Capítulo 3

2416 Words
De repente despertó y sus sueños diluidos entre azules y el olvido de repente despertó  encontrando a su sirena recostada en la arena. ........... Yacía un joven rubio de hermosos ojos azules a la orilla del mar.  Las olas comenzaban a aproximarse más a él y rozaron suavemente la planta de sus pies, su respiración estaba entrecortada y su pecho subía y bajaba ferozmente haciendo que todo su cuerpo temblase de forma escalofriante. De nuevo aquella enfermedad volvía a atormentarlo, había vuelto para llevarse su vida por fin.  Su mano sangraba, aquel líquido escarlata salía a borbotones de su muñeca; aquel era su infernal problema que llevaba atormentándolo desde los seis años. Una infección en el bazo provocó que un médico tuviera que extirpárselo y por lo tanto todo su cuerpo quedó expuesto a cualquier roce, aquel órgano era el encargado de controlar toda la sangre que fluía por sus venas y ya no estaba.  Aquel era su problema, cada vez que se hacía una pequeña herida en cualquier parte de su cuerpo debía de buscar un médico con urgencia para cerrarle la herida rápidamente.  Sin embargo, en aquel momento no tenía a nadie, se había escapado del castillo y en un acto de desesperación había cortado su muñeca izquierda con el cristal de una botella rota.   —¡¡Qué alguien me ayude!!—Gritaba el chico desesperado mientras la fina arena era teñida por su propia sangre—¡¡Auxilio!!  Nadie lo escuchaba.  A aquellas horas de la madrugada los ciudadanos no salían de sus casas por temor a ser atacados por piratas o bandidos.  Notaba como sus ojos comenzaban a empañarse de sus propias lágrimas. No quería morir, a sus dieciséis años no podía irse sin más, tenía planeada toda una vida por delante, era el hijo mayor del Gran Rey de París, Gabriel Agreste, debía ser el elegido para heredar la corona, pero... ¿Podría ser rey un hombre que puede desangrarse con un simple arañazo?   —Quizás mi destino sea este—Susurró el chico mirando las olas del océano—Puede que Adrien sea más fuerte que yo.  Se puso en pié a duras penas y comenzó a caminar hacia el mar.  Sintió como las olas cubrían sus pies y una sensación reconfortarle inundó su cuerpo, tal vez no fuese tan malo dejarse llevar, puede que en otro mundo su vida sea mejor.  Continuó caminando hasta que el agua le llegó a la cintura, estaba decidido ha hacerlo, quería terminar con todo aquel dolor y desesperación que lo inundaba desde hacía tantos años.   —No lo hagas—Dijo una voz suave y dulce que lo hizo detenerse en seco.  Aquella voz inundó sus oídos y cada fibra de su cuerpo se detuvo en seco.  Alzó la mirada y se encontró con una joven que se encontraba a poca distancia de él sumergida en el mar.  No podía verla con claridad, la luz de la noche era muy fúnebre y nublaba su campo de visión.  La chica se aproximo a él nadando con una elegancia que lo dejó impresionado hasta que ella quedó a una distancia muy corta de su cuerpo. Se levantó levemente hasta que llegó a la altura de su boca y lo miró con aquellos ojos azul cielo que brillaban intensamente.   —No puedes acabar con tu vida de esta manera—Inquirió ella mirándolo con dulzura—Quien te la hubiese dado se enfadaría mucho contigo si te ve rompiéndola de esta forma.  El joven rubio la miró con el ceño fruncido, ella tendría unos años menos que él, era absolutamente preciosa con aquellos ojos azules y aquellos labios rosados que lo atolondraron levente.   —Es cuestión de tiempo que acabe muriéndome—Dijo el joven con amargura. Alzó la muñeca y se la mostró—Si hoy no muero, puede que mañana sí, o al día siguiente... esta estúpida maldición me persigue.  La azabache lo miró directamente a los ojos y sus labios se curvaron en una media sonrisa.  Acto seguido comenzó a tararear una dulce melodía mientras tomaba la mano herida del joven rubio con delicadeza.  Él quedó algo sorprendido por aquello, pero entonces sus ojos se abrieron aún más cuando ella depositó un suave y delicado beso sobre la herida. Ella cerró sus ojos poniendo todo su empeño en aquel acto.  El chico no sabía como reaccionar, aquello lo había pillado por sorpresa. Parecía todo tan irreal, aquella chica parecía sacada de un sueño.  La calma comenzó a inundar su cuerpo y el dolor de la muñeca se desvaneció por completo.  