MAGBETH.
Magbeth acomodó la capucha de su capa negra y se incorporó sobre la silla del caballo blanco. Sujetó las riendas y espoleando a la bestia este de inmediato golpeó lejos de la casa de sus padres. Sus piernas apretando con fuerza y sus manos sobre las riendas sostenían con fuerza para no caerse.
Magbeth se dijo que luego de ese incidente no iba volver a ir de la ciudad a su casa caminando. Aún se sentía temerosa por que la estuviesen vigilando entre los arbustos y desde las copas de los árboles frondosos que le da oscuridad al bosque. Ella podía sentir el viento pegar de su rostros y el caballo corría con fuerza entre el camino del bosque, sus patas dejaba atrás una inmensa nube de polvo.
Después de un largo recorrido logro llegar a la ciudad de Kenisthon.
—Hooh, —dijo con suavidad halando poco a poco las riendas del caballo frenándolo con suavidad.
A su alrededor se pueden ver los vendedores como todos los días, con sus mercancías y el bullicio del gentío caminar y comprar todo tipo de cosas. Bajo la capucha de sus capa dejando ver su largo y dorado cabello, que con el Sol sus mechones se ven brillosos. Ella sobre su corcel que ahora se encontraba caminando, observa todo a su alrededor. Continuo su camino ya que se iba encontrar con su amiga Lisa.
Hoy era el día del nombre de su madre. Un día como hoy su abuela la trajo al mundo y Magbeth tenía pensado llevarle unas rosas. El problema era que no tenía ni un centavo y quería pedir prestado a su amiga. Su madre nunca había tenido un regalo como ese ya que es algo muy caro.
Kimston es el reino más conocidos por ser el más fértil de todo Northende. Sus tierras son la mejores para la siembra, sus aguas las más cristalinas, con minas llenas de oro, diamantes y otros distintos minerales. De todo Northende Kimston es la que ha estado de número uno entro todos los reinos que conforman el continente, como el más próspero. Muchos le dicen el reino prometido y vienen hasta acá para mejorar sus vidas.
En Kimston hay terrenos llenos de Rosales, pero todos le pertenecen a Rey de Kimston. Los únicos que tiene permiso de tocarlas y saber a cual destinos van, son los empleados del señor y dueño de todas esta tierras su majestad el Rey Devon Wencaster.
Las personas que pueden disfrutar de que las rosas adornen sus habitaciones, salas, cocinas. Son los nobles y solo los más allegados al Rey pueden disponer de un jardín en sus gigantesca casas con terrenos amplios. Pero jardines pequeños, porque los más grandes solo los puede tener la fortaleza dorada. Así le dicen todos ya que según personas que han entrado todo es de oro, platos y cucharas de oro. Le pregunté eso a mi abuela y me dijo que es mentira pero que si existía el águila gigante hecho de oro puro casi del tamaño del salón del trono y que era tan magnífica que parece que este alzando el vuelo y que cualquiera se preguntaría como algo tan pesados puede parecer que este volando mientras sostiene una espada sin ser sostenido por nada y que el artistas quiso guardar el secreto sobre que la sostiene. Toda persona que la veía se le perdía la vista mirando tal monumento tan perfectamente tallado y muy bien hecho.
Magbeth llegó justo a dónde le dijo Lisa que la esperara. Una hora después del almuerzo, así que se limitó a esperarla en dónde justamente se encuentra su señora madre vendiendo sus pescados frescos. Bajó del caballo y lo ato. Se quedó de pie mientras esperaba y le daba bayas al animal. Era algo que ella hace vez que monta a lomos de nube. Así lo quiso llamar su padre ya que es tan blanco como las nubes que se encuentran en el cielo blanco. Ella le daba como premio por transportarla, las veces que venía a Kimston en los inviernos cuando visitaba a sus padres y salía lo hacía, aún mantiene esa maña.
Mirando a varios lados mientras mastica una baya pudo ver unos guardias reales patrullando sobre sus caballos y sus armaduras mientras la capa negra por el movimiento del viento fuerte era ondulada. Magbeth cubrió su rostro con la capucha de su capa y se giró dándoles la espalda.
Pensaba que era muy joven aún para ir a algún calabozo por haber herido a un hombre importante porque en sus adentros ella creía eso. No le gustaba esa idea ¿Cómo iba hacer hora cuando le tocará venir con su padre a vender? De pronto pudo sentir que bajaron su capucha y de inmediato su corazón se aceleró.
—¿De quién te escondes? —al escuchar que es la voz de su amiga Lisa, Magbeth soltó un suspiro lleno de alivio.
Se dio la vuelta para mirarla. Puedo ver a su amiga pelinegro de ojos cafés y lindo rostro redondo que usa un vestido lindo de color morado y de seda, su cabello está atado con una trenza. Lisa es de su estatura, es una persona muy carismática y divertida. Una chica de gran corazón.
—Me asustaste, Lisa —Magbeth volvió a soltar un suspiro.
Lisa desde su lugar sonrió —Me alegra volver a ver a mi amiga —ella con pasos rápidos se acercó para rodearla con sus brazos.
Magbeth también con una sonrisa en sus labios la abrazo con fuerza —Me alegra volver a verte, Lisa.
—Dese hace dos inviernos no te veía, Mag —Lisa se alejó para mirar a su amiga —. Has cambiado demasiado.
