Los tres intercambiamos miradas retadoras con aquella mujer quien terminó por sentirse intimidada a causa de nuestra presencia. El silencio era tal, que Don Valiente tuvo que intervenir.
──Ella es mi hija ──dijo mientras tomaba asiento en la banca de la entrada, con la ayuda de aquella mujer ──, su nombre es Irma.
──¿De modo qué esta es la tipa que pretende alejarlo de nosotros? ──preguntó Sophia arrastrando las palabras, sin quitarle la vista de encima aquella mujer. Esta por su parte, se acercó a ella dispuesta a defenderse, pero Gael se le puso enfrente, protegiendo a mi prima con su cuerpo. Irma emitió una media sonrisa, haciendo más que evidente su desagrado para con nosotros. En ese momento, los padres de Gael aparecieron junto con Aneth, Eva y Eddie.
──¡Irma! ──saludó la madre de Gael── ¡que sorpresa tenerte por aquí! Veo que ya has conocido a mi hijo y sus amigas.
──Sí, ya tuve el placer ──contestó la mujer dándonos una envenenada mirada. Nosotros por nuestra parte giramos hacia Rosario confundidos, pues no esperábamos que ellas se conocieran──. Debo decir que no son los niños más educados que he conocido ──. Rosario sonrió incomoda.
──Me disculpo. No son unas fechas fáciles para ellos y supongo que la noticia de tu llegada los ha tomado por sorpresa.
──¡Madre! ──expresó Gael── ¡esta mujer pretende llevarse a don Valiente con ella!
──Eso ya lo sabemos ──respondió seriamente el padre de mi amigo.
──¡NO PUEDEN PERMITIR QUE LO HAGA! ──estalló mi prima.
──Irma es su familia y ella sabe lo que es mejor para él ──sentenció Rosario.
──¡Nosotros también somos su familia! ──repliqué furiosa.
──¡No, no lo son! ──dijo de pronto la mujer── ustedes solo son sus vecinos y nada más.
Escucharla hizo que algo dentro de mí se encendiera. Giré hacia ella y la vi detenidamente. Tanto mis primas, como Eva y Gael, conocían muy bien esa mirada en mis ojos y de inmediato trataron de acercarse a mí, pero ya era tarde. Me fui sobre aquella mujer dispuesta a hacerle todo el daño posible. Quería arrancarle el cabello y estrellar su rostro contra el pavimento y, en ese momento, sentía que podía ser capaz de eso e incluso de más. ¿Cómo podía atreverse a decir que no éramos su familia? Ese hombre era importante para nosotros y hubiésemos dado cualquier cosa por él, sin ni siquiera dudarlo. Él era parte de nosotros y no íbamos a permitir que una simple desconocida se atreviera a poner en tela de juicio nuestro lazo, que, si bien no era sanguíneo, si era lo suficientemente fuerte como para llegar a ser considerado “familia”.
Estaba por sujetarla del cabello, cuando sentí que alguien me tomaba por la cintura y me obligaba a parar. Giré levemente y me encontré con el rostro ruborizado de Eddie, quien me sostenía con fuerza, evitando que me moviera. Todos los demás se vieron alterados con los sucesos. Sin embargo, don Valiente permaneció sereno. Después de unos cuantos instantes comenzó a reír levemente mientras giraba la cabeza, cómo si no fuera capaz de creer lo que estaba presenciando. Eddie giró levemente hacia él, sin soltarme, mientras yo solo observaba a la mujer con colera.
──¡Que ingrato eres! ──lo regañó don Valiente, quien permaneció sentado en todo momento. Con algo de dificultad se puso de pie y se acercó a la escena──. Tenía deseos de ver esta pelea. Mi reinita te hubiese hecho llorar ──agregó mientras le ponía una mano en el hombro a su hija y a mí me guiñaba un ojo. Fue entonces cuando Eddie me soltó, manteniéndose cerca por si otra vez sentía el arrebato de golpear a alguien──. Voy a irme con ella, así que no quiero reclamos ──nos dijo viéndonos fijamente para evitar que pudiéramos reclamar por ello. Después giró hacia su hija y la vio de forma severa, como rara vez se le veía──. No se te ocurra volver a decir que ellos no son mi familia ──le advirtió──, pues en todos estos años, no conocí más familia que ellos.
