Bernadette se alejó del invernadero con los labios aún húmedos y las piernas temblorosas. Cada paso la arrancaba de Lucien, como si la distancia física no bastara y la noche necesitara recordarle que el tiempo juntos había terminado. ¿Qué tenía de malo desear que la noche fuese eterna? ¿Qué había de malo en querer olvidar el resto y solo aferrarse a esos besos? Aquellos besos… Cada día, cada semana, sus ocupaciones la distraían de pensar en Lucien, pero al final del día siempre terminaba sentada junto a la ventana, preguntándose si él aún lloraba a Amélie o si podría volver a ser el mismo Lucien que ella poco vio, pero que causó un gran impacto en ella. Lo creyó destruido, puede que aún herido. Pero al verlo… comprendió que él todavía seguía con ese mismo esplendor. Pero con otro

