Las paredes de aquella mansión eran demasiado silenciosas.
Tan silenciosas que Alessia podía escuchar el tic-tac de su propia mente colapsando.
Esa noche no hubo pesadillas.
Hubo recuerdos disfrazados de dolor.
Ecos de una infancia incompleta, de una madre con secretos en la voz y un apellido que no debía pronunciarse.
Moretti.
Un nombre que ahora sentía como una carga.
Un apellido que Dante vestía como un arma.
Se levantó antes del amanecer.
La noche le había dejado cicatrices nuevas, invisibles pero punzantes.
Frente al espejo, Alessia no se reconocía.
Sus labios estaban resecos.
Su mirada, más dura.
Como si la joven de 18 años que había entrado en esa mansión hubiese quedado atrapada entre las rejas invisibles de su pasado.
—Te estás transformando —dijo una voz detrás de ella.
El corazón de Alessia se detuvo un segundo.
Dante estaba apoyado contra la puerta, con esa arrogancia tan suya que parecía hecha de mármol y furia contenida.
—¿Siempre entras sin avisar? —espetó ella, cruzándose de brazos.
—Solo cuando tengo algo que observar.
Él caminó hacia ella, deteniéndose justo detrás de su espalda.
No la tocó.
Pero el calor de su presencia era suficiente para incendiarla.
—¿Y qué ves ahora? —preguntó con tono desafiante.
Dante bajó la mirada hasta su nuca.
—A una chica que ya no necesita permiso para odiarme... pero que aún no sabe cómo dejar de desearme.
Las palabras la atravesaron.
Porque eran ciertas.
Porque dolían.
Porque la desnudarían más que cualquier caricia.
—¿Por qué estás aquí? —dijo, apenas en un hilo de voz.
—Porque esta mañana conocerás a alguien importante para tu historia.
—¿Quién?
—Tu tío.
—¿El que quiere matarme? —ironizó con una risa amarga.
Dante sonrió con una calma que la enfureció aún más.
—El mismo. Pero tranquilo. Hoy no te matará. Solo te observará. Querrá ver si mereces cargar el apellido que le arrebataron.
El frío se le clavó en el estómago.
¿Ella tenía que demostrar algo? ¿A él? ¿A un asesino?
—No tengo que probar nada a nadie.
—Claro que sí, Alessia —replicó él—. En este mundo nadie sobrevive solo por existir. Se sobrevive por demostrar valor, poder… o miedo.
Ella lo miró con rabia.
Pero no dijo nada.
Porque en el fondo, ya había aprendido que en esa casa, el silencio podía ser un arma más poderosa que cualquier palabra.
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La sala principal estaba impecable.
Demasiado.
Como si esperaran una visita que no debía ver grietas, ni polvo, ni humanidad.
Dante estaba de pie frente a la chimenea.
Su traje oscuro le quedaba como una segunda piel.
Alessia no pudo evitar pensar que parecía más un rey en un castillo de ruinas que un mafioso peligroso.
Cuando el reloj marcó las ocho en punto, las puertas se abrieron.
Y allí entró él.
Matteo Moretti.
El hombre que, según su madre, debía estar muerto.
El verdadero heredero.
El que, ahora, quería verla caer.
Era alto, corpulento, con cabello gris perfectamente peinado hacia atrás y una mirada afilada como cuchillas.
—Así que… tú eres la bastardita escondida —fue lo primero que dijo.
Alessia no pestañeó.
No retrocedió.
No lo permitiría.
—Y usted debe ser el asesino frustrado —respondió, con una sonrisa dulce y peligrosa.
Dante entrecerró los ojos.
Matteo soltó una carcajada ronca, sin humor.
—Veo que tienes lengua, niña. Me gusta. Los corderitos no duran mucho en este juego.
—No soy un corderito.
—Aún no eres nada.
Matteo se acercó hasta quedar a un paso de ella.
Y entonces hizo algo inesperado: le tendió la mano.
Alessia la miró.
Y la ignoró.
—No estrecho manos con fantasmas del pasado —dijo ella, girándose con altivez.
Dante sonrió por primera vez esa mañana.
—Ella tiene fuego —comentó Matteo—. ¿Pero tendrá sangre?