La joven al fin separó los labios de su mano  herida y el rubio comprobó como su muñeca estaba completamente saca, sin ningún corte ni una mera cicatriz.  Miró a la chica con expresión atónica. Ella tenía sus perfectos labios manchados de sangre, de su propia sangre que hacía unos segundos estaba acabando con su vida. Ella se relamió los labios causando en el chico un fuerte escalofrío y ella sonrió.   —¿Qué... Qué demonios has hecho?—Preguntó el chico con dejar de mirarla—¿Qué eres? La joven se acercó a su rostro y lo miró directamente a los ojos con una mirada algo fría y afilada.   —De momento, solo soy una fantasía—Aseguró ella con dulzura—Seré tu secreto ¿Me lo prometes? El joven quedó completamente anonadado ¿A qué se refería? ¿Quién era aquella hermosa joven?   —No puedes decirle a nadie que me has visto—Volvió a repetir ella—Si alguien se entera de lo que acaba de pasar...—Posó una de sus manos sobre los labios del joven—Yo misma me encargaré de matarte con mis propias manos.  Tras estás palabras se separó bruscamente de él y con elegancia saltó hacia las aguas del mar dejando al descubierto una hermosa cola de sirena de color escarlata.  Aquel día una sirena le había salvado la vida.  Desde aquel día su corazón se cerró para siempre esperando abrirse de nuevo a la mujer que le había salvado de las garras de la muerte.                                              ••••  Sus ojos se abrieron de golpe y se levantó quedando sentado sobre la cama.  De nuevo el recuerdo de aquel día había regresado a sus sueños.  Cada noche tenía el mismo recuerdo, la misma imagen viva y fresca de aquella sirena que lo había salvado la vida.  Se pasó una mano por sus cabellos rubios y soltó un pequeño suspiro.   —Esa joven...—Susurraba para él mismo—Esa joven es igual a ella.  Aquella molesta mujer apretó aún más su corpiño haciendo que se asfixiase levemente.   —Ya basta, por favor—Suplicó Marinette apartando a la mujer de un manotazo.   —¡Pero niña!—Exclamó la mayor poniendo los brazos en jarra—¡¿Qué son esos modales?! ¡Desde luego que no debes venir de una familia muy noble!   —De donde yo venga no tiene nada que ver conmigo—Aseguró ella llevándose una mano a la espalda.  La anciana rodó los ojos y le dio la espalda.   —Y pensar que me alegré de tener a una ayudante que preparase la comida a todos estos hombres, pero ya veo que serás solo otra carga más para mí—Tomó a Marinette de la barbilla y la obligó a ponerse recta mientras la observaba de arriba abajo, evaluándola.—Estás muy delgaducha, no necesitarás un vestido muy grande, espérame aquí, pronto llego con tu ropa.  Marinette quedó observando a la mujer desaparecer por entre los numerosos muebles de la estancia y frunció el ceño.   —Yo me largo de aquí— Dijo dando media vuelta y llevando una de sus manos al picaporte de la puerta, pero su poca experiencia en el mundo de los humano le jugaron una mala pasada y apenas supo abrirla.  Le dio un fuerte manotazo a la puerta y esta al fin se abrió sacando a la chica una gran sonrisa. Sin duda aquella era una gran oportunidad para escapar, no había nadie vigilándola y al fin se había quitado al aquel chico rubio tan molesto.   —Marinette uno, rubito molesto cero ¿Cuál es mejor de los dos ahora eh?—Inquirió Marinette con orgullo para ella misma—Ahora a largarse de aquí.  Miró a ambos lados de ella y se dispuso a correr hacia la borda pero de repente chocó con algo grande, o más bien algo grande.  La azabache se llevó una mano a la cabeza y alzó la mirada.   —Vaya, vaya, vaya...—comenzó a decir un hombre robusto y grandullón—Así que lo de la muchachita perdida era cierto—Sonrió con algo de picardía—Que buen despertar... desde luego no todos los días me encuentro a una mujer en ropa interior corriendo por la borda.  Marinette hizo una mueca y lo pasó de largo dirigiéndose hacia la borda y así perderse en el mar, pero de nuevo aquel hombre la tomó del brazo.   —¿Dónde vas con tanta prisa?—Preguntó él acercándola más a él—Puedo presentarte al resto de muchachos para que también disfruten de las vistas.   —Quita de en medio—Marinette intentó apartarse las manos de aquel individuo de ella, pero a pesar de sus esfuerzos no lo conseguía.   —Venga no seas tímida y ven conmigo pequeña mujerzuela—Dijo él arrastrándola, incitándola así a desplazarse.   —¡No, suéltame, no quiero, no quiero!