Las siguientes semanas, Marianela y Ulises se vieron en varios restaurantes exclusivos, fueron a carreras de caballos, de carros y motos. A cada encuentro, Marianela dosificaba su encanto, asegurándose de que Ulises cayera poco a poco en su trampa.
Él le preguntó sobre su vida, y ella le contó verdades a medias.
"Marianela Palacios", hija de un empresario discreto en un buffet de abogados, sin conexiones con Milo Genovese. Una joven con aspiraciones y una mente aguda. Acabada de salir de la secundaria.
Para el primer mes, Ulises ya estaba completamente encantado con ella. Era solo cuestión de tiempo antes de que la relación diera el siguiente paso.
—Tengo una idea. —le dijo un día mientras cenaban en un restaurante privado—. Vamos a Las Vegas. Un viaje solo para nosotros. Somos amigos y nos divertiremos. Le diré a papá que quiero ir y luego iré a la universidad.
Marianela fingió sorpresa y emoción, aunque en realidad ya tenía todo planeado.
—¿Las Vegas?
—Siempre soñé con ir...no tengo amigos como tú de confianza. Papá es muy quisquilloso y solo me deja salir cuando te menciono o a tus hermanos.
—Me encantaría. Yo tambien necesito unas vacaciones. Le diré a mi madre.
La trampa estaba tendida. Ahora solo quedaba esperar a que Ulises mordiera el anzuelo.
Y una vez que lo hiciera, los Cisneros caerían.
Marianela llegó al apartamento después de su cita con Ulises Cisneros. La noche era fría, y la ciudad resplandecía con luces de neón que titilaban en la distancia. Cerró la puerta con suavidad y se quitó los tacones con un suspiro.
Había sido una noche productiva, pero agotadora.
Miranda estaba en el sofá, con una copa de vino en la mano y el televisor encendido en una película antigua en blanco y n***o. Al notar la presencia de su hermana, levantó la mirada y arqueó una ceja.
—Últimamente casi no te veo —comenta Miranda con tono casual, pero con un dejo de curiosidad—. ¿En qué negocios de papá andas tan ocupada?
Marianela camina hasta la cocina y saca una botella de agua fría. Se toma un momento antes de responder, calculando sus palabras. No podía decirle la verdad, pero tampoco quería mentir descaradamente.
—Papá me pidió que hiciera algo por él —dijo finalmente, apoyándose en la barra de la cocina—. Nada fuera de lo común. Solo un trabajo que requiere discreción.
Miranda la observa por un largo rato, como si intentara leer entre líneas. Pero Marianela era buena ocultando emociones. Después de tres años en el mundo de Milo Genovese, había aprendido a mantener su rostro imperturbable.
—¿Un trabajo peligroso? —insiste Miranda.
—No más que cualquier otro —responde Marianela con una leve sonrisa.
Su hermana suspira y deja la copa sobre la mesa de centro. No era la primera vez que una de las dos desaparecía por asuntos de su padre. Así era su vida, y aunque lo aceptaban, eso no significaba que no se preocuparan la una por la otra.
—Espero que al menos tengas tiempo para cenar conmigo —dijo Miranda, cambiando el tema—. Pedí sushi, tu favorito.
Marianela sonríe con gratitud y se sienta junto a ella. Toma uno de los rollos y lo lleva a su boca.
—Siempre haces que me sienta culpable cuando no estoy aquí —murmura, disfrutando del sabor del pescado fresco.
—Porque deberías —responde Miranda con un tono divertido—. Somos un equipo, ¿recuerdas? Desde siempre.
—Desde siempre —repite Marianela, con un dejo de nostalgia.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la comida y de la compañía. Después de un rato, Miranda cambió la película a algo más ligero, una comedia que solían ver cuando eran adolescentes. Al ver la escena inicial, ambas se miraron y sonrieron.
—¿Recuerdas cuando mamá nos llevaba al cine y siempre nos dejaba elegir la película? —pregunta Miranda con una sonrisa melancólica.
Marianela asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Su madre, a pesar de la vida peligrosa que llevaba su abuelo, siempre había intentado darles una infancia normal.
—Sí —susurra—. Siempre pedíamos lo mismo: palomitas con mayonesa extra y un refresco gigante rojo para compartir.
Miranda ríe suavemente.
—Y cuando se acababan las palomitas, mamá nos compraba otra caja aunque dijera que ya habíamos comido suficiente.
Marianela deja su plato sobre la mesa y se abraza las rodillas.
—Mamá siempre nos mimaba demasiado —murmura—. A veces me pregunto cómo sería todo si ella aún estuviera aquí.
El ambiente en la sala cambió. Era un tema que rara vez tocaban. Habían aprendido a seguir adelante sin mirar atrás, pero en noches como aquella, los recuerdos volvían con fuerza.
—Yo también lo pienso —dijo Miranda en voz baja—. Pero sabemos que este mundo nunca la hubiera dejado en paz. El abuelo nunca la quiso al lado de papá.
Marianela asintió. Su madre había sido una mujer fuerte, pero no lo suficiente para sobrevivir en el mundo de Milo Genovese. Había muerto demasiado joven, demasiado pronto.
Para disipar el aire melancólico, Miranda tomó el control remoto y subió el volumen de la película.
—Vamos, olvídate de todo por un rato. Hoy no vamos a pensar en papá ni en sus negocios. Solo vamos a ver la película como cuando éramos niñas.
Marianela sonrió y se acomodó mejor en el sofá. Por unas horas, se permitió olvidar quién era y en qué estaba metida. Se permitió reír, comer sin preocupaciones y recordar a su madre con amor en lugar de dolor.