Escuchar aquello, dibujó en mis amigos y en mí una sonrisa burlona. Era cierto que en ese momento nos comportábamos como un pequeño grupo de chiquillos malcriados, pero también era cierto que teníamos suficientes motivos para comportarnos de semejante manera. En varias ocasiones acompañamos a aquel hombre en sus lapsos depresivos. Aun éramos demasiado pequeños para saberlo, pero nos consolábamos mutuamente cuando las cosas no iban bien para cualquiera. Éramos una tribu, un clan… una familia. Y, ahora, así de la nada, una desconocida pretendía quitarnos todo eso. No era algo que estuviéramos dispuestos a dejar pasar.
La mujer bufó molesta y nos dio la espalda dispuesta a llevarse a don Valiente con ella. Sin embargo, el anciano jaló de su brazo evitando que la mujer lo tomará. ¡Imaginen nuestra emoción al ver aquello! Por menos de un instante, un mínimo y pequeño instante, la esperanza de que nuestro viejo amigo decidiera quedarse junto a nosotros, brilló en el corazón de cada uno. Sin embargo, aquella esperanza fue efímera. Tan fugaz como las estrellas en el cielo. Se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, al ver como el hombre giraba hacia nosotros y nos sonreía con esa vieja sonrisa que conocíamos tan bien. Era evidente que había tomado una decisión y sabíamos que cuando eso pasaba, era imposible que cambiara de parecer. Por ello, nuestra esperanza se marchó.
──Hoy es un día importante para la familia, así que, si no te importa, acompañare a los señores a su visita. Si quieres puedes volver por mi después, a fin de cuentas, siempre estoy aquí ── le dijo a su hija, mientras extendía su brazo para que Rosario pudiera tomarlo. El grupo de adultos se abrió camino, mientras la hija de don Valente observaba con enfado── ¡Ustedes tres! ──nos llamó el anciano──, más les vale regresar a casa y esperar ahí a los adultos. No quiero más pleitos, ¿eh reina?
Los tres bajamos la cabeza, como si hubiésemos recibido un terrible reclamó. Sin embargo, sonreímos, pues a pesar de todo, estábamos felices de saber que don Valiente nos apreciaba de la misma manera que nosotros lo hacíamos. Nuestra esperanza se había esfumado, pero de alguna manera, sentíamos que habíamos ganado aquella batalla. Decidimos obedecer las órdenes que recibimos, no sin antes, dedicarle a aquella mujer, la mirada más aterradora que pudimos.
Regresamos pues, a la casa de Gael, acompañados por Eddie, quien nos seguía en silencio, pues, supongo que nuestras expresiones faciales no eran precisamente amigables. Al entrar en la casa, Gael pateó lo primero que tuvo cerca, lanzando un pequeño cubo de basura que salió volando por los aires. Yo sabía que estaba molesto y comprendía que lo estuviera, pero también comprendía que no podía seguir a atando a nadie a quedarse cuando lo que en verdad quiere hacer es irse. Ya más de una vez lo había intentado y no había dado resultado y en esta ocasión, era lo mismo. El hombre quería irse, esa era su voluntad y, ¿cómo puedes ir en contra de algo así?
──Él lo decidió ──dije antes de que cualquiera pudiera decir algo. Los demás giraron hacia mí confundidos──. No podemos intervenir si es algo que ha decidido. Atarlo a este lugar, es algo egoísta. El merece estar con su familia.
──¡NOSOTROS SOMOS SU FAMILIA! ──replicaron mis amigos.
──¡Lo sé! Lo somos, ¡claro que lo somos! Pero, aun si no queremos aceptarlo, esa mujer lo es también y hasta donde recuerdo, él ha querido conocer a sus verdaderos nietos desde hace tiempo, ¿de verdad quieren ser tan egoístas cómo para evitar que lo haga? ──mis amigos bajaron la cabeza. No habíamos pensado lo suficiente en el bienestar de Don Valiente. Pensamos en nosotros mismos y solo en eso. Y la verdad es que, él merecía obtener lo que siempre había deseado. Más de una vez lo habíamos escuchado hablar de su familia. Más de una vez lo escuchamos desear el poder conocer a sus pequeños nietos y poder pasar un cumpleaños o una navidad a lado de ellos. No podíamos quitarle eso. La oportunidad se había presentado después de mucho tiempo, y no teníamos ni el derecho ni el corazón para hacerlo.
