—¡Ah! ¡Ah! —se aseguró de no guardarse ningún gemido, no quería que aquello acabara. —Te está gustando, ¿verdad? —¡Sí! ¡Sí! —repitió como disco rayado— ¡Sí! ¡SÍ! ¡SÍ ME GUSTA! —¿Así te gustaba que te la metiera papá? —preguntó con tono algo mordaz, morboso. —¡Él nunca me la metió por ahí! Lo dijo, otra vez había respondido sin vacilar y había sido bueno para ella porque esta vez estaba hablándole a su hijo sin el pretexto de “estar en trance” y sería la primera vez que le confesaría ese detalle de su intimidad con su padre. Otra vez sentía esa cosa que le oprimía entre los pulmones abandonar su pecho en cada gemido. Luís seguía penetrándola, había bajado la velocidad, a veces duro y a veces, suave; eso sí, sin detenerse. A modo de recompensa, su mano volvió a acariciar sus ya convalec

