Nohelia se persignó antes de bajarse del taxi. El aire fresco del día acarició su rostro mientras exhalaba un suspiro profundo. Nerviosa pero decidida, caminó hacia la entrada del lugar. Era su primer día en el nuevo empleo, y aunque las emociones la abrumaban, se sentía agradecida por la oportunidad.
El chico de la recepción la recibió con una sonrisa amable. —Buenas, señorita William. Bienvenida. Por aquí, por favor— dijo mientras la guiaba por un pasillo iluminado y pulcro. Ella agradeció con un leve movimiento de cabeza, tratando de calmar su mente que corría con pensamientos de cómo sería este nuevo inicio.
—Buen día— con una voz cargada de nervios.
Llegaron a una sala amplia donde ya se encontraban cinco chicos y una chica, todos vestidos con el uniforme del restaurante. Su postura era impecable, y parecía que estaban listos para cualquier reto. Nohelia se dio cuenta de inmediato de que ella era la última en llegar.
—Perdón por haber llegado tarde— dijo apenada, sintiendo que todos los ojos se posaban sobre ella.
El hombre que la había entrevistado un día atrás la observó con una expresión neutral antes de responder. —Estás llegando a la hora correcta, no debes preocuparte— dijo con voz firme pero tranquila. Luego, señaló una puerta cercana. —Ahí está una habitación donde encontrarás tu locker. Ve, cámbiate, y te esperaremos—
Nohelia asintió, agradecida, y caminó hacia la habitación indicada. Al entrar, se encontró con una fila de lockers perfectamente alineados. Sus ojos se detuvieron en uno en particular: un cartel pequeño con su nombre estaba adherido a la puerta. Con manos temblorosas, lo abrió y encontró el uniforme doblado meticulosamente. Se cambió rápidamente, ajustando cada prenda con cuidado. La sensación del uniforme la llenó de orgullo y responsabilidad. Era un paso hacia un nuevo comienzo.
Cuando regresó al salón, el hombre estaba de pie frente al grupo. —Por aquí— dijo, guiándolos a través de un recorrido por las instalaciones. —Está es la cocina, pero aquí no deben estar, todos recibirán las ordenas en el otro espacio, no queremos accidentes dentro del lugar— Los llevó por la cocina, las áreas de preparación, el comedor principal y las zonas exclusivas para eventos privados. Era un restaurante elegante, con detalles sofisticados que reflejaban un nivel de exigencia que Nohelia no había experimentado antes —Se les ha asignado varios uniformes, es importante la apariencia de cada uno—
Nohelia escucha con atención y asiente, ninguno de sus compañeros le dirige la palabra, sabe cómo se llaman por los nombres en cada plata que llevan en sus uniformes.
Al terminar el tour, el hombre se detuvo frente al grupo y dijo: —A partir de ahora, comienza su capacitación. Ustedes son seis, pero al final de la semana solo tres de ustedes se quedarán. Así que, mucha suerte— dijo antes de retirarse.
El corazón de Nohelia se encogió. No esperaba que el ambiente fuera tan competitivo. Tragó grueso y asintió, tratando de mantener la calma. No quería fallar.
Cada uno fue asignado a una estación en el comedor. Nohelia se colocó en la suya, observando cómo las mesas empezaban a llenarse de clientes. El flujo de personas era constante, y el ritmo rápido del servicio la abrumó. Mientras que sus compañeros atendían siete mesas cada uno, ella apenas logró encargarse de tres. Se sentía torpe y desorganizada, como si no pudiera seguir el ritmo.
—No te desanimes, lo importante es que lo hagas bien— dijo un mesero antiguo que la vio sudando.
—Gracias—
El hombre se acercó a ella y la miró fijamente —Puedes atender mil mesas en un día, pero si no lo haces bien, te aseguro que dejaran una queja— Nohelia se asustó con las palabras del hombre.
—¿Podrían echarme por una queja? —
—Jajajajaja, no, pero si retirar tus propinas y tu querida amiga, hoy has recibido buenas propinas— el mesero se marchó dejando a una madre preocupada.
Al final del turno, regresó al vestuario sintiéndose derrotada. Había dado su mejor esfuerzo, pero no estaba segura de sí había sido suficiente. Mientras se cambiaba, un joven la llamó desde la puerta.
—Señorita William, ¿desea que le entregue la propina que le dejaron las mesas ahora mismo, o prefiere que se acumule hasta el final de la semana? — preguntó con cortesía.
Nohelia, nerviosa, respondió: —Prefiero ahora mismo, si no hay problema—
El joven asintió y la guió hacia una oficina pequeña. Cuando le entregó el sobre, Nohelia abrió los ojos de par en par al ver la cantidad de dinero en su interior. Trescientos dólares. Era más de lo que había ganado en un mes en su trabajo anterior.
—Toma, esto es lo que te dejaron. Felicidades— dijo el joven con una sonrisa.
—Gracias— logró decir Nohelia, su voz temblando de emoción. Agradecida, guardó el dinero en su bolso y salió del restaurante. El turno había sido agotador, pero ese sobre en sus manos era la prueba de que había valido la pena.
Caminando hacia la parada de taxis, no podía evitar sonreír. Había trabajado solo seis horas, con media hora de descanso incluida, y ya había ganado lo que nunca imaginó en tan poco tiempo. Esa noche, mientras el taxi la llevaba de regreso a casa, Nohelia miró por la ventana con la mente llena de pensamientos. Este nuevo trabajo era mucho más desafiante que cualquier cosa que había hecho antes, pero también era una oportunidad para cambiar su vida.
“Esto es solo el comienzo”, se dijo a sí misma. Y con esa idea, decidió que haría todo lo posible para quedarse. Sabía que no sería fácil, pero también sabía que tenía la determinación para lograrlo.
Su sonrisa es tan grande que hasta llora de alegría, podría reunir el dinero de la operación más rápido de lo que penso, no quiere imaginar cuál sería su sueldo.