C5

3324 Words
La cabeza de Margo descansaba sobre mi falda y yo acariciaba su cabello sin cesar. Sus ojos cerrados me brindaban algo de tranquilidad y aún me costaba creer que fuera verdad, que ellos verdaderamente estuvieran aquí. En cuanto ella me rodeó con sus brazos, Cailan y Gus también se acercaron e intentaron hablar con sus padres, pero fue en vano. Me preguntaba quién demonios los había enviado a la cafetería sin ningún tipo de supervisión; claro estaba que no se encontraban en condiciones como para andar solos por la central. La menor de los Rowell no se quería apartar de mí, por lo que creí que lo más conveniente sería traerla a mi habitación sin hacerle ningún tipo de pregunta hasta comprender mejor la situación. En el transcurso de la espera, ella se durmió sobre mis piernas. ¿Acaso todos los que nos escapábamos de cierta forma de KEK teníamos marcado en nuestro destino sufrir? ¿Por qué demonios Gwendolyn no les había permitido ducharse y dormir antes de enviarlos a la cafetería? Con la noticia que les había dado, de seguro no tenían ni apetito. La puerta de mi habitación sonó y vi a Cailan adentrarse. —¿Cómo se encuentran Jules y Donovan? —pregunté en un leve susurro para no despertar a Margo. Él se frotó la nuca algo nervioso y suspiró. —En estado de shock. —¿Cómo demonios Gwendolyn les permitió ir a la cafetería? Hubiese deseado que hubiese sonado más como una pregunta llena de furia, pero no fue así ya que debía mantenerme en silencio. —Ella no los envió a la cafetería, sino que a su nueva habitación e iban acompañados de una persona de seguridad —comenzó a explicar y se acercó más a mí —. Gwendolyn les dio la noticia sobre Broc y todos quedaron conmocionados. No supuso que serían un peligro para nadie, hasta que de camino hacia sus habitaciones Donovan golpeó al de seguridad y siguieron su paso hasta llegar a la cafetería. No me alegraba que Donovan hubiese golpeado a alguien, pero sí que hubiese salido de aquel estado, aunque sea por unos segundos. —¿Cómo llegaron aquí? —lo interrogué. —Broc les ordenó que se resguardaran por algún tiempo hasta buscar protección aquí —respondió —. Si me preguntas, creo que es un milagro que hayan llegado aquí en el estado en el que se encuentran. Ni siquiera quería imaginar lo que debían de haber sido estar abandonados por casi dos meses. En primer lugar, habían estado completamente desamparados dado su estado y, en segundo lugar, el objetivo había sido que no llamaran la atención de KEK para que tampoco los torturaran a ellos. Todo esto estaba demasiado jodido. —¿Puedo hablar con ellos? —Su mirada se suavizó un poco y negó. —Es mejor que les demos algo de tiempo para que asimilen la noticia y todo lo que conlleva. Asentí. A mí me había tomado cuatro días encerrada en mi habitación y ni aún así lo superaba. —Mi madre ya se ha hecho cargo de ellos y tienen más seguridad en su habitación día y noche —me informó y esbozó una dulce sonrisa al ver a Margo dormida sobre mi falda —. ¿Has podido hablar con ella? Bajé mi mirada y acaricié su mejilla. Se veía tan frágil... —No lo he intentado. No la obligaría a que me contara nada. Esperaría a que estuviera preparada y que acudiera a mí como en los viejos tiempos. —¿Se conocen? —pregunté y se acercó a ella. Parecía una pregunta estúpida, pero aún había mucho que no sabía. Él removió el cabello que caía sobre su rostro y la observó como si fuera una muñeca de cristal. —Sí. Sus perlas hicieron contacto con mis ojos y se me erizó la piel. No podía creer que Cailan fuera humano... Me robaba hasta el aliento cuando yo ni siquiera estaba respirando y él sin siquiera intentarlo. Su cabello algo desarreglado, su mayor atractivo que me hacía estremecerme o brindarme protección, su nariz recta, su mandíbula perfectamente perfilada y sus labios... Mi gran perdición. Cailan Vaughan había sido esculpido por las mejores manos y nadie podría contradecirlo. —Dice odiarme, pero sé que en el fondo me quiere —habló y reí. —Sabes que la gente realmente puede odiarte, ¿verdad? —le pregunté y la cogió entre sus brazos. La cabeza de Margo reposaba en su pecho y sus piernas colgaban como dos hilos. —Por supuesto, pero a ella no le permito odiarme —expresó —. La familia de Broc también es la mía, y lo suyo es más como un odio hacia un hermano mayor. Aquellas palabras y la escena me ablandaban el corazón. Jamás lo había visto ser cuidadoso con una mujer y, aunque Margo fuera una adolescente, era