Los tres nos sentamos de golpe en el sillón de la sala mientras Eddie nos observaba confundido. Ninguno de nosotros se atrevía a decir algo. Nos quedamos concentrados en nuestros propios pensamientos y nos olvidamos por completo del pobre Eddie, quien permanecía de pie frente a nosotros.
──Tal vez puedan visitarlo de vez en cuando ──comentó para tratar de ayudarnos.
──No, eso no va a pasar ──sentenció Sophia──. Nos fuimos antes y no nos importó lo que pasara con él. Ahora no tenemos derecho de exigirle nada.
──¿Entonces lo dejaremos ir así? ──preguntó Gael.
──¡No! ──respondí mientras me ponía de pie de golpe──. Vamos a dejarlo ir, porque ese es su deseo, pero no vamos a dejarlo ir, así como así. Eddie, Gael, llamen a todos los vecinos. Vamos a despedirlo como se merece.
──¿Qué pretendes? ──preguntó Gael poniéndose de pie junto con mi prima.
──¡Vamos a organizar la mejor fiesta de despedida que se haya visto en este lugar! ──declare entusiasmada──. Irmita va a saber lo que la familia de don Valiente es capaz de hacer por él.
Esa idea llegó tan de repente a mi cabeza, que casi me impresionó que no hubiera llegado antes. Mis amigos intercambiaron miradas asombrados, pero sobre todo entusiasmados con la idea. De inmediato, nos pusimos a trabajar. Fuimos casa por casa, hablando con los vecinos quienes al principio se mostraron algo renuentes a ello, pero que un poco más de insistencia, logramos hacer que colaboraran con nuestra idea. Fue una tarea en verdad complicada, pues la mayor parte de los vecinos, no se llevaban bien con el hombre y le tenían miedo o asco. Sin embargo, éramos un grupo de jóvenes, bastante convincente y logramos reunir a un gran número de familias dispuestas a colaborar con nuestro plan. Cayó la tarde y regresamos a casa de mi amigo, donde ya nos esperaban sus padres, junto con mi prima Aneth y mi querida Eva. Esperábamos que estuvieran molestos por habernos perdido por mucho tiempo, pero no fue así. Nos esperaban en la sala, mientras conversaban tranquilamente. Al entrar, de inmediato centraron su atención en nosotros. Eva se nos acercó corriendo y nos abrazó fuertemente a los tres haciendo que nuestras cabezas chocaran entre sí.
──¡Oh mis niños! ──nos dijo entre sollozos──. Sé que están molestos, tienen derecho a estar molestos. Lloren todo lo que quieran, yo me voy a quedar a consolarlos.
Tratamos de escapar de sus brazos, pero fue imposible hacerlo sin dañarla.
──No estamos molestos ──alcanzó a decir Gael, tomando por sorpresa a la mujer, quien confundida decidió soltarnos.
──¿Ah no? ──nos dijo viéndonos asombrada.
──¡Yo sí! ──repliqué llevándome las manos a la cintura──. Lo sabían y no nos dijeron nada ──les dije acusadoramente── ¿Por qué siguen viéndonos como niños pequeños? Hemos pasado por cientos de cosas cómo para que tengan que seguir tratándonos de esta manera.
Los adultos bajaron la cabeza e intercambiaron miradas. Era evidente que aun buscaban la forma de comunicarse con nosotros. En ese momento, no supe verlo de otra manera. Creía que solo nos estaban excluyendo cuando la verdad, es que solo buscaban la manera de protegernos y tratar de hacernos entender de la forma que ellos consideraban, era la mejor.
──Somos conscientes de todas las pérdidas que han tenido que enfrentar ──dijo mi prima, acercándose a nosotros──, no queríamos que tuvieran que enfrentar una más.
──Tenemos que hacerlo, eso no depende de ustedes ──aseguró Gael. Rosario sonrió y se acercó a su hijo mientras le acariciaba el rostro.
──Tienen razón. Ustedes ya no son unos niñitos. Perdónenos por tratarlos así.