—Gritó la chica dándole manotazos sin parar.  El hombretón frunció el ceño y notó su paciencia derrumbarse por cada palabra que la chica gritaba.   —Maldita niñata, estate quieta de una maldita vez o yo mismo me encargaré de ello—Alzó una de sus manos y agarró a la joven bruscamente de la barbilla para que se estuviese quieta, pero, de repente una segunda mano apartó el brazo del hombretón son rudeza.   —¿Qué se supone que está haciendo soldado?—Preguntó Adrien retorciendo con malicia el brazo del hombre—Creo que recordar que yo fui el que trajo a esta joven al barco y por tanto yo soy el único que le pone una mano encima.   —Se...Señor lo siento tanto... yo no... no sabía que era el dueño de esta mujer—El hombre sintió como una lágrima se le saltaba del ojo a consecuencia del dolor.   —Pues ahora ya lo sabes, y abre bien lo oídos imbécil porque no lo quiero volver a repetir—Adrien se acercó más al hombre y le retorció aún más la muñeca—Los ojos fuera de ella ¿Me has entendido, soldado?   —S...Sí. No lo volveré ha hacer, se lo prometo, por favor suélteme— Pidió con piedad.  Adrien sonrió con picardía y por fin lo soltó.   —Ahora vuelve al trabajo, mi hermano quiere que lleguemos a Niza dentro de tres días ¿Me has oído? Tres días exactos.-Ordenó Adrien seriamente—Informa al resto de la tripulación.   —Como usted ordene Señor—Dicho esto, se retiró mientras se frotaba el brazo dolorido.  Adrien refunfuñó algo por lo bajo y se giró para mirar con dureza a Marinette, quien estaba decidida al saltar del barco y sumergirse en las aguas.   —Ey...Ey ¿Dónde te crees que vas Sirenita?— La tomó por la cintura y la obligó a pisar la madera del barco bajo los golpes y los insultos de la chica.   —¡¡Déjame en paz!!—Gritó la chica golpeándolo.   —Deja de removerte—Adrien la cargó sobre su hombro y ambos se metieron en una pequeña habitación donde almacenaban el vino. Una vez allí la soltó y ella lo fulminó con la mirada.   —¿Qué crees que estás haciendo?—Adrien se cruzó de brazos—Lo primero, no conviene que vayas semidesnuda por la borda, estos idiotas están ansiosos se saciar sus placeres y la única mujer que hay a bordo eres tú.   —También está la Señora que me ha puesto estas cosas—Inquirió la azabache señalándose.   —Pues por lo que veo aún no ha terminado de ponerte cosas—Ironizó el chico.   —Pues es molesto. Muy molesto. Esto me aprieta mucho, además, yo voy por como yo quiero y por donde yo quiero, y para que lo sepas tú no me mandas. Adrien maldijo algo para sus adentro, aunque después sonrió para el mismo y sin previo aviso la acorraló contra la pared mientras la tomaba de las muñecas inmovilizándola.   —Vas de mujer dura y difícil y luego no eres más que una niñata ingenua—Dijo el chico acercándose al rostro de la chica sin soltar sus muñecas—¿Quieres saber por que no te dejo ir con esas pintas por la borda?   Marinette no dijo nada, estaba completamente paralizada, aquel movimiento la había dejado completamente paralizada.   —Si te hubiese dejado sola, esos hombres te hubiesen hecho cosas de las que estoy seguro que no te gustarían para nada—El rubio sonrió para el mismo y se aproximó a su cuello—Claro que... si yo fuera el que te las hace te gustarían aún más. La joven soltó un leve suspiro que sacó a Adrien una sonrisa traviesa.   —Suéltame...—Susurró Marinette sin estar muy segura de si eso era lo que en realidad deseaba.   —Si te dejo... ¿Quién me asegura que no te volverás a ir?— Preguntó Adrien sin soltarla—Recuerda lo que te dije ayer, yo te necesito y tú me necesitas a mí si quieres volver con tu manada de sirenas.   —Yo no te necesito—Dijo la joven sintiéndose más débil que nunca1Voy a escapar de este barco y sin tu ayuda.   —Verás Sirenita... Eso no va a ser posible, recuerda que tú ahora me perteneces, y no te voy a dejar escapar hasta que los dos hayamos escapado de aquí. Mientras tanto una tercera persona escrutó aquella escena por la pequeña r*****a de la puerta, aunque a pesar de todo no llegaba a escuchar las palabras que ambos intercambiaban.   —Mi sirena...—Susurró aquel sujeto mientras cerraba una de sus manos en puño.—Es igual que mi sirena.  Frunció el ceño al ver a la joven entre los brazos de Adrien y un intenso deseo de envidia hacia él.   —Ella es mi sirena.
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