La autopista se extendía ante ellos, y el paisaje comenzaba a cambiar a medida que se acercaban a San Diego. Andrew mantenía las manos firmes en el volante mientras Isabella miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos. El aire del océano se hacía más evidente, trayendo consigo una brisa fresca que parecía aliviar, aunque fuera un poco, la tensión en el ambiente. San Diego los recibió con su típico cielo azul despejado y el sol radiante, una ciudad vibrante y diversa. Al entrar a la ciudad, los colores vivos de las fachadas y los jardines bien cuidados daban la bienvenida a una urbe llena de vida y movimiento. Andrew había elegido un hotel boutique en La Jolla, una de las zonas más exclusivas y tranquilas de San Diego. Al llegar, el personal del hotel los recibió con sonrisas ama