El ambiente estaba empezando a ponerse algo melancólico, y eso era algo que ninguno de los presentes podría seguir soportando, por lo cual, Eva se apresuró y lanzó a mi prima una mirada suplicante. Aneth comprendió muy bien lo que la mujer trataba de decir y de inmediato se acercó a Sophie y a mí.
──¡Muy bien! Se hace tarde y creo que ya hemos molestado mucho a la familia. Mey, Sophie, creo que es hora de regresar a casa.
──Espera ──intervino Sophie──, Mey tiene algo que contarles ──voltee de inmediato hacia ella y tense los labios. Todos tenían la mirada fija en mí y yo no fui capaz más que de cerrar los ojos y comenzar a hablar.
──¡Queremos hacer una fiesta de despedida para don Valiente! ──dije rápidamente haciendo que fuera difícil entenderme. Los demás me veían extrañados, tratando de descifrar lo que acababa de decir. Entonces abrí los ojos y traté de calmarme. Recordé que las personas con las que estaba no eran simples desconocidos, sino mi familia, y, ¿Quién le teme a su propia familia? Al menos yo no──. Queremos hacer una fiesta de despedida para don Valiente ──dije con calma──. No podemos impedir que se vaya y cumpla con su sueño, pero si podemos expresarle nuestro cariño y afecto con una despedida digna.
Levanté la vista y vi cómo los demás me veían sonriendo. De inmediato, sentí el entusiasmo de todos por formar parte de ello.
──¡Muy bien! Dígannos ¿Qué necesitan? ──expresó el padre de Gael mientras frotaba sus manos.
──¡Yo me encargaré del pastel y de la comida! ──se ofreció Eva mientras levantaba la mano llena de emoción.
──¿Y por qué no la hacemos aquí? ──sugirió Rosario──, nuestro patio trasero tiene suficiente espacio para recibir a todos.
──¡Perfecto! Pero, necesitaremos mesas y sillas.
──¡Oh, yo puedo encargarme de eso! ──dijo Eddie mientras se acercaba a los adultos. Todos parecían tener la situación más que controlada. Sin embargo, el día estaba por terminar y no era posible seguir con los preparativos.
──Se hace tarde ──anunció Aneth── y ustedes deben descansar. Este no ha sido un día particularmente fácil. Nos encargaremos de todo, mañana a primera hora del día. Incluso llamare a tus padres Mey, estoy segura de que mi tío Ernesto y mi papá también querrán formar parte de esto.
──¡Oh sí! Se reunirá toda la familia, ¡que hermoso! ──dijo Eva mientras se llevaba las manos al pecho.
Partimos pues, de regreso a casa. Después de lavarnos y cenar algo ligero, Sophia y yo decidimos subir a la habitación. Ambas estábamos sobre la cama con la vista clavada en el techo, el cual estaba cubierto por pegatinas de estrellas que lograban brillar en la oscuridad, simulando un cielo estrellado.
──¿Cómo fue que llegamos a esto? ──preguntó Sophie sin quitar la vista del techo. Yo sonreí con sarcasmo.
──Esta no es la vida que queríamos cuando niños ──comenté. Ella giró y me vio detenidamente mientras usaba sus brazos como almohadas.
──Lo sé, ¿Dónde demonios esta nuestra lujosa mansión?
──¿Y los cientos de sirvientes dispuestos a dar la vida por nosotras?
──Yo prefiero, más bien, un mayordomo. Algo así como el anime que me mostraste la última vez.
──¿Kuroshitsuji? ──pregunté.
──Ahm, digamos que sí ──respondió mi prima riendo.
──¡Oh Sebastián! ──suspiré observando el techo. Mi prima giró hacia mí y ambas nos quedamos un buen rato riendo, hasta que nos dolió el estómago. Fue entonces cuando ambas nos quedamos en silenció y la sonrisa, desapareció del rostro de mi prima.
──Regresaré a Atlanta en cuatro días, ¿qué va a pasar cuando me vaya? ──dijo de repente. Volteé hacia ella y la vi confundida.
──¿Qué quieres decir? ──le cuestioné.
