Arthur llegó a su apartamento, el que había compartido con Lenna por cinco años. Entró y tiró las llaves en la mesa de café, se quitó el saco con un movimiento brusco. La quietud del lugar, el orden doméstico, gritaban la ausencia.
En el bolsillo de su pantalón, sintió la textura familiar de un papel. Sacó la copia del ensayo de Katrina. Lo leyó una y otra vez. Las palabras sobre la danza, el deseo, la admiración, que antes le habían parecido un juego inocente, ahora se presentaban como un refugio, un bálsamo para la herida fresca de su ego.
Tomó su iPhone y le escribió a Katrina un w******p: "Hola damita, Ronald te dio mi mensaje?"
La respuesta no se hizo esperar: "Hola, sí… a esa hora estaré."
Arthur leyó el mensaje y luego apagó su celular. No quería hablar con nadie más, solo quería ese vacío lleno.
Más tarde, un mensaje de texto iluminó la pantalla, a pesar de estar apagado: "Estoy abajo, ¿podrías abrirme?"
Arthur se apresuró para atender el portero. Katrina subió hasta el piso 25 y tocó a su puerta.
— Hola, profesor — Katrina venía muy bonita, un vestidito blanco corto que realzaba sus piernas, su cabello suelto, de sandalias. Una imagen de inocencia y juventud que contrastaba con la oscuridad que Arthur sentía.
— Pasa, bebé — Él la hizo pasar, pero antes de que pudiera dar un paso, la besó con una urgencia que la hizo retroceder, apoyándola contra la puerta. Su boca se movía con una necesidad depredadora.
— Espere, por favor… — intentó decir ella, apenas con un hilo de voz.
— No puedo, y no me trates de "usted" — Arthur la levantó, entrelazando las piernas de Katrina sobre sus caderas. Sus manos se aferraron a su espalda. — Ahora verás, chiquita.
— ¡Ay! — Katrina gimió ante la mordida de Arthur en su cuello. La llevó en ese abrazo forzado hasta la cama, tirándola sobre el colchón. La miró mientras se quitaba la remera y se desprendía el pantalón.
— ¿Cómo estás? — preguntó ella, buscando una conexión más allá del impulso.
— No te importa cómo estoy, a nadie le importa. — Se acercó a ella y le quitó la ropa interior.
— ¿Tomaste la pastilla?
— Sí, ¡Ah! — Katrina sintió el m*****o duro de Arthur, que la atrajo más hacia él. Puso las piernas de ella sobre su cuello y la penetró como un animal salvaje.
— ¡Ah! ¡Despacio por favor… duele!
— ¿Sí? A mí también me duele cuando te pones tensa, quédate quieta. — Arthur golpeaba sus caderas contra los muslos de Katrina, buscando alivio en la agresión, en el acto físico y vacío. Esa posición duró media hora y él se vació tres veces en ella.
— Déjame ir al baño. — Arthur se salió de encima de ella. Katrina se puso la remera que estaba en el piso y fue al baño.
Arthur se quedó con la cabeza apoyada en el espaldar de la cama, el sudor frío y el agotamiento reemplazaron a la rabia.
Un rato después, Katrina salió.
— ¿Listo?
— Sí.
— Ven aquí entonces. — Katrina se acercó y él la besó, esta vez con algo parecido a la ternura, aunque mezclada con la misma avidez. Acarició su piel y la acostó sobre la cama besando cada centímetro de su piel, volviendo a penetrarla, más lento, pero con una intensidad que no le daba respiro.
— ¿Por qué eres tan agresivo? —
— Perdón, no me di cuenta. — Dijo, pero el tono era distante.
— Sí te das cuenta, pero no te importa lo que sienta.
— No es así… ¿dónde te dolió? — Él pasó su dedo por la entrepierna de ella y la acarició despacio. Se inclinó y hundió su boca en su intimidad, comenzó a darle pequeños besos, buscando redención en la atención. Arthur subió hasta su vientre, luego a sus pechos hasta llegar a su boca.
— ¿Mejor?
— Sí — Dijo, pero sabía que no era así. Ella lo deseaba y se lo había escrito en el ensayo, anhelaba la conexión que él le negaba. Él lo sabía, pero con la herida abierta por Lenna, Arthur estaba vacío.
— ¿Qué hicieron en mis horas? — La pregunta buscaba llenar el silencio incómodo.
— Yo me fui al departamento y los demás no sé.
— ¿Y Kevin Quin?
— No hay nada entre él y yo, el profesor Maxwell vio algo que no era. — Arthur acariciaba con sus dedos sus pezones.
— ¿Y qué era entonces?
— Sí, él me invitó a tomar un helado y después me besó, le di mi parte y salí enojada.
— ¿Le diste tu parte del helado o dinero? — Katrina lo miró seria: — El dinero… le di mi parte y salí, y corrió detrás de mí hasta la Academia. Y ahí nos vio el profesor. Yo no iba a dejar que suba.
— ¿No? — Arthur besó su cuello, y ella suspiró para responder: —No lo iba a dejar subir.
Arthur la besó mientras la acariciaba, dejando que las palabras se perdieran en el encuentro de sus cuerpos.
Más tarde... Katrina está dormida, acurrucada en la almohada.
— Ay, damita, no sabes lo bien que me haces.
— Hasta mañana... — dice ella, entre dormida.
— Hasta mañana, damita. — Él la abrazó, buscando en su calor un olvido que sabía efímero.