Debería irme al planeta más lejano posible, alejarme lo suficiente de Edward, los escoltas, definitivamente muy alejada de los escoltas que ahora saben la fecha de mi menstruación, mandó al demonio todos mis estúpidos esfuerzos de que nadie lo sepa, ahora todos los saben. ¡todos! ─se levanta bajo la ducha de agua caliente. ─lo último que quería era que esto pasara, y ahora es aún peor, quiero golpearlo, quiero darle de cachetadas, pero al mismo tiempo me dan ganas de comermelo entero y sin ropa.
Después de casi una hora bajo la infernal temperatura del agua para aliviar un poco su dolor y demás malestares menstruales, ella por fin decidió salir de la ducha, al envolverse en la bata de baño, se miró al espejo. Estaba por demás avergonzada, no puede creer todo lo que acaba de pasar, pero ahora quiere saber qué es lo que le iba a decir, se arrepintió enseguida por no dejarlo hablar, pero pese ha ser mujer, nacido mujer y aceptar su feminidad, odiaba el periodo, y si había algo que le causaba un asco desmesurado era la sangre menstrual.
─Bueno, tuviste tres hijos, y dos de ellos en hospital público, ¿qué tanta vergüenza puedes tener? ─se preguntó a sí misma.
Tomó una blanca y deslumbrante toalla blanca y secó su algo ruborizado rostro.
Escuchó la puerta y se alejó enseguida de la puerta temiendo que vuelva a pasar lo mismo que en la otra habitación, pero luego escuchó los pasos.
─¿Estás bien? ─pregunta Edward desde el otro lado de la puerta con suavidad.
─Salgo en un momento. ─dice dejando la toalla de lado.
Al abrir la puerta ve a Edward con una pastilla en la palma de su mano, y un vaso con agua en la otra.
─Para los cólicos. ─dice mirándole muy arrepentido por lo que ha hecho antes.
─Gracias. ─musitó tomando enseguida la pastilla. Al voltear, sobre la cama hay una pijama, y una compresa de agua caliente, mientras sobre la mesa, hay una cantidad variada y algo exagerada de chocolates en barra con maní, malvaviscos y frutos secos. ─¿comó...? ─balbuceó confundida.
─Le pedí a la señorita Martin que me ayude con una lista de las cosas que usas y acostumbras a consumir durante la menstruación. Lo han traído para ti. ─dice sin poder mirarla a la cara.
─¿Dónde estás ellos? ─preguntó
─Aún siguen en la piscina, he pedido que disfruten tanto como deseen, así podrás tomarte el tiempo que necesites... ─insiste.
─Bueno. ─toma las toallas y la ropa interior. ─iré a vestirme. Tú espera aquí. ─regresa a la ducha, se viste de prisa y sale enseguida, donde él está aún en el mismo lugar donde ella lo dejó sin inmutarse.
─¿duele mucho? ─pregunta al verla hacer un gesto de dolor mientras pone sus manos en la cintura como jarra.
─No tanto. ─se deja caer en la cama y se encoge bajo la manta que la cubre. ─solo, es cuestión de tiempo. ─sonríe abrazando la compresa de agua caliente en el vientre bajo.
─¿Dime qué más puedo hacer para no verte sufrir así? ─preguntó afligido viéndola retorcerse, aunque ella lo disimulaba lo mejor que podía, él aún podía notarlo.
─No dura tanto. ─niega aferrada a la manta.
─Pues... ─se quita los zapatos y se mete a la cama con ella. ─déjame acompañarte. ─dijo haciendo que ella se acomode junto a él. Con la cabeza en su pecho, y su pierna entre las de él, lo abraza sintiendo su calor, lo que se intensifica aún más cuando la abraza con una mano, mientras acomoda la compresa en su vientre, de tal manera que no sea una molestia.
─No puedo creer que tiraras la puerta del baño. ─suspiró sintiendo su calor corporal.
─Lo siento. ─se lamentó. ─Estaba tan asustado de que algo te hubiese pasado, que no lo pensé...
─Lo sé, pero ahora todos sabes que estoy menstruando. ─se lamentó enterrando su cara en el pecho de él, muy avergonzada de solo recordarlo.
─Bueno, han sabido de cosas peores en esta familia. ─intenta bromear. ─el periodo menstrual de una señora casada no es de gran interés. ─insiste.
─No es gracioso... ─se lamenta.
─Lo siento. ─insiste él. ─pero tiraría toda esta propiedad abajo si con eso te protejo. ─dijo acomodando su cabello.
─¿puedo preguntar? ─levanta su mirada a él.
─¿necesitas hacerlo? ─preguntó bajando la mirada a ella, un poco nervioso.
─¿Sí? ─insistió en responder con una pregunta.
─Entonces... ─se preparó para lo que venía. El miedo latente de que pregunte sobre lo que él habló con Charles, pero quería hacerlo, igual debía hablarlo. ─hazlo. ─soltó un suspiro, y a su vez, tomó tanto aire como pudo preparándose para lo que venía.
─¿ya has comido algo? ─preguntó para su sorpresa. Hubiese esperado cualquier cosa, menos esa pregunta.
─No, el apetito y yo... ─enmudece al verla trepar sobre él abriéndose paso para llegar a la mesa de noche. Toma un par de barras de chocolate y regresa al mismo lugar.
─Comeremos esto, en lo que tú y el apetito vuelven a ser amigos. ─sonrió.
Él, con una sonrisa torcida algo sexi, asintió tomando un pequeño pedazo de la barra, pero ella rápidamente puso en su boca la barra, haciendo que de un bocado el doble de grande del que ya había tomado.
─¿creés que te sientas mejor para la cena?, ¿o será bueno llevarte al médico? ─preguntó cubriendo su boca para que no se vea su boca aún con chocolate a medio comer.
─Seguramente sí. ─se acurrucó aún más.
─¿Cada mes pasas por lo mismo? ─pregunta como si genuinamente fuese una tortura.
─Sí, cada mes. ─soltó lo obvio. ─pero, a veces son más intensos que otras veces. ─añade.
─Hay algo de lo que debo hablar contigo. ─dijo mientras ella se sienta junto a él, dejando su cabeza caer sobre su hombro.
─Dime. ─dice sin darle tanta importancia.
─Mentí en parte cuando te hablé de la doctora que te atendió para los anticonceptivos. ─dice y Ángel se acomoda, sentándose frente a él.
─Edward...
─Lo lamento, no supe cómo explicar que para mi realmente fue una sorpresa. ─se apresura a explicar antes de que ella estalle de celos ─pero además, hay algo que no te dije, pero en realidad no lo sabía, pero Charles me lo dijo cuando hablamos sobre cambiar a tu médico de cabecera. ─dice dejando la barra de chocolate de lado.
─Así? ─soltó con sarcasmo, no está segura de que quiera escuchar lo que tiene que decir, pero no había manera de huir.