Él abuelo Victorino y su plan.

1617 Words
Tres años pasaron rápidamente. Marianela y Miranda ahora tenían dieciocho años, y aunque su vida seguía siendo un juego de naipes, ellas lo habían aceptado como su destino. Como símbolo de su mayoría de edad y de su lealtad inquebrantable, ambas decidieron tatuarse una cobra en la espalda baja, un recordatorio de la astucia y letalidad que las definía. Habían aprendido el negocio familiar y todos estaban contentos por su integración. Aunque solo un grupo de confianza muy reducido sabe que son dos gemelas idénticas. No sólo una. Su cumpleaños lo celebraron a puertas cerradas. Cinco personas estaban en la sala privada de la mansión de Milo Genovese, entre ellos su padre y su mano derecha, Rocco. Nadie más debía saber de su existencia como gemelas. Para el mundo exterior, solo existía Marianela Palacios, la hija única de un hombre de una firma de abogados. La noche transcurrió entre risas contenidas y tragos de licor caro, pero la calma no duró mucho. A la mañana siguiente, Milo recibió una cita urgente con su padre y jefe de la mafia, el mismo que no permitió que su hijo se dejara llevar por los sentimientos y no regresara a México a encontrarse con su amante, su padre, el imponente señor Victorino Genovese, uno de los hombres más poderosos del crimen organizado. —Milo, tenemos un problema. —Victorino encendió un puro y exhaló el humo lentamente—. Un m*****o de la mafia Cisneros nos robó millones en uno de nuestros negocios. Debemos tomar represalias. La viuda de Cisneros, Jilian, sigue moviendo los hilos de su familia, y queremos que caiga. Milo asintió. Conocía a los Cisneros desde hacía años. Eran una familia poderosa, con influencia en varios sectores, y no sería fácil derribarlos sin una estrategia. —Quiero que uses a una de tus hijas para esto. —La voz de Victorino fue firme, sin margen para la negociación—. Pero en secreto. Que la otra no sepa nada. Si una falla, al menos la otra no caerá con ella. Quiero que recuperes el dinero, elimines las cabezas que estuvieron detrás incluida la de esa zorra maldita. Necesito eliminar esa familia, si no tienes exito significa que no tienes los huevos para cosas más grandes. Convence a una de las gemelas, no estarán en peligro, será fácil, entra, nos informa y averigua las debilidades, nosotros hacemos el resto. Tenemos menos de cinco meses para encontrar el dinero antes de que lo muevan a otro lado sin ser notados o dejar rastro. Milo no tuvo que pensarlo demasiado. Marianela era la opción perfecta. Con su carácter fuerte y su capacidad para manipular a los demás, ella podía infiltrarse en la familia Cisneros sin levantar sospechas. Esa noche, llamó a Marianela a su despacho. —Voy a necesitar tu ayuda. —Milo la miró fijamente, con su copa de whisky en la mano—. Pero tu hermana no puede saber nada de esto. Si lo haces, la pondrás en peligro si tú caes. Marianela lo observa sin pestañear. Sabía que su padre no haría una petición así a menos que fuera algo realmente serio. —Lo haré. ¿Qué tengo que hacer? —pregunta con calma. Milo sonrió con orgullo. Su hija era una verdadera Genovese-Palacios. —Te infiltrarás en la familia Cisneros. Debes acercarte a uno de los hijos de la viuda Jilian, el que más te convenga...y asegurarte de que confíen en ti. Marianela asintió. Sabía lo que implicaba. Seducir, manipular, jugar el juego. El primer paso en su plan fue infiltrarse en los círculos sociales de los Cisneros. Se presentó en uno de los clubes de golf más exclusivos de la ciudad, donde la familia solía reunirse. Vestida con un conjunto elegante pero discreto, Marianela caminó con la seguridad de alguien que pertenecía allí. No tardó en encontrar a su objetivo. Dante Cisneros, el mayor de los hermanos con 35 años, estaba en medio de una partida con sus hermanos Ulises, de 24 años, y Regina, de 20. Los tres compartían los mismos ojos azules fríos como el hielo, un rasgo distintivo de la familia. Cuando Marianela pasó junto a ellos, fingió un pequeño tropiezo con el carrito de golf. Dante, siempre un caballero, fue el primero en reaccionar. —¿Estás bien, señorita? —pregunta Dante con una sonrisa encantadora. Marianela lo mira con dulzura y asiente. Él tipo estaba de bueno como para chuparse los dedos, pero no puede dejarse llevar por su belleza. —Sí, qué torpeza la mía. Primera vez que vengo a este club, supongo que aún no me acostumbro. Dante quedó cautivado de inmediato. Pero Marianela perdió el interes en él. No podía casarse con el hermano más inteligente, casanova y poderoso. Su objetivo pasa a Ulises, el segundo hijo, quien parecía menos calculador y más fácil de manipular. Se la pasó al principio bromeando con su hermana. Y esta la invitó a que jugaran juntos. Ella