¡YO SÍ ME QUEDÉ!

2668 Words
A estas alturas de mi vida, creo que ya he perdido la cuenta de la cantidad de veces que he escuchado la frase, “Al final, todos se van”. Y, es que tal vez lo más triste de todo, es el hecho de escucharlo de personas que me son importantes. Esto me duele y me lastima, ya que, pareciera que ninguno de ellos ha notado en absoluto mi presencia. Pues, sin importar las circunstancias, y, pese a todo lo que ocurrió, antes, durante y después de todo, ¡YO SÍ ME QUEDÉ! Por lo que, ahora escucharlos repetir esa frase, solo me hace desear gritarles a la cara; ─¡YO SIGO AQUÍ! ¡YO SÍ ME QUEDÉ! ─, pero si somos honestos, de nada serviría, pues de igual manera, no importaría.   Aun cuando todos se fueron. Aun cuando la situación se complicó o las posibilidades eran pocas o nulas, yo permanecí ahí. Me quedé siempre al pie del cañón y, quizá, fue esa la razón por la que mi presencia dejó de ser notoria y, por consiguiente, me volví invisible. Dieron por sentado que siempre iba a estar presente, y por ello, dejarme de lado no fue una tarea difícil para ellos. Me volví como una especie de mueble que solo esperaba su turno para ser usada y olvidada en cuanto dejara de ser necesaria. Ahora me doy cuenta de ello. Pude haberme marchado, igual, nadie lo hubiese notado. Y en este momento, solo puedo cuestionarme, ¿Por qué no lo hice antes? ¿por qué permanecí en un lugar en el que no era requerida?   He permanecido siempre hasta el final y la única razón por la que termine desistiendo y alejándome de ellos, fue porque estos, no me necesitaban más y terminaron por hacerme a un lado. Me quedé hasta que dejé ser necesaria y terminé sintiéndome desechada, como una especie de herramienta rota e inservible a la que han botado a la basura. Y por ello, casi sin darme cuenta, seguí aferrada a un maldito ciclo, en que repetía el patrón una y otra vez. Siempre iba detrás de otros esperando a ser notada. Me quedé a su lado y fui participe de sus alegrías, así como también de sus tristezas. No tienen idea de la cantidad de cumpleaños, a los que asistí, siendo la única invitada, ya sea porque el festejado no había invitado a nadie más, o por el simple hecho de que los demás invitados decidieron no asistir. Cualquiera que haya sido la causa, yo estuve ahí. No lo van a recordar, lo sé. Será solo un recuerdo fugaz, que será olvidado en un abrir y cerrar de ojos, pero para mí, siempre será especial, sentir o creer, que al menos por un momento, fui esa valiosa amistad que estuvo ahí, en un día importante. Sin embargo, esto solo me ha llevado a cargar con un sentimiento unilateral, pues siempre, de una u otra manera, he sido la única que toma interés en ellos. Me importaban sus sueños, metas, sus miedos, creencias, así como todo lo que pasaba en su vida, y esperaba pacientemente, que ellos sintieran también, ese interés por saber de mi vida. Conocía su fecha de cumpleaños, aun cuando ellos olvidaban el mío. Sabía cuál era su color favorito, la comida que les gustaba y la que odiaban. Conocía sus canciones favoritas, sus pasatiempos y las cosas que amaban y odiaban. Creí, que ese era motivo suficiente para que ellos hicieran lo mismo por mí. Creí que recibiría el mismo tipo de atención, que estaba acostumbrada a dar, pero no fue así. Ellos me importaban y por ello, hice todo eso. Pero, aun si me duele admitirlo, yo no les importaba de igual manera, así es que, a causa de eso, no recibí esa atención que anhelaba. Siempre he sido yo, quien está ahí, ¿acaso no merezco alguien que también este para mí?   