la primera vez que lo veía en aquel papel. —Debo llevarla a su habitación para que duerma —me informó y se encaminó hacia la puerta. Me acerqué a él y lo ayudé a abrirla. —Te acompaño. —Me dio una sonrisa presuntuosa por encima del hombro y rodé los ojos —. No es porque quiera pasar más tiempo contigo, sino porque quiero saber dónde es su habitación en caso de alguna urgencia. —De ser así, puedo darte el número de su habitación y así te evitas pasar un momento de sufrimiento conmigo —bromeó. Me di media vuelta y me dirigí nuevamente hacia mi cama. Cailan soltó a reírse y contuve mi sonrisa. Si supiera que ya me había convencido... —Oh, vamos, sólo estaba jugando —manifestó y mostré la falsa seriedad en mi rostro e intento de orgullo. —Al parecer, te fascinan los juegos —espeté, simulando estar molesta. Oí un resoplido por su parte. —Val —ahora, habló con firmeza —, tengo a una adolescente de quince años en mis brazos y no soy tan resistente como crees. Lo era en la cama... Me volteé hacia él y tenía una mirada de súplica. De haber sido cruel, me hubiese echado a reír en su rostro por cómo lucía, pero no lo era. Me regresé a él y seguí su paso. —¿Cómo te encuentras? —indagó. Aquellas parecían ser las palabras favoritas de todo el mundo para demostrar que se preocupaban aunque sea un poco por ti. —¿Por cuál de todas las cosas preguntas? Aclaró su garganta. —Wolf. Debí verlo venir. Lo de ayer había sido extraño tanto con Branko, quien había planeado chantajearme con sexo, como con Cailan, que me había abrazado por primera vez y se había sentido extrañamente acogedor. —¿Gwendolyn no les ha contado nada? —Negó. —Ella no sabe nada. Según Mitch, Branko sólo les agradeció por su tiempo, se despidió y se marchó —explicó. Al menos, el muy cretino había tenido la decencia de ser educado. —Me propuso tener sexo con él y, a cambio, se aliaba con nosotros —revelé. Cailan frenó su paso y clavó su mirada rabiosa sobre mí. La furia le ardía en los ojos y sabía que no era conmigo con quien estaba enfadado. Asimismo, también sabía que no había mucho que pudiera hacer con la pequeña Rowell en brazos, por lo que no le di demasiada importancia. —Margo caerá al suelo si no nos apresuramos. —Que hijo de puta —gruñó por lo bajo mientras volvía a andar. Al llegar a su habitación, uno de los hombres de seguridad abrió la puerta y divisé a Jules y Donovan dormidos sobre sus camas. Estaba segura que habían tenido que suministrarles algún tipo de sedante o sería una locura cuando despertaran. Cailan posó a la pequeña cuidadosamente sobre su cama y me fue imposible no admirar aquella escena; cómo la trataba como si realmente fuera su hermana menor, cómo la miraba con dulzura y cómo se le partía el corazón a pedazos al verla así. De repente, una mano se posó sobre mi hombro y me sobresalté dando un pequeño brinco en mi lugar. Florence había sido la culpable de aquel susto que por poco me mataba y me dio una sonrisa de consuelo. —Yo los estaré cuidando —me informó ella y asentí. El rubio se apareció y dirigió la mirada hacia su madre. Su parecido era deslumbrante, pero lástima que sólo compartieran la apariencia. Un Cailan más agradable lo haría más atractivo aunque, últimamente, había estado comportándose mejor conmigo. —Hazme saber si sucede algo —le pidió él y ella acarició su mejilla. Cuánto extrañaba a mi madre... Sus suaves caricias, su dulce voz y su imagen que a veces parecía querer borrarse de mis recuerdos. Esperaba que no sucediera lo mismo con mi padre. Su perfume aún seguía impregnado en mis fosas nasales de aquella vez que me había embriagado de él porque creí que me enviarían a aquella falsa misión. —Sí, cariño —se adentró a la habitación y cerró la puerta tras ella. El silencio entre nosotros era algo incómodo y yo sólo miraba mis pies moverse uno delante del otro mientras caminaba para evitar emitir palabra alguna. —No me fío de él —habló. Tampoco yo lo hacía —. Alguien que sólo busca sexo no es confiable. Largué una carcajada y me volteé a verlo. Él era el menos indicado para decirlo. El sexo era la fuente culpable de su socialización. Él torció sus ojos y podía percibir su débil argumento. —Lo mío es distinto —respondió con rapidez —. En primer lugar, yo no debo persuadir a nadie para que se acueste conmigo y, en segundo lugar, el sexo me busca a mí. No pude evitar romper a reír y las mejillas comenzaron a dolerme a causa de ello. —Eres un descarado, Vaughan —manifesté entre