Al amanecer, se levantó con el primer rayo de luz, decidida a enfrentar lo que venía. Su rutina comenzó como siempre, pero esta vez con un propósito diferente. Entró al pequeño baño del hospital, donde se sentía más cómoda que en cualquier otro lugar, y se alistó con esmero. Escogió una blusa blanca impecable y una falda negra ajustada, complementando con zapatos bajos que le permitieran caminar con comodidad. Se recogió el cabello en una cola alta, dejando ver su rostro limpio y decidido.
Cuando salió del baño, lista para irse, se encontró con Tadeo, quien ya estaba despierto y sentado en la cama, con los ojos llenos de curiosidad.
—¿A dónde vas tan temprano, mamá? —preguntó con su vocecita dulce.
Nohelia sonrió y se acercó a él, dándole un beso en la frente.
—Tengo que hacer unas diligencias personales, mi amor, pero no te preocupes. La madrina Mary vendrá a cuidarte mientras no estoy.
Tadeo abrió los ojos emocionado. Aunque nunca había conocido a Mary, la sola idea de tener una madrina lo llenaba de alegría.
—¡Qué bien! —exclamó—. Que tengas un feliz día, mamá. ¡Suerte en tu día!
Esas palabras tocaron el corazón de Nohelia, llenándola de fuerza.
—Gracias, mi amor. Sé bueno con Mary. Te quiero.
Con un último beso, Nohelia salió del hospital, sintiendo una mezcla de nervios y emoción. En la salida, sacó la tarjeta con la dirección del restaurante que Mary había gestionado para ella. Al leer el nombre y buscar imágenes en su móvil, se quedó sin aliento. Realmente era el restaurante más lujoso de la ciudad, un lugar que parecía sacado de una película.
Detuvo un taxi y le dio la dirección al conductor. Mientras avanzaban por las calles, abrió el navegador en su móvil y comenzó a investigar más sobre el lugar. Sabía que debía causar una buena impresión, demostrar que tenía potencial, aunque no tuviera grandes títulos ni recomendaciones.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, Nohelia bajó y se quedó inmóvil por un momento, observando la imponente estructura. La planta baja alberga el restaurante, con grandes ventanales que dejaban ver un ambiente elegante y sofisticado, mientras que los pisos superiores eran parte de un hotel de lujo. Respiró profundamente para calmar sus nervios y entró.
En la recepción, un joven la recibió con una sonrisa amable.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenos días —respondió Nohelia—. Tengo una entrevista de trabajo.
El joven revisó un registro en su computadora y luego le entregó un pase de cortesía.
—Puede pasar. La sala de espera está al fondo, a la derecha. Allí será llamada.
—Gracias.
Nohelia caminó hacia la sala indicada, sintiéndose un poco fuera de lugar. Al entrar, encontró a varias personas elegantemente vestidas, cada una con grandes portafolios en sus manos. Todos parecían preparados y seguros de sí mismos, lo cual la hizo sentir un poco intimidada.
—Buenos días —dijo Nohelia, pero nadie respondió ni la miró.
Se sentó en una esquina, abrazándose a sí misma para calmar el nerviosismo. Diez minutos después, comenzó a sentirse incómoda y pensó en marcharse. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo iba a competir con esas personas tan preparadas?
Justo cuando estaba a punto de levantarse, una voz masculina resonó desde el fondo de la sala.
—Señorita William.
El corazón de Nohelia dio un salto. Tragó saliva y siguió la voz, entrando en una oficina amplia y luminosa.
—Cierre la puerta, por favor —dijo una voz fuerte y segura.
Obedeció y, al levantar la vista, se encontró con un hombre alto y de semblante serio sentado detrás de un gran escritorio.
—Siéntese, señorita William.
Nohelia se sentó con cuidado, cruzando las piernas para evitar mostrar lo nerviosa que estaba.
El hombre la observó detenidamente antes de hablar.
—Veo que no ha traído consigo una gran cantidad de documentos para impresionarme.
Nohelia sintió que el calor subía por su rostro.
—No, señor. No pensé que debía traer algo más que mi presencia —respondió, tratando de sonar confiada, aunque su voz temblaba un poco.
El hombre la miró por un momento, luego se levantó y extendió una ficha hacia ella.
—Tome, señorita William. Rellene esta ficha y entréguela en recepción mañana mismo junto con su documentación. Allí le darán su uniforme. Tendrá una semana de formación. Felicidades, el puesto es suyo.
Nohelia parpadeó, incrédula.
—¿De verdad? ¿Lo he conseguido?
El hombre asintió y le tendió la mano.
—Sí. Confío en que hará un buen trabajo.
Ella estrechó su mano con emoción, intentando contener las lágrimas de felicidad.
—Gracias. Prometo que haré todo lo posible por no defraudarlo.
—Sé que lo hará. Bienvenida al equipo.
El hombre la acompañó hasta la salida, donde los demás candidatos aún esperaban. Al verla salir con una expresión radiante, las miradas de envidia se posaron en ella. Nadie entendía cómo alguien que no llevaba portafolio ni recomendaciones había conseguido el trabajo.
Nohelia se sentó en la recepción y comenzó a rellenar la ficha. Cuando llegó a la parte de "familiares", dudó un momento antes de escribir el nombre de Tadeo. Sabía que incluirlo podría ser una ventaja, ya que el restaurante ofrecía un buen seguro médico, algo que podría aliviar los gastos del hospital.
Cuando terminó, entregó los documentos y salió del edificio con una sonrisa que no podía borrar de su rostro. Había dado un paso importante hacia un futuro mejor para ella y para su hijo.
Se fue hacia una juguetería, quería llevarle un peluche a su hijo, quien ama los animales y con ese detalle podría compensar su felicidad, era una mejor manera de ella celebrar junto a su hijo, de regreso al hospital ella no cabe de la emoción, más aún cuando desde la puerta puede ver a su hijo sonreír de emoción, Mary cumplio con la promesa de cuidar del pequeño, ellos estaban jugando con una gran pista sobre la cama.