──Ya sabes, ¿qué va a pasar contigo? ¿qué va a pasar con Gael? ¿qué va a pasar con nosotros? Otra vez vamos a separarnos. Otra vez estaremos lejos sin saber lo mal que la están pasando los otros. Yo no quiero pasar por eso de nuevo. Sé que tú y Gael la han pasado mal y yo he estado tan lejos que no puedo ayudar.
──Sophie, tú no eres responsable de las cosas malas por las que hemos pasado.
──Pero…
──¡Pero nada! Debes avanzar a tu ritmo y no detenerte por nada ni por nadie, y eso nos incluye a Gael y a mí. Además, ¿olvidas quiénes somos? No importa lo que se presente, vamos a poder con ello.
La noche terminó y tal y como lo dijo mi prima, a primera hora del día, continuamos con los preparativos para la fiesta de despedida. Los adultos del vecindario terminaron por ayudarnos aún más entusiasmados de lo que esperamos. Gael, Sophie, Eddie y yo, nos encargamos de hacer pancartas y decorar todo el patio con algunos adornos que encontramos en el garaje de mi casa. Para el medio día, todo el lugar estaba listo. Eva se había encargado de hacer un pastel hermoso, junto con un sinfín de manjares que se veían deliciosos. No quiero ni imaginar, la hora en la que tuvo que despertar para poder tener todo listo. Estaré siempre agradecida por ello.
Era cerca de la una de la tarde, cuando mis padres y tíos llegaron. Todos estábamos reunidos, solo faltaba lo más importante: Don Valiente.
Gael, Sophie y yo, nos dimos a la tarea de traerlo. Eddie se quedó en casa para vigilar cuando llegáramos con él y poder tener todo preparado.
Nos dirigimos hacia el cementerio, pues sabíamos que lo encontraríamos en su vieja oficina, la cual no era más que un pequeño cuarto olvidado en el fondo del lugar. Estábamos nerviosos, pero muy entusiasmados con esto. Abrimos el portón y nos dirigimos directamente hacia la oficina. Estábamos tan concentrados en eso, que no nos percatamos de que la puerta estaba entreabierta y alguien se encontraba en el lugar. Escuchamos voces y no sentimos que era buen momento para entrar, así que esperamos afuera.
──¡Debes decírselos! ──se escuchó la voz de una mujer.
──¡Me odiaran cuando lo sepan! ──alcanzamos a escuchar a don Valiente, aunque su voz se escuchaba más cansada que de costumbre. Intercambiamos miradas, pero decidimos quedarnos en silencio esperando.
──¿Entonces prefieres hacerme ver a mí cómo la mala? ¡me trataron como basura! ──reconocimos la voz de Irma y la piel se nos erizó.
──¿Vas a decirme que no te lo mereces? ──replicó don Valiente──. Yo cometí un error y lo admito, pero tú y tu hermano, no son capaces de aceptar los suyos.
──¡Te fuiste cuando era una adolescente!
──¡YO NO ME FUI! ──nos quedamos helados del otro lado de la puerta. Sabíamos que no era correcto seguir escuchando, pero no podíamos evitarlo──. Fueron ustedes los que decidieron dejarme, ¿ya lo olvidaste?
──¡Nos dejaste endeudados!
──¡Lo hice para pagar tu vestido de quince años! ──la voz del hombre se escuchaba en verdad cansada. Una repentina tos lo atacaba de vez en cuando, haciendo que la voz se le fuera en algunas ocasiones.
──¿Vas a usar eso de pretexto? ──continuó Irma furiosa──. No es mi culpa que no supieras la forma de darle a tu familia lo que necesitaba. Por eso mi madre decidió irse. Por eso no te buscamos, ¿por qué no le dices eso a esos mocosos? Apuesto a que ellos no saben la clase de hombre que fuiste, ¿crees que ellos te tratarían como te tratan sí lo supieran?
──¡CLARO QUE SÍ! ──no aguanté más y entré de golpe en el lugar. Sophie y Gael iban detrás de mí, tratando de evitar que otra vez me fuera sobre aquella mujer. No voy a negar que me moría de ganas de hacerlo, pero supe controlarme muy bien──. A diferencia de ti, nosotros de verdad queremos a este hombre, no por su plata o sus bienes, si no por quien es en verdad. Por sus historias, por su apoyo y por todo lo que representa.