risas, y él sonrió. —Soy el descarado con quien te encuentras jugando para ver quién folla con el otro primero. —Ahora me recompuse y posé mi mirada sobre él. Realmente era un descarado —. Debo admitir que no creí que resistirías tanto. Arqueé mi ceja. El problema lo tenía él, no yo. —¿Por qué lo dices? Si el que tiene adicción por el sexo eres tú. —Él rió por lo bajo. —¿Adicción? —preguntó y ahora sí volteó a verme —Si así fuera, no hubiese apartado a Gianna por sentir cosas por mí y, por cierto, no olvido que no respondiste a mi pregunta ayer. —Rodé mis ojos —. El satisfacer tu deseo o no está en tu poder, Jensen. Jugar aquel juego era peligroso, pero era él quien se quemaría las manos. —Estoy reconsiderando la propuesta de Branko —hablé. Al haber llegado a mi habitación, abrí la puerta de mi habitación y cogió mi brazo firmemente. Sonreí, satisfecha—, ¿Qué tienes para decir al respecto? —pregunté. Su mandíbula se tensó y sus ojos celestes se estaban apoderando de los míos, viajando de uno a otro como una pelota de ping-pong. —Que no lo hagas —espetó. —Esa fue mi decisión inicial, pero ¿has visto sus ojos? —suspiré como si me derritiera ante ellos de tan sólo imaginarlos —Son hipnóticos. Oh, y su cuerpo. Aún no he tenido la oportunidad de verlo desnudo, pero... —¿Aún? —bramó. Podía notar cómo el disgusto y enojo se iban apoderando de él, y sólo me faltaba decir la palabra mágica para proclamarme ganadora de su juego. Di otro suspiro, esta vez más largo e intenso, ignorando su pregunta por completo. —j***r, no imagino cuán imponente debe ser lo que tiene entre sus pier... No me permitió acabar la oración que su boca capturó la mía con desesperación y me deleité con el sabor de sus labios. Aquellos eran mi adicción. Cada vez que los veía, me gritaban que me prendiera de ellos. Oí la puerta cerrarse de un golpe y su mano se deslizó por debajo de mi playera y acarició mi piel, provocando que la misma se erizara. Cogió uno de mis senos por encima del sujetador y me prendí más de sus labios. Por alguna razón, aquellos parecían resultar como si fueran algún tipo de sedante, aunque supongo que estar excitado siempre te hacía sentir de esa forma; por unos minutos, el mundo exterior y tus preocupaciones se desvanecían. Cailan alzó mi playera más y más hasta deshacerse de ella. Sus ojos conectaron con los míos y notaba lo deseosos que estaban por volver a sentirme. Removí también la suya, dejándome apreciar su atractivo torso desnudo y posó sus suaves labios sobre mi cuello. La saliva se convirtió en agua y tragué grueso. Su boca succionó suavemente mi piel y podía sentir cómo la sangre viajaba rápidamente por mis venas para acumularse en mi feminidad. Ni siquiera me importaba si me quedaba alguna marca, sólo estaba disfrutando del momento y de lo que sentía. Su boca volvió a apoderarse de mi cuello y no pude evitar largar un gemido, ante lo que él se apartó de mí y esbozó una sonrisa. Con impaciencia, comenzó a deslizar el pantalón por mis piernas mientras yo me deshacía de mi calzado. Él también hizo lo mismo y lo observé cubrir su m*****o con un condón. Demonios. Eso sí era impotente y majestuoso, y la idea de imaginarlo dentro de mí ya me tenía húmeda. Sus labios volvieron a entrar en contacto con mi piel y cerré mis ojos; primero en mi hombro, luego en mi estómago y en mi cadera. Cada lugar que recorría, cada beso en mi piel, lo sentía como un rastro de fuego ardiente. Cailan ya me había besado dos veces, por lo que eso para mí significaba que ya había perdido el juego. Sin embargo, no le daría motivo para que me lo negara y, siendo honesta, deseaba como nunca antes sentirlo dentro de mí. Humedecí mis labios mientras él se deshacía de mis bragas con delicadeza y mi pecho subía y bajaba debido a mi respiración acelerada. Sus dedos acariciaron mi mejilla suavemente y clavé mi mirada sobre él. Llevó su mano a mi espalda y me acercó a él, sin romper nuestra conexión. Desabrochó mi sujetador y lo arrojó al suelo al quitármelo, dejándome completamente desnuda. Acercó su rostro al mío y clavó su mirada en mi boca. Posé mis manos en su nuca y me acerqué a su oreja. —¿Qué esperas, Vaughan? —susurré — ¿Buscas revancha por la última vez? Sin responder y con determinación, cogió mi trasero desnudo entre sus manos, despegándome del suelo, y enrosqué mis piernas en sus caderas. Al comenzar a caminar, mi espalda impactó contra la puerta de la habitación y lo observé algo