—Mi hermana me obligó, ya sabes como es, y lo peor no es eso —me reà de mis desgracias—. Estoy en un grupo de apoyo, casi me toca con un lunático.
—Oà eso. —notifica Nick.
—Esa era la idea, lunático.
Adoro mi sinceridad y desvergüenza. ¿Qué no adoro? Como la cara de Nick pasa a mejor estado a cada insulto mÃo. Me cabrea que no se indigne.
—¿Es sexy?
Analizo bien al lunático.
Cabello n***o y largo. Cuerpo robusto. Tiene buen gusto, esa chaqueta de cuero, blusa y pantalla negros encajaban bien con esas zapatillas blancas, casi de en sueño el tipejo, lástima que esa chaqueta tuviera tantas tachuelas. Nick posee buen porte, todo lo que usa le va a su estilo, impone su toque y tiene éxito si se propone ser sexy, para otras chicas, claro, no para mà ni para mi mundo.
Pero... la perforación en sus labios es más llamativa cuando lo muerde, un dato patético, dato que me hace aceptar esa pequeña casi diminuta posibilidad de que sà sea un poco sexy.
—No, no es un Golden Boy. —finjo decepción.
Amo el dolor en la patética mirada de Nick.
Justo en el ego.
—Eso dolió.
—¿Adivina? También era la idea. —para ponerle mi toque a la frase le hablo como niño pequeño.
Y… se rÃe, sÃ, se rÃe luego de haberle aplastado el ego. ¿Y si en verdad es un lunático?
—Le gustas.
—No empieces a practicar tus estupideces desde temprano. Sabes quién si es un Golden Boy.
—¿Quién?
—Mi cliente de la mañana —me muerdo el labio recordándolo—. Ese chico era ardiente, tenÃa tatuajes, su vibra magnética, era atrayente, muy atrayente. Era muy sexy.
Kenia suspira imaginándolo.
—Dime que lo sedaste y lo encerraste en el almacén.
Carcajeo, porque es lo que ella sin descaro harÃa. Asà de grande era su necesidad.
—No —ahora la del suspiro soy yo—, no pude, todo pasó muy rápido, ni siquiera me miró.
Me entristece que no me viera, ni cuando hablaba conmigo.
—¿Qué? ¿No hubo contacto visual?
—No, y a pesar de eso me puso muy nerviosa… ojalá regrese por el disco.
SÃ, yo deseaba volverlo a ver. No sé que tenÃa ese chico, pero era especial. Era para mÃ. Lo sentÃ.
—Voy camino a la tienda, si se aparece no te preocupes —podÃa garantizar que su cara era la más perversa—, yo lo atenderé muy, pero muy bien.
Dios, no permitas tal salvajada.
—Ok —dudo de que no esté tan loca como para encerrar a ese chico en el almacén—, te veo allá.
Cuelgo la llamada y no me es indiferente una mirada cubierta de diversión que me acecha desde un rincón del elevador.
—Sà que te impresionó ese chico.
¿Oà bien?
—Aparte de lunático —niego indignada— chismoso. Bárbaro.
El elevador me libera y tomo mi escape, sigo mis planes.
Hacer un escandalo a mi hermana y hacer que se arrepienta de lo que hizo. Porque la que necesita ayuda es ella, no yo.
—Ariana.
Colmó mi paciencia, sobrepasó mis lÃmites, fui gentil, incluso amable. Pero ya, alto, fue bastante, no voy a seguir.
Me vuelvo a Nick, quien me llamó. Mi cara no debe de ser la bonita que escaneada dentro del elevador.
—¿Qué? —tal vez le grité, puede que ahora le sea una lunática.
—¿Te puedes calmar? Tu hermana actuó de buena fe.
—Tú ni siquiera la conoces —retomo el camino—. No nos conoces.
Siento sus zapatos tocar la suela de los mÃos.
I.N.S.O.P.O.R.T.A.B.L.E.
—¡Deja de seguirme! —vociferé, harta.
—Deja de gritar. —me susurra.
Estábamos por atravesar la entrada de la sala de emergencia, aprovechando que estaba mi amigo Derilf, el vigilante de esa zona, le apunté a Nick con la cabeza. Entendió el mensaje, apenas él intentó entrar Derilf le frenó, le dijo que estaba prohibido el paso y le hice una mueca triste… tristemente falsa.
Como dije antes, no me cae mal, no es un mal tipo, pero prefiero mi soledad, mi espacio. Además, me desharÃa de él igual hubiese entrado, el tema de la pelea iba en plan privado con Ariadna.
Ahà vas, traidora, pero me vas a oÃr.
—Ariadna —la nombré muy alto, tanto como para que todos otearan mi cara de amargura extrema, incluyéndola a la traidora, le sonrÃo sangrón—, tenemos que hablar, cariño.
Oh, ella sabe que mis “apodos cariñosos" solo los empleo cuando la ira se apodera de mi lenguaje.
Cuchichea con su compañera, la cual le asiente, ya mas segura se dirige a mÃ.
—SÃgueme. —me suelta pasando por mi lado, la sigo de mala gana.
¿Cerré la boca? Negativo.
—Tus ideas deben de ser la fuente de mis desgracias, no sé te lo has pensado pero cada vez que dices ayudarme termino peor que cuando te pido ayuda, sin mencionar que me han agrupado con un loco, un lunático que dice ser espÃa de Abraham Lincoln, está mal el hombre. No fÃsicamente, claro.
—Ariana. —empieza.
—Nada —la callo—, ¿Qué pensabas? Oh, saben qué, a Ari le está yendo muy bien ¿Porqué no mandarla a un grupo de apoyo? —el sarcasmo es poder, y yo soy poderosa—. No necesito un psicólogo, y si crees que me van a lavar el cerebro para volver a casa, te equivocas.
—Ariana, vas a necesitar ese grupo.
—¿Qué? —cruzo brazos, me impacienta— ¿Quién lo dice?
—Tienes que recapacitar.
Yo rÃo secamente.
Ellos mismos me echaron. No pensaron en que difÃcil serÃa para mà ser rechazada por ellos, me rechazaron, me cerraron las puertas de mi casa y la única condición que me impusieron para estar ahà es muy difÃcil de cumplir. Yo ya me destruÃ, no me quedaré a ver como ellos también lo hacen. No podrÃa.
No creen en mà y en lo que puedo hacer. Ellos no me necesitan, mi hermana necesita una persona que cuide a papá mientras está ebrio. Les juro que lo pensé muchas, demasiadas veces, pero duele, duele ver que tu familia se desmorona y te piden que colabores en eso. No podrÃa.
Ariadna no es mi madre, pero intenta serlo, quiere ayudar, su trabajo nos mantenÃa a flote, ahora se ve tan agotada que me preocupa que esté bien. De seguro ha estado cuidando a papá fuera de sus horas de trabajo. Cosa que hacÃa para no sentirme tan inútil. Pero hace dos meses las cosas cambiaron y no para bien, la pequeña bola de nieve se volvió tan grande que nos aplastó y problemas que no pudimos resolver dado a que los considerábamos insignificantes ahora son los mismos que nos persiguen y hunden en la realidad rota, realidad que me llevó a tomar la maleta e irme.
Soporté lo suficiente, tuve mi buena rasión de sus malos tratos. No hablo de valoración ni de cariño, hablo de que todos tenemos un nivel de tenacidad que si lo exceden… te marchas. Te vas porque es lo mejor, lo mejor para ti.
—No volveré a casa. Ustedes me echaron, pero no volver es mi decisión.
Es mi dictamen final, quiero irme, pero sé que no ha sido todo. Espero a que lo diga.
—Papá está mal.