—Qué dios lo bendiga, alteza—agradeció la mujer mientras tomaba a su niño en brazos. —No ha sido nada—Adrien miró a ambos con una tierna sonrisa. —¿Has visto cuantas manzanas hay, mama?—Dijo el niño orgulloso—él nos las ha regalado. La mujer miró a Adrien con asombró y algo de vergüenza. —Oh, señor trabajaré horas extra hasta que consiga devolverle cada moneda de esas manzanas. Adrien levantó una mano haciéndola callar. —Considérenlo un regalo de la familia real—dijo rubio—.Si tienen algún problema, en cualquier caso hacédmelo saber. Yo intentaré solucionarlo lo mejor que pueda. La mujer lo miró con admiración. —Usted será un rey ejemplar. Adrien volvió a sonreír mientras que sus mejillas se teñían de rojo. Unos gritos que él conocía muy bien captaron su atención, soltó un pequeñ

