—¡Uf! Así… —ronroneó—. Así, así, ¡ASÍ! La presión en mis orejas era la señal para detenerme, una vez que sus piernas me liberaron, mis dedos entraron, arteros, tomándola por sorpresa. —¡No! ¡Espera! —gimió, sorprendida. No hice caso, me abalancé hacia ella y en cuestión de instantes, le tapé la boca mientras mi otra mano seguía trabajando debajo. Sus ojos se ponían en blanco, sus manos se aferraron a mi brazo, encajándome sus uñas y aquellos pequeños temblores bajo sus caderas no impidieron que mis dedos continuaran castigando esa zona a la entrada de su cuevita. Debajo de mi palma sobre su boca, un grito fue ahogado, sus ojos lagrimaron y mi mano se sintió inundada. En ocasiones, mi hermanita sacaba más de lo habitual, pero apenas era un chisguete, esta vez, la mancha transparente se