──No sabemos quien fue en un pasado, pero eso no va a cambiar lo que sentimos por él ahora ──aseguró Gael, mientras se acercaba y ayudaba al hombre a ponerse de pie, pues se encontraba recargado sobre una vieja y desgastada silla, tratando se sostenerse.
──Las familias se apoyan y, tal vez no entiendas eso, querida, pero nosotros somos familia y no vamos a dejarlo solo ──expresó Sophie, acercándose a aquella mujer quien, desde luego, se veía mucho mayor que ella, no solo en edad, sino también en estatura. Aun así, Sophie no se intimidó ni un poco. Pasó junto a la mujer y la vio de arriba abajo con asco.
──Será mejor que te vayas, Irma. Estaré listo cuando terminé mi turno y te estaré esperando aquí ──intervino don Valiente. La mujer tomó su bolso del suelo y dio la vuelta abandonando el lugar, mientras azotaba fuertemente la vieja puerta que casi estaba suelta. En ese momento nos olvidamos de ella y nos concentramos en el hombre. Gael lo ayudó a sentarse, mientras Sophie servía un vaso con agua y yo buscaba su medicamento en el cajón de su escritorio──. No debieron escuchar esa conversación ──nos regañó──. Ya les he dicho que eso es una falta de respeto.
──¡No vamos a disculparnos por eso! ──comentó mi prima mientras le pasaba el vaso con agua──. Esa mujer no tiene derecho de tratarlo así.
──Sí, sí lo tiene ──recalcó el hombre──. Me fui cuando apenas era una chamaca como ustedes.
──¡No mientas! ──intervino Gael──. Acabamos de escuchar que fueron ellos quienes te abandonaron.
El hombre suspiró y bajó la cabeza. Conocíamos muy bien esa expresión en su rostro. Se avecinaba una de sus famosas historias, pero esta vez seria diferente. Sabíamos que esta sería la última historia que escucharíamos de él, y no nos sentíamos del todo preparados para ello. Sus historias eran invaluables para nosotros. Nos ayudaron a crecer y convertirnos en mejores personas. Nos ayudaron a imaginar mundos hermosos y en tratar de mejorar la realidad en la que vivíamos. Y aunque éramos consientes de que todo en esta vida tiene un final, nos negábamos rotundamente a dejar ir algo como esto.
El hombre entrelazo sus dedos y se llevo las manos a la barbilla, mientras se acercaba al frente para que pudiéramos escucharlo.
──Voy a contarles una ultima historia ──nos dijo seriamente──. No es muy grato para mí hablar de esto, pero mis niños necesitan oírlo para no cometer los mismos errores que este viejo. Aunque les advierto, esta no será una historia feliz ──. De pronto el tono de su voz cambió drásticamente, como comúnmente ocurría cuando nos contaba alguna historia──. Hace algún tiempo, cuando era joven, casi como este apuesto jovencito ──agregó dándole un ligero codazo a Gael, quien solo sonrió juguetonamente──, me enamoré perdidamente de una mujer, casi tan hermosa como este par de señoritas ──Sophie y yo reímos──. Creí que el amor que le tenía seria suficiente para ambos, pero la vida se rio y me demostró que eso no alcanzaba. Nos casamos y tuvimos dos hijos, acaban de conocer a la menor de ellos. Mi niña, Irma y su hermano, mi niño Víctor. Pasó el tiempo y mis responsabilidades comenzaron a crecer. Mi esposa estaba acostumbrada a un tipo de vida diferente al que este viejo sin escuela podía ofrecerle. Comenzó a pedirme cada vez, por lo que empecé a buscar más fuentes de empleo para satisfacer todas sus necesidades. La mayor parte del tiempo estuve afuera trabajando, para que a ellos no les faltara nada.
──¿Entonces con que cara se atreve esa mujer a reclamarte algo? ──cuestionó Gael molesto. Tanto Sophie como yo hicimos un movimiento de cabeza en señal de apoyo para con nuestro amigo. Sin embargo, don Valiente solo sonrió y se acercó un poco más a nosotros.
──La vida no siempre es fácil, mijo. A veces hacemos cosas buenas que parecen malas y ese fue mi caso. Por querer darles todo lo que pude, deje de estar presente en sus vidas y me dedique a trabajar. Pero el peso de todo eso hizo que me cansara y no rindiera lo suficiente en ningún empleo. Poco a poco fui perdiendo mis trabajos y mi familia empezó a sufrir por ello. Los quince años de mi hija estaban cerca y ella anhelaba su fiesta y ese hermoso vestido que yo no podía costear. Traté de conseguir dinero de la manera que fuera y entonces, entre en malos pasos ──el hombre se detuvo un poco, mientras desviaba la vista algo avergonzado. Sophie lo tomó tiernamente de la mano, haciéndole saber que no lo juzgaríamos por absolutamente nada que quisiera contarnos. Él le sonrió con cariño y continuó──. Conocí a unas personas que se dedicaban a asaltar casas abandonadas y me ofrecieron una buena suma de dinero si me unía a ellos, pero era un cobarde y antes de aceptar y hacerlo, salí huyendo. Creí que podría pedir un préstamo al banco para costear aquella fiesta, pero al llegar a casa para hablar con mi mujer, me di cuenta de que estaba vacía. Mi mujer había decidido que no podía seguir al lado de un inútil como yo. Había encontrado a un hombre que le ofreció todo lo que yo no podía darle. Y fue él, quien hizo realidad el sueño de mi hija, por eso, no pude molestarse. Yo sabía que mis hijos lo apreciaban más porque él podía hacer por ellos lo que yo nunca fui capaz de hacer. El día de sus quince años, pude colarme a la iglesia y verla de lejos con su hermoso vestido rosa. Me hubiese gustado ser yo quien la llevara del brazo, pero había perdido ese honor ──el hombre bajó la cabeza y comenzó a llorar. Nosotros por nuestra parte, nos acercamos a él y lo abrazamos. No entendía porque, pero los tres nos encontrábamos llorando de igual manera.
Ahí nos quedamos a su lado un largo rato, hasta que el celular de Gael sonó. Era un mensaje de Eddie preguntando cuando es que iríamos a casa para dar inicio con la fiesta. Por menos de un segundo, lo habíamos olvidado. Nos pusimos de pie y tratamos de hacer que don Valiente nos siguiera y así darle la sorpresa, pero el hombre no quería moverse.
──Escuche, usted nos enseñó la vida nos siempre va a ser como queremos. Que a veces las personas actúan de acuerdo con su forma ser y no como nosotros queremos que sean. Eso mismo ocurre aquí. No es su culpa lo que ellos decidieron. Ellos nunca fueron su familia, pero nosotros sí y queremos demostrarlo ──le dije mientras me inclinaba frente a él. Don valiente solo me sonrió y apartó un mechón de cabello de mi rostro.
──Me iré con ella, para que el testamento de mi antigua esposa tenga validez y ella y su hermano puedan cobrar lo que les corresponde. Esa fue la ultima voluntad de mi amada exesposa; que mis hijos convivieran conmigo, al menos un tiempo. Supongo que aun después de todo este tiempo, todavía sentía algo de afecto por este viejo.
──Es imposible no sentir afecto por alguien tan maravilloso ──aseguró Sophia.
Fue entonces cuando el hombre decidió seguirnos luego de nuestra insistencia. Se puso de pie y con ayuda de Gael avanzó junto a nosotros.
──¿Qué planean mis pequeños traviesos? ──nos dijo con voz cansada.
──Queremos demostrarle, cuantas personas de verdad lo quieren ──le respondí. Al llegar al patio trasero de la casa de Gael, todos los invitados lo recibieron entre aplausos y porras, haciendo que el hombre se echara a llorar al ver como todo el vecindario se había reunido para decirle adiós. Giro hacia nosotros y nos abrazó, mientras el resto de los presentes aplaudía y armaban un gran alboroto.
La expresión en su rostro será algo que jamás voy a olvidar. A veces, lo único que nos hace falta es sentirnos queridos. Sentir que hacemos falta y que nuestra ausencia será notoria el día que nos marchemos. Aquel día, logramos hacerle saber a ese hombre al que tanto amábamos, cuan importante era y seguiría siendo para nosotros, sin importar el tiempo el tipo de lazo que nos uniera.