El sonido era lo primero que volvió. Un pitido agudo, constante, como si alguien hubiera perforado su cerebro con una aguja incandescente. Después, la sensación: el cuerpo pesado, inmóvil. Luego, la luz. Blanca. Cruel. —¿Dónde… estoy? Alessia intentó hablar, pero la garganta le ardía como si hubiera tragado fuego. Abrió los ojos. Estaba en una camilla improvisada, vendajes por todo el cuerpo. El techo era de concreto. La luz parpadeaba. Un búnker… no el del enemigo, sino otro. —No intentes moverte —dijo una voz familiar. Ella giró el rostro con lentitud. Allí estaba él. Sentado a su lado. Un poco más viejo. Un poco más roto. Pero sin duda… su padre. Ezio Moretti. —No puede ser real… —murmuró ella, con lágrimas asomando. Él le acarició el rostro con la mano vendada. Tenía cicatrices

