Mi esposo

1271 Words
Este lado del mundo es muy bueno, estas son las mejores vacaciones de mi vida, y me encanta que esta vez mis hijos están conmigo, ellos disfrutan las mismas cosas que yo, la comida, su cultura, la música, la diversidad, los lugares, y sobre todo conocen cosas del mundo que yo jamás pude haber hecho que conocieran, ahora está la posibilidad de que estudien fuera del país que nací, y no es tan malo después de todo, aunque me pregunto, ¿cómo estará mi mamá?, ¿cómo estará mi casa?, han pasado un par de semanas desde que salimos del país, pero más de un mes desde que no voy a mi casa. ─¿estás lista? ─pregunta Ángel de pie en la entrada, con las manos apoyadas en el marco. ─sí. ─brincó enseguida al ver a su madre, pese a que la preadolescente no era fan de las sonrisas, la felicidad de compartir con su madre la hizo sonreír como si fuese parte de una propaganda de dentífrico. ─Nos vamos señorita. ─tiende su mano y en un acto de rebeldía o capricho, ella se prendió a su brazo. ─¿Seremos solo usted y yo? ─preguntó mirando tras ella. ─¿Te gusta la idea? ─preguntó. Ella había pasado tanto tiempo en ver, tocar, saber, probar todo a su alrededor a todo lugar que iba, que le fue difícil pasar tiempo con su madre. ─Claro que sí. ─se aferra al brazo de ella con añoranza. Por fin, por fin después de años eran solo ella y su mamá, sin problemas, sin complicaciones económicas, sin remordimiento por el dinero que ganarían, sin hermano pequeño que demande atención todo el tiempo, o hermano mediano que comparta su conocimiento o malos chistes, eran solo ella y su madre por todo el día. El corazón de Ángel rebosó de alegría, su hija, la pequeña que después de los seis años se había vuelto fría y distante, madura para su edad, incluso a veces era mucho más madura que su madre, aquella niña que con los años se convertía en una hermosa y fría señorita, estaba aferrada a su brazo como siempre imaginó que pasaría en alguna fecha especial. ─Buen día señora Argento. ─le dedicó una reverencia. ─señorita Martin. ─le hace una réplica similar a la jovencita el jefe de seguridad de Edward. ─Si no tiene objeción alguna, yo estaré a cargo de la seguridad de lo que el señor Argento ha renombrado, joyas preciada de la familia. ─dijo con cierto tino de gracia. ─Por su puesto, gracias. ─dijo ella, misma que replicó su hija además de dedicarle una sonrisa a uno de los escoltas, (el mismo que ha golpeado en su casa con la escoba) Subieron al auto con grandes sonrisas, mientras Edward y los niños las veían desde la ventana de la ventana del hotel en el que se hospedan. ─Mamá. ─la aborda enseguida su hija. ─dime. ─acaricia su rostro con suavidad. ─¿Cree que su esposo se quede para siempre? ─preguntó discreta, pero aún así el jefe de seguridad, quien también hacía de chofer podía escuchar, lo que lo hizo incómodo, así que cerró el compartimento del auto para darles privacidad. La pregunta de ella le causó sorpresa, esperaba cualquier pregunta menos esa, y después de todo lo lindo, amable, y dedicado que había sido él, parece insólito que ella hiciera esa pregunta, pero después de todo, lo que se considera su primer amor le había roto el corazón al abandonarla, no esperaba más que eso. ─espero de todo corazón que sí. ─tomó las manos de su hija. ─Amo a Edward, y sé que me ama. ─musitó. ─pero quiero que tengas algo muy presente. ─dijo haciendo que toda su total y absoluta atención esté sobre ella. ─Te amo, y a tus hermanos. No importa lo mucho que yo ame a Edward, si estar con él, no les hace feliz a ustedes, este matrimonio terminará en seguida. ─advierte. ─así que... ─Él me agrada. ─sonríe para su tranquilidad. ─y no sé si cuando él vea que Jota hace muchas preguntas, y Sandro no para de hablar con sus locuras sobre la tierra y los animales, quiera dejarnos... ─musitó. ─Ustedes son perfectamente imperfectos y así es como debe ser. Él es una buena persona, parece que le agradan tus hermanos, y no creo que quiera irse, pero, si es el caso... Yo siempre estaré, yo siempre los amaré, yo siempre seré su mamá. ─sonríe sacando una sonrisa en su hija, y eso era muy bueno. ─Entonces... ─se acomoda en su asiento. ─¿cómo fue su boda?. ─sonríe emocionada suponiendo mucho, imaginando otro tanto. ─ya que no estuve, quiero saberlo. No puede volver a casarse, y yo no estuve, ¿cómo fue? ─preguntó. ─Fue muy sencilla. ─ðice entre risas discretas. ─solo firmamos los papeles frente a un juez y me dio el anillo. Detalle más, detalles menos, pero no hubo gran fiesta, ni nada. ─sonríe omitiendo la parte del porqué se casó. ─¿pero cómo lo propuso? ─preguntó dejando la decepción por la simpleza de las respuesta de lado. ─Pues... ─balbuceó para ella mirando por la ventana, poniendo los ojos en blanco de solo recordar como fue que empezó todo, volvió su cabeza a su hija, tragó saliva y continuó, pero no habló más del mismo tema. ─sabes, he escuchado que aquí en asia es muy popular esto de los Spa, y amo la idea de que estemos juntas. Por fin después todo este tiempo hay un poco de silencio. ─se dejó caer sobre el asiento. Ella conoce a su hija demasiado bien, sabiendo que si hay algo que su hija ame más que la cultura asiática y a los asiáticos, era hablar de sus hermanos, pero no de buena manera. ─Sí, ellos son muy ruidosos y Jota no sabe como dejar de hacer preguntas, creo que deberíamos darle un diccionario. ─dice también dejándose caer sobre el asiento, disfrutando de ese silencio que tanto presumía su madre. El silencio fue su salvación, Ángel es el tipo de madre que intenta inculcar los mejores valores que puede conocer, la sinceridad, solidaridad, respeto, puntualidad, entre otros, pero a su vez, le avergonzaba la idea de decirle a su hija que se casó por dinero y que luego surgió el amor, podría darle una idea equivocada del amor. Tan pronto llegaron al Spa, Luisa no dejó de sonreír en ningún momento, era su día, ese día de chicas, en el que mientras les hacían pedicure ellas tomaban el desayuno, nada complicado, waffles y fruta picada. Pero eran los mejores waffles con fruta picada en años para Luisa. Bromeaban, rieron y hablaron de muchas cosas sin parar, incluso después de los masajes y en sus minutos de sauna al estar sola en todo el servicio, tuvieron la tan famosa conversación crítica de madre a hija, lo cual fue un poco incómoda para Luisan, pero su madre se encargó de hacer esta un poco más amena al ponerse de ejemplo de lo que no se debe hacer, a su vez que le explicó que su vida y situación era diferente. Ellas ya tenían un itinerario de qué hacer desde que salían de casa, manicure, pedicure, desayuno, masajes, cabello, uno que otro retoque, maquillaje adecuado para ambas, además de la ir de compras después de la comida, una tarde de cine, helado, y por último, un pequeño postre antes de regresar, ya que Edward había recordado las muchas veces que Ángel le había dicho que su hija amaba el pastel de chocolate, y ya que él había hecho su itinerario para ellas, había incluido el postre antes de regresar.
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