Capítulo 5: Lo que nadie quiso

827 Words
Allí, estaba él, ¿verdad? Sentado en el borde de su cama, con la espalda encorvada, y los codos en las rodillas, como sí. Lucas. Un muchacho de dieciséis años, con ojeras que ni pidieron permiso para quedarse, y pensamientos que pesaban más que su mochila, uhm, escolar. Su madre lo amaba, seguro que si. Pero amar no siempre significaba ver, entiendes? Y ella, tan cansada de los turnos, los descuentos, y silencios, a veces, simplemente no veía cuanto dolía crecer con una casa llena pero con el corazón solo. Su hermano pequeño, Gabriel, era el consentido, sin culpa. Ruidoso, tierno, y que absorbía todo, como un sol. Su alegría llenaba el espacio que Lucas ya no conseguía ocupar, por dios. Y Rubén, su padrastro. No era cruel, con golpes, eso no. Pero con silencios, con miradas... con palabras heladas que no necesitaban ser gritadas para doler, no?. Rubén era del tipo de hombre que solía decir, "los hombres no lloran", como si fuese una ley grabada en piedra. Lucas aprendió a llorar en voz baja, en secreto, usando la almohada como testigo. Y allí, estaba él, otra vez, hundido en una cama desordenada, cayendo en un vacío... sin fin, realmente. Reflexionando sobre lo indecible, en todo eso que nadie indagaba. Creyendo, justamente eso era él: lo que nadie quería. Hasta que desperto, si, de verdad. El reloj vibró bajo su almohada, sacándolo de ese sueño extraño y muy real. La mañana de Lucas, un equilibrio fragil entre la rutina y la supervivencia. Se duchaba con el agua casi fría, Rubén decía que gastar gas era de "niñitas" por la mañana. Vestía sin ruido, eligiendo ropas buscando pasar desapercibido. En la cocina, su madre, ya habia puesto el desayuno pan con queso y café hecho. Rubén leía el periodico y Gabriel charlaba, sin fin, de un videojuego nuevo. Lucas sonreia. Fingía que todo marchaba bien. Sino ¿que otro camino quedaba? En otro sitio de la urbe, Mariana despertaba con el bullicio de un hogar rebosante. Cuatro hermanos, con distintas facetas del caos mañanero. Su abuela gritaba órdenes desde el salón, su madre discutiendo con el microondas, y su padre luchaba por arreglar un grifo mientras tomaba el desayuno de pie. Ella, en medio de aquel caos, hallaba serenidad en su espacio personal. Se pintaba un poco, se arreglaba el pelo con auriculares y optaba por vestuario que la hiciera sentirse fuerte. Porque si algo aprendió Mariana, fue que en este mundo, uno debía hacerse notar. Aun siendo, a la fuerza. Julián, por el contrario, habitaba una casa más tranquila. Solo su mamá, su hermano Diego y su tío Ernesto, que dormía en el sofá pero cocinaba como nadie. La radio sonaba suave en la cocina y el aroma a tostadas inundaba el ambiente. —¡Despierta, vago! —le decía Diego, arrojándole una camiseta desde la entrada. —¡Ya estoy despierto! Solo estaba meditando —contestaba Julián, entre broma y sueño. Se vestía sin prisa, desayunaba sonriendo y salía a la calle saludando a todo el mundo. Su entusiasmo era notorio. Pero en su interior, las preguntas eran más que las respuestas. Más temor del que admitía. --- Mateo se levantaba, él solito. Sus hermanos mayores, ya fueron. Su papá laburaba temprano, así la casa era solo para el un rato. Se duchaba, en silencio, preparaba sus cosas, orden militar, casi. La casa enorme, fría, ya sin esa risa, de antes. Desde que su mamá, un silencio. Todo funcional, al final. "Haz lo que debes, y no te cruces", pensaban. Mateo, hacía lo bueno. Muy, pero muy bien. --- El sol alto, bien alto, Lucas por fin llego, encontró a Mariana, unos audífonos en el cuello, una chaqueta gritando ¡Diva!. —¡Tarde! — grito ella, mientras caminaban. —No, vos tempranito. —Drama queen. En la otra cuadra, apareció Julián, un pan, ahí mismo. —Vienes del paraíso — dijo Lucas. —Pan con mantequilla, patentado, Ernesto. Energía para aguantar, Matemáticas. Los tres, caminando, risas, de lo ayer, de talleres. —Teatro, voy yo — solto Mariana. —Si, porque te encanta el drama —bromeó Julián, con picardía. —Y a ti te encanta el protagonismo, ¡así que no hables! Lucas los escuchaba, su sonrisa era evidente. No solia charlar mucho, pero esos instantes le sentaban a gloria, un refugio. A eso que anhelas resguardar, como un tesoro en un frasquito, para esos días en que el mundo te sobrecoge. Ya en la entrada de la escuela, se toparon con Mateo esperándolos. Solo. Serio, como de costumbre. —¡Mira! ¡El novato ya aprendió a plantarse antes que nosotros! —exclamó Julián. —Responsabilidad, papi. ¡Apunta! —agregó Mariana. Mateo esbozó una leve sonrisa. Lucas lo saludó con un movimiento de cabeza. Por un instante, sus miradas se cruzaron, en esa extraña y familiar conexión. Como si intuyeran que, aunque aún no lo digan, sus relatos ya estaban entrelazándose.
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