Pero en el fondo de su mente, sabía que al día siguiente volvería a sumergirse en la oscuridad. Sabía que la misión que su padre le había encomendado apenas estaba comenzando.
Y que, tarde o temprano, Miranda descubriría la verdad si no tomaba más precauciones.
Marianela observó a su hermana gemela mientras ambas compartían la última cena antes de su partida a Las Vegas. El departamento estaba a oscuras, iluminado únicamente por la luz cálida de la lámpara sobre la mesa. Miranda sirvió dos copas de vino y levantó su copa con una sonrisa tenue.
—No sé por qué siento que esto es un nuevo comienzo de demostrar lo que valemos y ocupemos el lugar que nos corresponde—murmura Miranda con cierta nostalgia.
Marianela sonrie con confianza y toma su copa.
—Tienes razón, por cierto papá me pidió que atienda algo en la parte oeste, me tomara unas semanas.
—¿Enserio?
—Solo será unas semanas. Es un trabajo, como cualquier otro. Pero son varios así que me tomará más tiempo.
Miranda la mira con incredulidad.
—Desde que papá te asignó esto y aquello, apenas te veo. Antes hacíamos todo juntas y ahora...
Marianela extendió la mano y apretó la de su hermana.
—Siempre estaremos juntas. Solo tenemos que jugar nuestras cartas correctamente. Confía en mí.
Miranda suspira, saca una pequeña caja de terciopelo n***o de la gaveta de una cómoda en la sala y se la tiende. Marianela la abre y encuentra una pulsera de plata con un dije de una gárgola.
—Es hermosa.
—Tengo una igual, pero con una golondrina. Para que siempre recordemos quiénes somos, sin importar dónde estemos.
Marianela se la puso en la muñeca y abrazó a su hermana con fuerza. Era la última vez que se verían en semanas, pero ninguna de las dos imaginaba lo que el destino les tenía preparado.
Dos días después, Marianela se encontraba en el aeropuerto de Chicago. Su atuendo era impecable: un vestido ceñido en tonos oscuros, tacones altos y un abrigo elegante que la hacía ver como una mujer de negocios, no como una infiltrada en una misión peligrosa.
Caminó con seguridad hasta la zona VIP, donde Ulises Cisneros la esperaba con una sonrisa encantadora. Su postura relajada, el traje a medida y su aire de confianza lo hacían ver como el hombre perfecto para su plan. Sin embargo, a su lado estaba Regina Cisneros, su hermana menor, quien la escaneó de pies a cabeza con una expresión neutra.
—Marianela —dijo Ulises con entusiasmo—, mi madre insistió en que mi hermana nos acompañara a última hora y ella feliz de venir. Además de dos seguridad privada. Espero que no te moleste.
Marianela le ofreció su mejor sonrisa.
—Por supuesto, comprendo perfectamente. Mejor todavía, eso significa más diversión. Yo te iba a preguntar si ella quería venir, pero con tantas cosas se me pasó.
Regina arquea una ceja, no del todo convencida.
—Tú viajas con seguridad personal, ¿no? —pregunta con un tono que no permitía evasivas.
Marianela sonrie con falsa dulzura.
—Siempre. Pero ahora estoy de mi cuenta. Papá quería mandarme con dos pero le dije que ya Ulises traía los suyos. No podemos ser pocos precavidos en estos tiempos.
Regina no dijo más, pero la desconfianza en sus ojos era evidente. Marianela supo que esa mujer sería un problema para acercarse a Ulises, así que debe planear cómo deshacerse de ella.
El vuelo a Las Vegas transcurrió sin inconvenientes. Se tomaron como diez champañas. Marianela mantuvo la conversación ligera con Ulises, reforzando la ilusión de una joven encantada con su nueva amistad. Regina, en cambio, no participó demasiado, limitándose a jugar con su teléfono Fornite.
Al aterrizar, un vehículo de lujo los llevó directamente a un hotel exclusivo. Ulises tomó su mano con delicadeza cuando bajaron del auto.
—Esta será una de las mejores noches de nuestras vidas, te lo prometo.
Marianela sonrie y se deja guiar.
No tenía idea de que esta noche marcaría el inicio de su propia tragedia.
Entran al hotel y se registran, Ulises le dice a Marianela que la ayudará con su equipaje hasta su habitación ya que el hotel estaba tan abarrotado que no habían botones disponibles en ese momento y envío a sus gualda espaldas a ayudar a su hermana.
—Me encanta el hotel—le dice haciendo creer que estaba afectada por los tragos.
—Me alegra que te guste —responde Ulises visiblemente más contento de la cuenta.
Apenas cruzaron la puerta de la habitación, Ulises la acorraló contra la pared, besándola con urgencia.
Marianela respondió con la misma intensidad, aferrándose a su camisa y desabrochándola con dedos expertos.
—Mierda...no sabes cómo deseaba estar a solas contigo, no lo soporto, solo tener conversaciones por teléfono, y esa foto desnuda que me enviaste, maldita sea, me masturbé con ella varias veces —murmura él, deslizando las manos por sus caderas.
Marianela sonríe, con su mente fría calculando cada movimiento.
Él le desliza el vestido por sus hombros hasta dejarlo caer al suelo, quedando ante él con su lencería negra de encaje.
—Ulises...yo...te deseo —susurra, mientras sus ojos reflejaban inocencia y deseo a la vez.
Él no dudó. La levantó en brazos y la llevó hasta la cama, donde la depositó con cuidado antes de cubrir su cuerpo con el suyo.