—Más de la que imaginas —respondió Dante.
Alessia los observó a ambos, tratando de entender la dinámica entre ellos.
Había una historia compartida.
Y ella no estaba incluida.
Todavía.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó, ya sin paciencia.
—No es lo que queremos —dijo Matteo—. Es lo que te corresponde.
—¿Y qué es eso?
—Un apellido. Una herencia. Una guerra.
Dante se acercó a su lado.
Le susurró al oído con un tono que erizó su piel:
—Hoy empieza el juego, Alessia. Y ya no hay salida.
Horas después, estaba sentada en la biblioteca, sola.
Las palabras retumbaban en su cabeza como truenos.
Herencia. Guerra. Sangre.
¿Por qué? ¿Por qué ella?
Cerró los ojos.
Y por primera vez, lloró.
No por miedo.
Sino por enojo.
Porque su vida había sido un engaño.
Porque su madre le había mentido.
Porque ahora tenía que luchar por un nombre que nunca pidió.
Y porque…
Dante tenía razón.
Ella ya no era inocente.
Sintió pasos detrás de ella.
No necesitó mirar.
—¿Vienes a decirme que ya no puedo llorar tampoco? —dijo con sarcasmo.
Pero Dante no respondió.
Se sentó frente a ella y deslizó un sobre sobre la mesa.
—Esto era de tu madre. Me pidió que te lo diera cuando ya no estuviera.
Alessia tembló.
Sus dedos tardaron en abrir el sobre.
Dentro había una carta. Escrita a mano.
Con una caligrafía que reconocía desde niña.
"Mi pequeña loba…"
Comenzó a leer.
Y a medida que lo hacía, su corazón se desgarraba con cada palabra.
Su madre no había huido por cobardía.
Lo había hecho por amor.
Porque sabía que, si la encontraban, Alessia moriría.
Y porque el apellido Moretti no era una bendición…
Era una condena.
"Perdóname por haberte ocultado la verdad.
Perdóname por no haberte contado quién eres.
Pero sobre todo, perdóname por dejarte sola con él.
Porque lo que Dante quiere… va más allá del poder.
Él quiere tu alma."
La carta se deslizó de sus manos.
Cayó al suelo con un suspiro.
Alessia levantó la vista.
Y lo vio.
Dante la miraba. Firme. Silencioso.
Con algo en los ojos que ella no sabía si era compasión…
O culpa.
—¿Lo sabías? —preguntó, con la voz rota.
Él no negó.
Tampoco afirmó.
Solo se acercó y dijo:
—No es tu apellido lo que debes temer, Alessia.
Es lo que harás con él.
Y con eso, se fue.
Dejándola sola.
Entre sombras.
Entre ruinas.
Entre las verdades que ya no podía enterrar.
El Instinto de la Loba"
Esa noche, Alessia no durmió.
Ni siquiera lo intentó.
La carta de su madre estaba sobre la almohada.
La había leído cuatro veces.
Y cada palabra era un filo distinto clavándose en su pecho.
Dante quiere tu alma.
Era una frase que le retumbaba como un eco demoníaco.
Una advertencia.
Una confesión.
Pero… ¿era eso cierto?
¿Realmente quería Dante algo más que control?
O… ¿acaso era eso lo que quería ella?
¿Un lugar donde por fin pudiera dejar de fingir que no estaba rota?
Los pensamientos eran un laberinto, y Dante… era el lobo que la guiaba hacia su centro.
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Al día siguiente, la entrenaron.
—Si vas a sobrevivir en esta familia —le dijo uno de los hombres de seguridad—, necesitas algo más que una lengua afilada.
Alessia se rió.
—¿Y me van a entrenar como a una soldado?
—No —interrumpió Dante, entrando al salón—. Como a una Moretti.
Y así empezó.
Tiro al blanco.
Defensa personal.
Reconocimiento táctico.
Día tras día.
Golpe tras golpe.
Alessia fue puliéndose como un diamante enterrado en sangre.
Y Dante estaba allí, observando.
Siempre observando.
Cada vez que sus dedos se cerraban con fuerza en el gatillo, él sonreía.
Cada vez que se negaba a retroceder, él murmuraba "bien".
Y cada vez que su cuerpo colapsaba por el esfuerzo, él no se acercaba…
Pero tampoco la dejaba sola.
Era como si quisiera construir una reina desde los restos de una niña.
Una loba desde los huesos de una presa.
Y ella… estaba empezando a entenderlo.
Porque cada disparo era una descarga de poder.
Cada movimiento, un grito de rabia contenido.
Y por primera vez en su vida, Alessia no se sentía una víctima.
Sino un arma.
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Pero el día no terminó allí.
—Esta noche irás conmigo a una reunión —anunció Dante al anochecer.
—¿Qué clase de reunión?
—Una donde serás mi debilidad… y mi amenaza.
Ella frunció el ceño.
—¿Y qué debo hacer?
—Nada —sonrió él—. Solo camina a mi lado… y mira a todos como si pudieras destruirlos.
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El auto n***o cruzaba la ciudad como una bestia en sigilo.
Alessia iba en el asiento trasero.
Vestía de n***o.
Tacones.
Labios rojo sangre.
Y en sus ojos, una mezcla de miedo y hambre que Dante no dejaba de mirar.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él.
—No. Estoy cansada de fingir que no me gusta esto.
Dante sonrió.
—¿Qué parte?
—El poder.
Él la miró más tiempo del necesario.
—Vas a ser peligrosa, Alessia.
—Eso ya lo soy.
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La reunión era en un salón de mármol y cristal, con luces bajas y rostros afilados.
Los hombres allí hablaban en susurros, pero gritaban con las miradas.
Cuando Dante entró, todos lo miraron.
Cuando vieron a Alessia a su lado…
el silencio se hizo absoluto.
—¿Es ella? —preguntó uno de los presentes.
—La sobrina bastarda —dijo otro.
—Dicen que ya sabe disparar —murmuró un tercero.
Ella no dijo nada.
Solo caminó.
Con la espalda recta, el mentón elevado… y la furia silenciosa de una mujer que está aprendiendo a amar su oscuridad.
Dante se detuvo frente a una mesa y sirvió dos copas.
Le pasó una a ella.
Y luego, sin previo aviso, dijo:
—Ella es Alessia Moretti. Y a partir de hoy, cualquiera que la subestime… estará muerto en 48 horas.
Los murmullos estallaron como una ola.
Un hombre se levantó.
—¿Una niña? ¿Ese será nuestro legado? ¿Una mocosa con tacones?
Dante no se inmutó.
—Si tienes dudas, puedes retarla.
—¿Un duelo?
—No. Una conversación —respondió Alessia, dando un paso al frente—. Pero si no puedes con palabras, podemos probar con balas.
El hombre rió.
—¿Y si no quiero jugar?
—Entonces muere aburrido.
Y lo dijo con tal calma que nadie se atrevió a responder.
Dante la miró.
No como un maestro.
Ni como un protector.
Sino como un igual.
Y por primera vez…
Alessia sintió que pertenecía allí.
En medio de la sangre.
En medio del poder.
En medio de la oscuridad.
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Al regresar, en el auto, Dante rompió el silencio.
—¿Sabes por qué todos te observaban?
—Porque esperaban que fallara.
—No. Porque no entienden cómo alguien como tú… aún respira después de tanto.
Ella lo miró.
—¿Y tú? ¿Lo entiendes?
—No.
—¿Entonces por qué me entrenas?
—Porque me interesa ver en qué te vas a convertir.
Ella apoyó la cabeza en la ventana.
—Tal vez en un monstruo.
—Tal vez en una reina.
Dante estiró el brazo, pero no la tocó.
Simplemente dejó su mano en el asiento, como una invitación no dicha.
—Solo recuerda, Alessia… —dijo con voz baja— los Moretti no nacemos. Nos fabricamos.
Y en el reflejo de la ventana, Alessia no vio una víctima.
Ni una chica confundida.
Sino a sí misma.
De pie.
Firme.
Lista para destruir.
NOTA 📝
💬 Ok... ¿Quién sintió que se le apretó el pecho? Comenta sin miedo, este espacio es para lectores sin corazón blando. O con el alma rota como yo.