Magbeth aún sonriendo la miró —Tú también estás hermosa, mira ese vestidos lindo ¿Se ve muy costoso? —hace una pausa —. ¿Te lo compraste con tú nuevo trabajo?
—No, me lo regaló la señora Isabela Walter, es con quién estoy trabajando. Soy su nueva dama de compañía y es muy buena persona.
—Me alegra mucho, Lisa —ella le sonrió con dulzura
—Estoy aquí ¿Para que me necesitas?
—Necesito que me prestes dinero, quiero comprar a mi madre unas rosas, es su cumpleaños y bueno me gustaría darle un obsequio, jamás ha tenido unas.
—¡Son muy caras! —suelta un suspiro triste —. En la casa donde trabajo hay por todas partes, en la cocina, las habitaciones…
—El dinero que hice con las ventas de mi padre solo alcanzó para la comida —Magbeth aún con rostro triste se encogió de hombros.
—Y yo no tengo, Mag —suelta Lisa con voz entristecida —. No me pagan hasta dentro de dos días.
—Entonces no podré comprar.
De pronto en el lugar las personas comenzaron hacer un alboroto mientras miraban en una dirección y se decían cosa entre las. Todos miran en ese lugar algo sorprendidos. Magbeth logro ver a los lejos alrededor de diez guardias a caballo que sostienen la bandera de Kimston, el águila dorada se puede ver en el aire sobre las banderas. Los guardias caminan tranquilamente. Detras de ellos vienen tres mujeres quienes vienen hablando con sonrisas en sus rostros. Las tres son cabellos n***o. Dos de ellas se ven más joven que la otra de vestido rojo. Visten trajes de seda con pedrerías que lo adornan y los hacen ver hermosamente únicos. Detrás de la mujeres vienen diez guardias más pero con al bandera roja y la estrella luna en medio. Los Grewcon, el reino al otro lado del mar.
—Es la princesa Alessa —le comenta Lisa a su lado mientras mira.
—¿Es la hija del Rey Alerik Grewcon? —le pregunta Magbeth mirando a la hermosa princesa de lindo rostro y una dulce sonrisa en sus labios mientras habla con la Reina Brissila Wencaster muy a gusto.
—Así es… dicen que se casará con el Rey Devon —hace una pausa —. Eso escuché.
—Pero si ellos siempre han estado en contra de Kimston.
Lisa se encogió de hombros —No lo sé, se rumorea eso.
Los guardias se detuvieron justamente en frente de ellas ya que del otro lado hay una mujer que exhibe lindas carteras de cuero fino. Magbeth pudo identificar a uno de los guardias que estaban ese día cuando ella hirió a ese hombre pelinegro. Él guardia pelirrojo quien viene justo al lado de la Reina Brissila. La miró fijamente con el rostro serio, claramente la había reconocido. Magbeth se acercó a su caballo y lo desató con rapidez.
—¿Adónde vas? —le preguntó su amiga
Ella volvió a mirar en esa dirección, Sintiendo sus manos temblar y en una temperatura fría por los nervios. En ese momento vio como la mujer de cabello n***o y vestido rojo que usa una hermosa diadema de oro sobre su.cabeza, la miró con seriedad y el rostro contraído. Sus ojos recorrieron a Magbeth con total desagrado de pies a cabeza, como si de algún insecto de alcantarilla se tratase. Era la segunda vez que Magbeth ha tenido el placer de mirar la reina Brissila en su vida y no entendía porque la mirada de esa forma tan llena de desprecio.
—Debo volver a casa —le comunicó Magbeth a su amiga con voz apresurada.
—¿Tan rápido?
Magbeth subió a lomos de su caballo —Si, sube te dejaré en tu casa —ella extendió su mano para su amiga.
—No, pedo debo ir a buscar algo en la casa donde estoy trabajando —le comunicó Lisa.
—Entonces nos vemos —Magbeth sujetó las riendas del caballo.
—Quiero que vengas conmigo, mañana jabrá una fiesta en el castillo, será para la bienvenida a la princesa Alessa y debemos ir con máscaras estará muy buena —su amiga sonrió con diversión y a la misma vez con travesura.
Magbeth miró en dirección a las mujeres que aún estaban allí y volvió a mirar a su amiga —¿Estas loca? En ese sitio solo pueden asistir personas importantes y no creo que se buena idea. Además debemos tener invitaciones.
—Por favor… es que conocí a un lindo caballero y el estará allí. Lo de las invitaciones es lo de menos nos vamos a colar.
—Lisa, no. Ni siquiera tengo un vestido decente para asistir. De broma y tengo tres.
La verdad a Magbeth eso no le parecía una muy buenos idea. Entrar al castillo es muy difícil y si se trata de algún baile solo asisten las personas a las que él Rey invita. Ellas jamás estarían en esa lista, sería las últimas personas. A ese tipo de personas no les gusta que gente pobre y con ropas desgastadas se les acerquen.
—Anda vamos... yo los consigo y tan solo con usarlos pensaran que somos nobles —hace una pausa y agarra la mano de Magbeth —. Di que si… vamos. Quiero verlo me gusta mucho.
Magbeth giró sus ojos y la miro —Esta bien.
Lisa sonrió ampliamente —Mañana iré a su casa.
—Te estaré esperando.
—Nos vemos.
Magbeth sin hacer otra más y lanzando una última mirada en dirección al guardia quien la miró y curvo sus labios con una sonrisa llena de malicia. Espoleo al caballo y este comenzó a galopar lejos de allí.