alarmada. —Si no quieres que alguien se entere, esta es la peor idea que puedes tener —le informé y esbozó una descarada sonrisa. ¿Qué demonios le sucedía? —Presiento que te preocupa más a ti que a mí —supuso. Bueno... Si alguien caminaba por los pasillos, no creerían que los golpes en la puerta serían causados por el viento que entraba por mi diminuta ventana. Se acercó a mi boca con sigilo y plantó un corto beso sobre mis labios. Una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal y mordí mi labio inferior. Si no estaba hiriendo a nadie, ¿qué era lo que temía? Tener sexo con alguien no estaba considerado como delito y, si lo estuviera, era porque jamás habían tenido a un Cailan desnudo frente a ellos. —Puedo detenerme ahora mismo, si quieres... —susurró sobre mis labios. Demonios. Es que si le decía que 'no', luciría como que estaba deseando tenerlo dentro de mí aunque así lo fuera, pero ya no sé si eso me convertiría en la ganadora del juego. En cambio, si le decía que 'sí'... No lo haría. No podía negarme a sentirlo moverse entre mis paredes. —¿Aún así seguirías siendo considerado el perdedor del juego? —pregunté. Él rió por lo bajo, llegando su voz rasposa a mis oídos y así provocando que mi piel se erizara, y sus perlas me observaron. —Eres la ganadora, Jensen —anunció y, con una sonrisa en mi rostro, me apoderé de su boca. El beso se intensificó de un instante al otro y me embistió. Sentía como si mi corazón estuviera a punto de salir de mi pecho y mis mejillas comenzaban a coger temperatura. Mi entrada lo recibió gustosa y húmeda, y su lengua comenzó a buscar la mía con extrema necesidad, como si fuera lo único que aún lo mantenía cuerdo. Su m*****o volvía a penetrarme, esta vez con más firmeza, y su boca no se despegaba de la mía. Ante el placer que me invadía en todo el cuerpo, mis piernas comenzaban a temblar y la sensación de fuego en mi entrepierna crecía en mí. Me aparté de su boca y me aferré a su cuerpo, rodeando sus hombros con mis brazos como si al hacerlo me sintiera acogida. Él me presionó más contra la puerta y comenzó a moverse con más rapidez dentro de mí. Debía admitir que el juego lo había vuelto todo más excitante, pero desearía poder sentirlo cuando me diera la gana. Cailan despegó un poco la parte baja de mi espalda y rodeó mi cintura con su brazo. Sus polla comenzó a adentrarse en mí repetidas veces y a gran velocidad, y el disfrute me hacía arquear la espalda, haciéndome sentir próxima al orgasmo. —Cailan... —jadeé, ahora en su cuello. Al mismo tiempo que su m*****o se adentraba en mí a la velocidad de la luz, una sensación de vacío y angustia se instalaba en mi pecho. —Vente... Quiero sentirlo —su voz sonó más a una súplica que a un simple pedido. Regresé a su boca para deleitarme de sus labios pero aún con mis manos aferradas a su espalda. Sus besos bajaron hacia mi cuello y sonreí. Me conocía tan bien... —Ya... no puedo, ¡j***r! —gemí sin temor alguno a que alguien pudiera oírme. De repente, la vista se me tornó borrosa y el placer contenido en mi entrepierna explotó de una vez. Sentí su cuerpo temblar al mismo tiempo que llegué al orgasmo con el armonioso sonido de sus jadeos, y ahora tanto toda mi espalda como la palma de su mano descansaron en la puerta. Él se salió de mí y su rostro estaba oculto en mi cuello. Su respiración se mantenía agitada y cerré los ojos hasta normalizar la mía. Tener sexo con él era como hacer explotar fuegos artificiales pero sin sonido, por supuesto. Me estremecía la forma en la que ya conocía mi cuerpo a la perfección; dónde y cómo tocarme, dónde besar y, en definitiva, cómo follar. La mano que llevaba en mi cintura ahora me cogió con más fuerza y me posó sobre el suelo. Ni siquiera tenía fuerzas para estar de pie y me sentía exhausta. Su frente se posó sobre la mía y suspiró. —Eso ha sido... —su voz se oyó más ronca y grave de lo usual, y aclaró su garganta —. Estoy atónito. El silencio nos invadió por algunos minutos pero, por primera vez, no era ni incómodo o tenso, sólo... ameno. Aquel vacío y angustia que había sentido hace un momento aún se mantenían presentes en mi pecho y sólo quería enterrar mi mano dentro y removerlos. No comprendía bien por qué lo sentía o a qué se debía, pero no me agradaba ni un poco. De repente, alguien golpeó la puerta de la habitación y salí disparada de ella, impactando contra el cuerpo desnudo de Cailan. Mierda
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