Sin embargo, si hablamos de forma honesta, atormentarse por lo que los demás no son capaces de valorar, solo nos lastima y nos hunde más en la depresión y en la miseria. Ahora, comprendo que cuando ellos dicen “al final todos se van”, se refieren a las personas que ellos en verdad QUIEREN que se queden. Esos que para ellos son importantes y especiales. Y yo, no era ─y no soy─, esa persona. Ellos no eran capaces de ver a nadie más, porque su atención estaba centrada en aquellos que verdad les importaban. Y eso no es malo, es real. Todos lo hacemos y no podemos juzgar a quien también lo hace. Ellos esperaban pacientemente que aquellos que estuvieron fugazmente a su lado, se quedaran siempre junto a ellos, pero por una u otra razón, esto no ocurrió de esa manera. Dicha frase, hace alusión a esas personas. A esas que entran en nuestra vida un momento, desordenan todo y nos muestran una manera de vivir, completamente distinta a la que conocíamos. Nos acostumbran a nuevas ideas y experiencias y por consecuencia, cuando se alejan, dejan un enorme vacío que es difícil de llenar.   No voy a ser hipócrita y decir que ahora que comprendo esto, no me afecta, porque lo cierto es que no es así. Aun en la actualidad, hay incontables noches en las que me la he pasado en vela llorando, y preguntándome ¿Qué demonios pasa conmigo? Pues por más que lo he intentado, al final, siempre soy yo quien se queda mientras los demás se alejan. Mis amigos avanzan de formas diferentes a mí. Su ritmo es mucho más rápido que el mío y por ello siempre terminó rezagada. Quiero continuar y poder quedarme al fin, con alguien que no tema avanzar a mi lado, pero esa suerte aun no llega a mi vida. Y, a estas alturas, estoy empezando a creer que tal vez nunca lo hará.   “Al final todos se van”, ¿Cuántas veces se puede repetir esa frase? Y es que, si pensamos un poco en ello, damos mucha importancia a quien se marchó, pero no pensamos nunca en aquellos que decidieron quedarse. Esos a los que nunca tomamos en cuenta. A los invisibles que estuvieron siempre ahí, dispuestos a tendernos una mano en las peores tormentas por las que atravesamos. Ellos no se fueron, por el contrario, permanecieron siempre fieles al desastre que ocasionamos. Solo tenemos que pensar un poco y eventualmente, recordaremos sus rostros. Porque no todos se van. Siempre hay alguien que decide quedarse, ya sea porque es un tonto, o porque de verdad le importamos. Cualquiera que sea el caso, siempre será hermoso saber que hay alguien. Sin embargo, somos tan egoístas, que muchas de las veces no nos permitimos darles una oportunidad. Somos vanidosos y estamos llenos de prejuicios tontos. Juzgamos a los demás y les restamos importancia, aun cuando ellos nos demuestran su afecto una y otra vez de forma desinteresada.   Si bien es cierto, que en mi vida le he dicho adiós a muchas personas, lo cierto es que tampoco puedo quejarme y decir que nadie se ha quedado a mi lado, porque, siendo honesta, sé muy bien quien ha permanecido junto a mí, de manera incondicional. Mi familia no se ha ido. Se han quedado junto a mí, aun cuando no les puse las cosas fáciles. Aun cuando fui un problema desde el primer momento. Y, aun así, siguen aquí, brindándome su apoyo de forma incondicional. Me han guiado y aconsejado y gracias a ellos, hoy puedo sentirme orgullosa de quien soy ahora. Ellos se quedaron y estoy segura de que aun si todo mundo me abandona, ellos no lo harán. Casi puedo asegurar que, sin importar el tiempo, o las circunstancias, ellos permanecerán aquí y estoy verdaderamente agradecida por ello. Porque no todos se van, solo hay que saber apreciar a quien decidió quedarse y darles una oportunidad a aquellos que de verdad quieren hacerlo, pero que casi nunca tomamos en cuenta.   