Cinco hombres con uniformes de policía habían llegado armados, y le disparé a uno en el cráneo con mi pistola antes de que otro tomara a Ivana como rehén. Sabía que era mejor no seguir disparando, porque podían haber rociado el apartamento con balas y habría terminado con dos amigas muertas. Aun así, en el momento en que tres de ellos me sacaron, me abalancé sobre ellos, logrando apuñalar a uno y disparar a los otros dos antes de que más hombres, sin uniforme, salieran de una esquina contra mí. Los cuerpos de los hombres que había llevado conmigo yacían desplomados en el suelo, con sangre saliendo de sus cabezas y empapando la alfombra del pasillo. Malditos cobardes. Vinieron en oleadas, y yo les disparé. Diez muertos, pero no se detenían. ¿Cuántos habían venido a capturar a una