dijo que apenas estaba aprendiendo y no sabía muy bien las reglas. Así que, cuando Ulises se ofreció a enseñarle a jugar, ella aceptó sin dudarlo. Pasaron la tarde juntos entre risas y miradas coquetas. Al final del día, intercambiaron números. —Llámame cuando quieras salir a cenar. —dijo Ulises con una sonrisa confiada. Marianela fingió dudar un segundo antes de asentir con una sonrisa tímida. —Me encantaría. Al final del día, Marianela cerró la puerta del apartamento y dejó caer su bolso sobre el sofá con un suspiro. Había sido un día productivo, con cada pieza del plan encajando perfectamente en su lugar. Ulises había caído en su juego, fascinado por su encanto y aparente inocencia. Aunque le costó concentrarse con su hermano mayor a su lado casi todo el tiempo. Ahora, solo necesitaba asegurarse de que ese lazo no se rompiera. En la cocina, Miranda organizaba cuidadosamente varias bolsas con ropa y alimentos. La fachada de su organización benéfica para huérfanos no solo le permitía moverse sin sospechas, sino que también ayudaba a blanquear dinero y mantener a la policía lejos de su rastro. Marianela se apoyó en el marco de la puerta, observando a su hermana mientras doblaba unas camisetas pequeñas con una precisión meticulosa. —¿Cómo te fue? —pregunta Miranda sin levantar la vista. —Todo bien...un poco aburrido. Rocco es confiado y… bastante mandón —responde Marianela con una sonrisa de satisfacción. Por nada del mundo puede decirle la verdad. Miranda soltó una pequeña risa y dejó la prenda que tenía en las manos sobre la mesa. —No subestimes a ningún trabajador de papá, hermana. Recuerda que debemos superar cada obstáculo, espero que un día tengamos lo que merecemos o podamos irnos lejos si las cosas se complican. El abuelo Victorino no confía en nadie, mucho menos en dos desconocidas como nosotras. —Lo sé. Pero de momento, nuestro padre está demasiado ocupado complaciendolo e intercediendo por nosotras. El abuelo es un caso perdido —dijo Marianela, sacando su teléfono del bolso. —Bueno te dejo, voy a terminar con esto—Miranda arquea una ceja. —Bien. "Bien...a trabajar, tengo que mantener el interés de Ulises. No quiero que piense que estoy desesperada, pero tampoco quiero que se enfríe lo que sembré hoy"— piensa Marianela mientras tecleaba un mensaje con precisión calculada. «Hoy la pasé increíble. No sabía que el golf podía ser tan divertido... Tal vez podríamos repetirlo algún día». Miranda la observó unos segundos y luego volvió a su tarea. Marianela dejó el teléfono sobre la mesa y comenzó a ayudar a su hermana con las bolsas. Mientras doblaba una chaqueta pequeña, su mente trabajaba en posibles escenarios, en cómo hacer que Ulises se obsesionara con ella. Minutos después, su teléfono vibró con la respuesta. «Cuando quieras. Aunque la próxima vez podemos hacer algo más emocionante. ¿Te gusta la velocidad?» Marianela sonrió. Sabía exactamente qué responder para mantenerlo interesado. «Me encanta. Y los caballos ¿Tienes algo en mente?» La respuesta llegó casi de inmediato. «Mi familia tiene una pista privada de carreras. Podría llevarte a dar una vuelta y mostrarte lo que es la verdadera adrenalina.» Miranda, que observaba la expresión de su hermana, sonrió con diversión aunque no sabe de qué ríe. —Parece que algo te hace reir. —Sí. Papá me dio una encomienda facil. Me ausentaré el fin de semana, estarás libre de moverte como Marianela. —responde Marianela, sin perder la concentración en su teléfono. Miranda asintió y continuó organizando la donación. Sabía que su hermana tenía talento para todo tipo de trabajos , pero también sabía que en el mundo de los Palacios, un solo error podía costarles la vida. —Solo ten cuidado. Recuerda que debes mantenerte a salvo, no confíes tu vida a Rocco. Si algún cobro de deuda se hace difícil solo déjalo. Marianela la mira con una sonrisa confiada, sabiendo que no sospecha nada. —No te preocupes, hermana. Sé exactamente lo que estoy haciendo. La noche avanzó y las gemelas continuaron con su rutina. Pero mientras Miranda cerraba las bolsas con donaciones, Marianela seguía en su juego de seducción con Ulises, asegurándose de que cada palabra, cada mensaje y cada gesto lo acercara más a su trampa. El reloj marcó la medianoche cuando Marianela recibió la confirmación definitiva: Ulises le enviaba la dirección de la pista de carreras y le pedía que estuviera lista para el día siguiente. —Mañana comienza la verdadera diversión —susurra para sí misma, con una chispa de emoción en los ojos. Miranda la observa en silencio, preguntándose si su hermana realmente se mantendría a salvo. Solo espera que no se meta en problemas de los que no pueda salir.
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