Luego del funeral, comenzaron con la serie de rosarios para rogar por el descanso del alma de mi tía. Debido a esto, tanto mi madre como mi tía Carlota, me arrastraban junto a ellas cada tarde a la casa de mi tío Rodrigo, donde este, junto con mi padre y mi tío Ernesto, se quedaban tomando en el patio trasero, hasta que los rezos terminaban. En aquel momento, no supe darme cuenta de ello, pero ahora sé que la única intensión de mi madre y mi tía era sacarme de casa. Supongo que mi deteriorado aspecto de aquel entonces las puso alerta de nuevo. Mi hermano pasaba cada tarde en casa de mis abuelos, ayudando a mi abuela con el cuidado de mi abuelo. Yo, por mi parte, acostumbraba a quedarme en la entrada frontal de la casa, debajo de un gran árbol, donde mi prima Aneth colocaba sillas, pero que algunas personas que asistían al rezo pudieran tomar asiento al aire libre. Sobre todo, porque las casas de aquella zona eran sumamente pequeñas y no cabía toda la gente dentro. Yo me quedaba siempre afuera, ya que podía distraerme fácilmente con cualquier cosa y, de esa manera, el tiempo parecía avanzar más rápido. Aquella colonia, era, curiosamente, la misma donde vivía Charlotte. Su casa podía distinguirse a unos cuantos metros de donde me encontraba. No sé qué fue lo que ocurrió en ese momento, pero, por un instante, me quedé atónita observando en dirección hacia su casa, hasta que, como si de un acto de magia se tratara, la chica salió de ahí con dirección hacia donde me encontraba. De inmediato desvié la mirada y centré mi vista al frente. En serio deseaba que pudiera venir hacia mí, para poder abrazarla y que las cosas fueran como antes. Anhelaba un abrazo. Sin embargo, no ocurrió. La chica pasó de largo, fingiendo no verme y llegó hasta la casa que se encontraba al lado. llamó a la puerta y en unos instantes, una chica de baja estatura y piel morena salió a su encuentro. En cuanto se vieron se dieron un abrazo y un beso en la mejilla. Ese simple hecho, hizo que algo dentro de mí, se desmoronara. Desvié la mirada, pues sabía que una lágrima pretendía escapar de mis ojos y me había prometido, no volver a llorar frente a nadie y menos, en un lugar como ese, pues era evidente que sí mi familia me veía llorar, ellos llorarían también, dados los sucesos. Traté de no prestarle atención a ese par de chicas, pero ambas me lo dejaron muy difícil, pues pareciera que estaban empeñadas en que yo, formara parte de su conversación. Reían y hablaban en voz alta, haciendo que sus voces retumbaran en mis oídos. Tenía deseos de darme la vuelta y gritarles que se callarán, pero hice un esfuerzo sobrehumano para controlarme. Respiré profundo y traté de soportar aquello de la mejor manera posible. Estaba a nada de estallar cuando me di cuenta de que las personas se ponían de pie y se despedían. El rezo había concluido y las personas abandonaban la casa. Fue entonces cuando mi prima Aneth se asomó a la puerta y me hizo una seña para que entrara, lo cual agradecí enormemente, pues no me apetecía más, escuchar a esas chicas. Adentro, se encontraba el resto de mi familia, reunida alrededor del gran comedor de la casa. Mis primos habían preparado una comida exclusivamente para la familia. Yo tomé asiento junto a mis padres, quedando justo frente a mi tío Rodrigo, quien tenía un semblante sombrío. La comida parecía transcurrir de forma tranquila, aunque se percibía un aire melancólico. Era evidente que los sucesos recientes, aun nos tenían con los sentimientos a flor de piel. Nadie hablaba, pareciera que todos esperaban pacientemente que alguien se atreviera a romper el hielo. Creo que todos estaban hartos de aquel silencio, pero ninguno supo cómo apagarlo.   ─Al final, todos se van ─comenté entre dientes esperando que nadie más, pudiera escucharme. Sin embargo, al levantar la vista, me di cuenta de que mi tío Rodrigo me observaba con una sonrisa triste. ─Sí ─me dijo con un aire deprimido─, al final, todos nos vamos. Supongo que ese es el destino, ¿cierto? ─¡Cierto! Al final, todos tenemos el mismo destino ─corroboró mi padre─. Pero, eso no significa que olvidaremos a quienes se han adelantado. ─¡Oh, no ¡claro que no! ─intervino mi tío Ernesto─, ellos seguirán estando siempre junto a nosotros.   Les sonreí con fervor, pues pude darme cuenta de que estaban haciendo lo posible para que no me pusiera mal por la situación. Ellos eran conscientes de lo sensible que era respecto al tema de la muerte y hacían lo posible por no hacerme sentir mal.   ─En los recuerdos, en los consejos, las canciones y en cada momento que pudimos compartir juntos, ¿cierto? ─dije, mientras tomaba la mano de mi tío Rodrigo, quien me sonrió conteniendo las lágrimas. El resto de mi familia trató de contenerlas de igual forma, aunque, evidentemente muchos no lograron hacerlo. De pronto, mi padre y mis tíos comenzaron a contar anécdotas sobre mi tía. Eran historias que todos conocíamos muy bien, pero que, sin embargo, nunca nos cansábamos de escuchar. Todos y cada uno de los presentes hacíamos lo posible por ser partícipes de aquella conversación, en la que recordábamos con cariño, a mi adorada tía Flor. Fue entonces, cuando movida tal vez, por el calor de conversación, comencé a hablar sobre aquel regalo que me obsequió en año nuevo. Mi familia, aun no estaba enterada de dicho regalo, por lo que, el hecho de hablar de ello les tomó por sorpresa. Nunca he podido ocultarles nada, y, soy consciente de que ellos estaban al tanto de todo lo que hacía, aunque nunca dijeran nada. Yo sabía que estaban enterados de que mis clases de ballet habían comenzado desde antes de la fecha oficial. Estoy consciente de que sabían de esa complicidad que existía entre mi tía y yo, y también estoy segura, que para ellos fue algo muy grato, poder escucharlo al fin, de mi boca. Para cuando terminé mi relato, mi tío Rodrigo se puso de pie y se me acercó dándome un fuerte abrazo, el cual, correspondí más que encantada. Anhelaba un abrazo y recibirlo de él, hizo que todo fuera aún mejor, ambos nos consolamos mutuamente en ese abrazo. No dijimos nada, simplemente, dejamos que las lágrimas pudieran salir libremente, mientras manchaban la espalda del otro. Aquel gesto me lleno de tanta paz, que casi parecía ser mentira que todo eso pudiera estar ocurriendo de verdad. Fue cálido y sanador y me hacía demasiada falta.   ─Ella amaba verte bailar ─me dijo mi tío, mientras secaba las lágrimas de mis ojos y me daba un beso en la frente. Al mirar a mi alrededor, me di cuenta de que toda mi familia lloraba y trataban de evitar que los viera a la cara, no sé si por vergüenza u orgullo.   Se hacía tarde y era hora de despedirse. Al salir de la casa, no esperaba ver a Charlie, quien continuaba con su amiga, charlando alegremente en la calle, aunque esta vez, estaba acompañadas por un pequeño grupo de personas a quienes yo no conocía. Apenas salí, pude escuchar sus risas y burlas y algo dentro de mí, quería dar la vuelta y regresar a la casa. Pero entonces choqué con la espalda de mi primo Pepe, quién al ver la escena, decidió cargarme y hacerme cosquillas, haciendo que mi risa se escuchara en todo el lugar. El resto de mi familia se unió a él y de inmediato comenzaron a jugar conmigo, provocando unas risas incontrolables, por parte de todos. Ahí me di cuenta de que ellos, solo trataban de hacer, que la escena de Charlie con sus nuevos amigos, no me afectara, aun si ellos mismos tenían que hacer el ridículo para conseguirlo. ¿Ya les he dicho que tengo a la mejor familia del mundo?    
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD