Diana Sher

1258 Words
─¿qué fue lo que pasó? ─le pregunta a Charles en cuanto la puerta se cierra. ─La señora Argento fue golpeada en un altercado familiar y perdió a la bebé de dieciséis semanas. ─dice también con mucho pesar. ─Entiendo... ─niega con la cabeza. ─¿crees que él está bien con eso? ─No lo sé señor, usted sabe cómo es él, no lo dice hasta que siente que ya no puede con eso, y con todo lo que está pasando... ─¿crees que ella sea culpable, o... ─No lo sé, todo es muy confuso, pero no podremos saber mucho si el hombre que supervisaba su trabajo no aparece, y hasta ahora, es como si la tierra se lo hubiera tragado. ─dice preocupado. ─Conozco a mi nieto, es digno hijo de mi nuera. ─niega con la cabeza dándose por vencido. ─Coordina con mis abogados y que solucionen todo esto, no quiero que nada se filtre en la prensa, y que dejen de poner a mi nieto en los medios, y menos como un secuestrador. ─espeta. ─Si señor. ─camina a la puerta para abrirla para él. ─y si la señora Ar... ─No importa si es culpable o no. Charles, tengo dos opciones, y la más fácil es; no importa si ella es inocente o culpable, es la madre de mi nieta, y haré lo que sea para no tenga que pisar una prisión. Si tienes complicaciones, dímelo, y que mis abogados te den todo lo que necesites, por que si él la pierde, yo lo perderé a él. ─dice saliendo de la oficina. Edward al salir de la oficina a ido directamente a la habitación, ya que la noche pronto llegará y quiere que ella se sienta en casa, como si todo ese tiempo no hubiese pasado. Por el contrario, el abuelo Argento ha ido directo a la puerta, donde aún está Ángel. ─Fui un niño que lo tuve todo en esta vida, y más... ─la sorprende con sutileza parándose junto a ella. Ángel está desencajada, no sabe si quedarse y escuchar, o solo evitar al hombre, pero en un salto de fe, decide quedarse allí y escuchar lo que tiene que decir. ─pero, si hay algo que no pude tener en mi infancia fue un perro. ─suspira recordando con añoranza su infancia. Se puede sentir la melancolía en sus palabras. ─Lo lamento. ─dice ante el desconcertante silencio de ambos tras un largo suspiro. ─Señora Argento. ─dice volteando a verla, y ella hace lo mismo. ─Bienvenida a su casa. ─sonríe amable y camina al auto. ─¿Usted está de acuerdo con esto?, ¿con que yo esté aquí? ─pregunta cuando el anciano apenas ha dado un par de pasos. El anciano se voltea con mucha paciencia, la ve por un par de segundo directamente a los ojos, ella no titubea ni baja la mirada, por el m¿contrario, la mantiene. ─Si ama a mi nieto, ¿por que vendió el anillo? ─pregunta sin siquiera pestañear. ─Porque mis hijos necesitaban un lugar en el que vivir, y ese anillo... ─titubea al sentirse vulnerable, toda esa coraza de fortaleza se desmorona frente al anciano y él lo nota. ─Haces bien. ─asiente aprobando lo que ha hecho. ─pero, la proxima vez, asegurate de no vender en cincuenta mil dólares, algo que cuesta veinte millones. ─sonríe y continúa su camino a la salida, pues el auto lo está esperando. Quedé, ¡de piedra!, ¡el anillo costó veinte millones de dólares!, y yo pensando que había enviado a la ruina al hombre por venderlo en lo que le dí. ¡por Dios!, esto es mucho dinero, es una locura cuánto dinero puede haber en algo tan pequeño. Ángel continúa atónita en la entrada viendo al anciano irse, aún no puede creer que ese anillo costara tanto, pero por otro lado, ¿cómo sabía él que el anillo se vendió?, inmediatamente recordó el anillo que le había mostrado Edward en su collar. No le había dado tanta importancia, pensó en su momento que había sido algo más simbólico, pero, ¿será posible? Salió corriendo por toda la casa en busca de Edward, para su sorpresa encontró primero a Ernestina. ─Disculpa, ¿sabes dónde está mi esposo? ─pregunta a las carreras. ─El señor está en su habitación, señora. ─dice, y antes de que pueda decir nada más, sale corriendo en busca de él. Corre por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación que usaban los dos, pero al abrir la puerta Edward está sin camiseta. ─Te puedo... ─se queda inmóvil al verlo. ¡Santísima virgen de la macarena!, como es que se puede ver tan, así. Todas las cicatrices están cubiertas por un enorme tatuaje de una quimera, su espalda es más ancha ahora, pero lo mejor está por venir, cuando él se voltea a ella. Su dorso está cubierto con tribales, mismos que llegan hasta su cuello, sus brazos, sus manos no eran lo único tatuado, lo que la sorprendió. Aunque era aún más sorprendente lo fornido que se veía ahora en comparacion de cuando se fue. Se acercó lentamente sin decir nada, solo sintiendo como su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en su cabeza y a su vez, a punto de salir por su boca, pero entonces lo vio, el anillo que colgaba con una cadena de su cuello. ─¿todo está bien? ─pregunta al verla como en una especie de trance en el que solo caminaba mirándolo fijamente. ─Sí. ─tragó saliva con dificultad, mientras más se acercaba, más acelerado latía su corazón. Al ver el collar lo tomó con sus manos. ─¿por qué? ─balbuceó confundida al tener anillo en sus manos. ─No quería que estuviera solo, o en la mano de alguien más. ─susurró. ─¿Cómo es que... ─Al buscar el comprador original, llamaron a mi abuelo. ─dice quitándose la cadena en su cuello, y sacando el anillo. ─yo estaba en un momento complicado y él pidió que trajeran de vuelta el anillo. ─dice tomando su mano. Al ver su rostro, ella aún se ve confundida, pero esta vez solo puede ver el anillo. ─sigue siendo tuyo. ─musitó al ponerlo de nuevo en su mano. Con la respiración escasa, y la boca seca, ella solo asiente. En ese momento, Edward solo podía pensar en lo suave que eran las manos de ellas, y lo mucho que disfruta sentir el calor en su piel, acariciar su mejilla parecía buena idea, hasta que ella salió de aquel trance, pero continuaba callada. ─¿que me querías preguntar? ─musitó ante el silencio inquietante de ella. ─¿qué quieres para cenar? ─se aparta disimuladamente. ─Vi a Ernestina y no sé, se me ocurrió que... ─Lo que decidas esta bien para mi. ─dice caminando a la ducha. ─¿segura que está bien? ─pregunta al verla aún un poco ensimismada. ─Iré a ver a los niños. ─dice saliendo enseguida de la habitación. Está bajando las escaleras, cuando escucha que alguien pregunta por Edward. ─Dígale que Diana Sher lo busca. ─dice entrando a la casa como ama y señora, viendo todo a su alrededor. Al bajar unos escalones más, Ernestina se encuentra con Ángel. ─Señora, buscan al señor Argento. ─le avisa enseguida. Y ahí estaba yo, frente a la mujer que ha salido en revistas con mi esposo, la famosa Diana Sher, una mujer que se ve impecablemente elegante y linda, eso además de elegante, y luego estoy yo, en ropa deportiva, el cabello recogido y apenas me he lavado la cara y los dientes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD