Aquel día, volvimos a ser los mismos chiquillos pequeños e indefensos de antes. Lloramos con tal intensidad que nuestras familias tuvieron que arroparnos y darnos calmantes para hacernos dormir. Era como si el tiempo hubiese regresado, y otra vez estuviéramos en una de esas tantas pijamadas que acostumbrábamos a hacer. La diferencia era que esta vez, el chocolate no había sido el causante de nuestra repentina falta de sueño, sino que, en esta ocasión, los recuerdos, los remordimientos y los sentimientos que habíamos guardado en todo este tiempo, decidieron aparecer y manifestarse de forma abrumadora. Nos quedamos los tres juntos en la habitación de Gael, igual que cuando pequeños. No nos dimos cuenta del paso del tiempo hasta que Sophia despertó desorientada y trató de despertarnos para evitar quedarse sola. Gael despertó después de ella, pero yo tardé un poco más en hacerlo.
Eran cerca de las cinco de la madrugada cuando despertamos por fin. Teníamos los ojos hinchados y la cara roja. Nuestras narices goteaban y a ninguno le importaba. Sentíamos frio, y por esa razón nos acurrucamos en el suelo junto a la cama, ya que no cabíamos los tres sobre esta.
No hablamos, simplemente nos quedamos en silencio, observando detenidamente hacia la ventada que daba hacia el cementerio. Desde ahí, podían distinguirse algunas tumbas de personas que no conocíamos. Dieron las seis de la mañana y se escuchó el reloj de la catedral a lo lejos. Instintivamente, los tres giramos hacia la puerta de la habitación, pues sabíamos que la madre de los gemelos acostumbraba a entrar a esa hora, para dar los buenos días a sus hijos, aun si estos no habían despertado todavía. Al abrir la puerta, nos encontró a los tres en suelo, cubiertos con una manta y con las miradas completamente cansadas y perdidas. Nos observó un instante, tratando que sus lágrimas no la abandonaran en ese momento y después se acercó a nosotros. Tomó una almohada y se sentó a nuestro lado.
──Cuando eran niños, era muy hermoso venir a esta alcoba para darles los buenos días ──nos dijo con la mirada fija en la ventana──, recuerdo que Sophie y Mey, siempre dormían sobre la cama y enviaban a mis hijos y a Ness al suelo ──comentó con algo de burla. Los tres giramos hacia ella y la vimos con nostalgia──. Sin embargo, el tiempo continuó avanzando, y en un abrir y cerrar de ojos, la habitación comenzó a hacerse pequeña. Mis cinco niñitos se volvieron un grupo de jóvenes y eran tan grandes que, simplemente era imposible tenerlos a todos juntos aquí. Y poco a poco, uno tras otro, fueron abandonando el nido. Entrar a esta habitación, era lo que más me gustaba hacer por las mañanas. Veía a mis hijos dormir, y también podía ver a mis demás hijos que, aunque no llevan mi sangre, siempre han llevado mi cariño.
Los tres habíamos comenzado a llorar en silencio, mientras la madre de mis amigos nos arropaba y nos consolaba con calma. Era más que evidente que ella también se encontraba mal, pero de alguna manera, el poder compartir aquel dolor con nosotros, le ayudaba a poder afrontarlo y, para nosotros el saber que ella estaba ahí, brindándonos su calor, era en verdad gratificante y esperanzador.
──Yo también los extraño mucho ──comentó mientras se ponía de pie y se acercaba al armario para tomar otra sábana──. Y también las extrañé mucho a ustedes ──nos dijo a Sophia y a mí──. Este vecindario se ha vuelto callado y deprimente desde que ustedes se fueron. Hacen falta sus risas y travesuras. Hace falta ese pequeño grupo de chiquillos ruidosos.
La observamos con los ojos llorosos, mientras ella se inclinaba frente a nosotros y limpiaba el rostro de cada uno. Nos sonrió y nos dio un beso en la frente, después se incorporó y nos observó con aprecio.
──Dejen salir todo el dolor que ahora sienten. En un rato iremos a visitar a mi hijo, y no quiero que él nos vea de esta forma tan mediocre, ni a ustedes, ni a mí. Quiero que el vea a su hermano y sus amigas de la misma manera que siempre solieran ser; valientes, fuertes y audaces. Yo también trataré de hacer lo mismo. Los veré abajo cuando estén listos.
Acto seguido, abandonó la habitación dejándonos solos. Ahí permanecimos, en silencio por un largo rato, hasta que el sol entró por la ventana e iluminó la habitación. Fue entonces cuando Sophia se puso de pie y se paró frente a nosotros.
──Hoy, nosotras seremos los pilares que te ayudaran a ser fuerte ──le dijo a Gael, mientras me lanzaba una mirada que me indicaba que debía ponerme de pie a su lado. Así lo hice y me acomodé junto a ella.
──Evitaremos que te derrumbes ──le aseguré, aunque mi tono de voz no fue muy convincente. El chico sonrió con un aire triste. Se puso de pie y nos abrazó a ambas.
Aneth y Eva, se habían encargado de dejar nuestras maletas en casa de mi amigo, por lo cual, pudimos cambiarnos de ropa. Luego de un rato, pudimos bajar a la cocina, donde la madre de Gael se encontraba preparando un gran desayuno junto con Eva, quien no supe a que hora se supone que había llegado. Nos vieron bajar por las escaleras y nos saludaron invitándonos a tomar asiento a la mesa. Obedecimos en silencio y nos sentamos junto a Fátima, quien comida su cereal de forma callada.
Ninguno de los tres hablaba, principalmente porque no sabíamos lo que teníamos que decir. Permanecimos callados hasta que terminamos con el almuerzo. La platica quedó a cargo de los padres de mi amigo, Eva y Aneth, esta ultima se encargó de poner al tanto a los demás sobre la situación de mi familia en casa.
Para cuando todos habían terminado con sus alimentos, llego la hora de hacer una visita a la tumba de mi amigo.
No me sentía preparada, pero tampoco es como si los demás sí lo estuvieran. Nos pusimos de pie y seguimos a los adultos, como un pequeño grupo de cachorros.
Avanzamos hasta que llegamos a la entrada al cementerio. Fue ahí cuando apareció don valiente, abriendo el portón con algo más de dificultad de la que le recordaba.
Verlo fue como un rayo de luz, tanto para mí, como para mis amigos, pues apenas lo vimos, nos acercamos a él de forma rápida y sorpresiva.
El hombre se sorprendió un poco pero no se molestó por la forma tan agresiva con la que nos acercamos a su persona.
──Se tardaron, ¿ya se habían olvidado de su viejo? ──nos dijo con voz cansada pero amable. Los tres lo observamos, casi suplicantes. Él supo enseguida lo que pasaba y nos sonrió, luego observó a los adultos que nos acompañaban y les dijo:
──¿Por qué no dejan que vayan primero conmigo? Este es un asunto oficial de su majestad y es mejor atenderlo en privado.
Don valiente, era uno de esos pocos adultos que aún nos seguían en cada una de las locuras que se nos ocurrían, pero también, era un adulto sabio y respetable, a quien mi familia tenia gran estima. Por esa razón, tanto los padres de mis amigos, como nuestros demás acompañantes, no pusieron ninguna objeción a su petición y nos dejaron ir con él.
Avanzamos entre las tumbas, hasta llegar a la de nuestro amigo. Estando ahí, los tres nos echamos a llorar un buen rato, mientras don Valiente se quitaba su sombrero de forma respetuosa y nos observaba sin decir nada. Lloramos y expresamos lo mejor que pudimos todos nuestros sentimientos por Joss y también por Ness. La pandilla no era lo mismo sin ellos y nosotros, tampoco éramos los mismos. Sophia y yo, limpiamos su lapida y reacomodamos las flores y las fotografías que se encontraban ahí, evitando verlas fijamente, pues los recuerdos nos volvían a derrumbar. Gael, por su parte, se quedó junto a don Valiente, mientras este le ofrecía un vaso con agua. El chico tenia la mirada clavada en el suelo y sus manos y piernas se encontraban temblando. Me le acerqué y lo tomé de la mano.
──Un año es mucho tiempo para estar llorando ──le dije, repitiendo las mismas palabras que me dije luego del primer aniversario de la muerte de Ness. Gael levantó la vista y me sonrió con una sonrisa cubierta de lágrimas. Supe entonces que esas lágrimas estaban tratando de limpiar su deteriorada alma y lo invité a ponerse de pie para que se acercará a la tumba. Don valiente se puso de pie y se acercó junto a nosotros. Sophia ya se encontraba frente a la tumba, con las manos entrelazadas al frente y la cabeza baja.
──Mi adorado caballero ──dije, tratando de sonar solemne──, hoy nos hemos reunido aquí en tu honor. Debes saber que este ultimo año, ha sido algo tormentoso para cada uno de nosotros. ¿ahora puedes ver la falta que nos haces? Gracias a tu partida, tu reina se siente indefensa. Eso no es justo y lo sabes. Deberías al menos poder visitarnos alguna vez. No somos desconocidos, ¿recuerdas? ¡somos tu pandilla! Estaremos siempre aquí para ti. Y, ya que estás cerca, dale un golpe de mi parte a Ness y dile que aun no lo he perdonado por dejarme así… y creo que tampoco podre perdonarte a ti hoy.
Sophia se encontraba llorando, por lo que don valiente tuvo que sostenerla para evitar que cayera.
──¡Hey clon! ──dijo de pronto Gael, tomándonos por sorpresa──. No tienes que preocuparte por nuestras chicas, porque voy a protegerlas con mi vida si es necesario. Y tampoco te preocupes por nuestros padres, haré que ambos estén orgullos de nosotros. Por Fátima, bueno, sé que no te preocupas por ella, de todos ella siempre ha sido la más fuerte, pero aun así te juro que haré que se sienta feliz ──tomó mi mano con fuerza y trato de sonreír, aunque las lágrimas deseaban escapar de sus hinchados ojos. Sophia se acercó a nosotros.
──¡Hola cuñado! ──saludo con la voz rota──, creo que ahora sabes que ya no soy tu cuñada, pero no importa, porque sigo siendo tu amiga, ¿verdad? Sigo siendo la amiga a la que llamarías para enfrentar cualquier pelea, ¿verdad? Sé que lo soy, pero ahora, no tengo quien me acompañe en mis batallas. ¡Eras mi mejor amigo tonto! Y hasta ahora me vengo dando cuenta de lo vacía que es mi vida sin poder pelear contigo. Pero no te preocupes, porque no estoy sola ¡Mira! Tu hermano y tu primer amor están aquí. Siempre han estado aquí, y estoy segura de que siempre lo estarán. Así es que, aun si ahora no puedes estar aquí, no te preocupes, estaremos bien. Gracias por haberme permitido ser tu amiga.
Don valiente se nos acercó y nos abrazó mientras nosotros sollozábamos en silencio.
Decir adiós es un acto de lleno de valentía que no cualquiera es capaz de enfrentar, pero, sin embargo, todos tenemos que hacerlo algún día. No sabes cuando, ni donde, pero eventualmente llegara el día en el que tengamos que enfrentarnos a alguna dolorosa despedida. Y es muy probable que no estemos preparados del todo para ello. Sin embargo, hacerle frente y darnos cuenta de lo inevitable que este hecho es, solo nos ayuda a prepararnos para ello. Tenemos que dejar ir a las personas, ya sea que lo queramos o no. Tenemos que llorar su perdida, pero también tenemos que aprender de ella ──un año es mucho tiempo para estar llorando──. No podemos perdernos y olvidarnos del camino, dejando que esa despedida sea en vano. Tenemos que vivir, aun si no tenemos deseos de ello ──Avanzar para poder continuar── que fácil suena decirlo y que difícil es implementarlo.
Regresamos de vuelta a la entrada, donde esperábamos encontrarnos con nuestros acompañantes, pero estos no se encontraban. En el transcurso del camino, notamos como don valiente sufría un poco más para caminar, pues lo hacia más lento y con un poco más de dificultad que la ultima vez. Al ponerle un poco más de atención, pude percatarme de que su rostro tenía muchas más arrugas y que ahora se veía cansado y sombrío. Me detuve mientras los demás continuaban y traté de razonar un poco.
──¿Está enfermo? ──cuestioné haciendo que todos se detuvieran y giraran hacia mí. El hombre solo bajó la mirada y emitió una media sonrisa.
──¡Ay mija! Un viejo como yo, siempre está enfermo ──respondió sin darle importancia. Sophia y Gael abrieron los ojos de golpe y se le acercaron. Supongo que, en ese momento, se dieron cuenta del estado en el que se encontraba. De inmediato se le acercaron.
──¿Cómo puede decir eso? ──replicó mi prima algo dolida. El hombre tomó asiento en una vieja banca, con algo de dificultad y después nos observó cansado.
──A estas alturas ya deben de saber que nadie es eterno, mijos. Este viejo ya ha recorrido un buen tramo del camino, es normal que este cansado.
──Si estás cansado puedes pedirnos ayuda, lo sabes ──le dijo Gael mientras se sentaba su lado.
──Somos familia, siempre lo vamos a apoyar ──aseguré. Sin embargo, el hombre nos vio con tristeza.
──Mucho me temo que las cosas no serán así, mija ──respondió nervioso──. Estos son mis últimos días aquí. Dentro de poco una de mis hijas vendrá a buscarme para llevarme con ella.
──¡¿QUEEÉ?! ──expresamos los tres al unísono.
Era en verdad injusto para nosotros escuchar aquello. Desde que tenia memoria, don valiente siempre fue un hombre solitario al que su familia simplemente había decidido olvidar. Cada año, en navidad, nos encargábamos de visitarlo y dejarle algunos obsequios. Festejábamos juntos sus cumpleaños y fechas especiales. Él se encargo de cuidarnos cuando hacíamos una u otra travesura en la colonia. Él era nuestro mayor confidente cuando niños. Era parte de nuestra familia y ahora, una desconocida pretendía quitárnoslo. Alejarlo de nosotros y reclamar su cariño como si todos los años de abandono no importaran. Eso era algo que sencillamente no podíamos tolerar. Sin embargo, no supimos expresarlo con palabras. Estábamos molestos, eso fue claro, pero por desgracia, nuestras expresiones faciales fueron malinterpretadas por el hombre, quien creyó que nuestra furia estaba dirigida hacia él. Bajó la cabeza y evitó vernos a la cara.
──¿Cuándo planeas irte? ──preguntó Gael.
──Dentro de unos días.
──No, ¡NO QUIERO! ──expresé mientras les daba la espalda── ¡ELLA NO ES SU FAMILIA, NOSOTROS SÍ! ──el hombre levantó la mirada, comprendiendo el porque de nuestro malestar. Nos vio con cariño y nos sonrió aliviado, pues comprendió que nuestro malestar no tenía que ver con su persona.
──Son unos niños aun y no podrán entender esto ahora, pero en algunos años, comprenderán que esto es lo mejor.
──Alejarse de las personas que lo quieren y se preocupan por usted, no es lo mejor para nadie ──replicó sabiamente mi prima. Sin embargo, éramos consientes de que ninguna de nuestras palabras lo harían cambiar de parecer. Éramos aún muy jóvenes para poder comprender las decisiones de los adultos. Aunque eso no significaba que no nos dolieran igual.
Continuamos avanzando hasta que llegamos al portón principal donde, en lugar de nuestras familias, encontramos a una mujer joven. Era de baja estatura y algo rechoncha, tenia la piel morena y el cabello corto. Nos vio con enfado y luego se acercó a don valiente, mientras nos ignoraba descaradamente.
──¡Papá! ──dijo en un tono alarmante. En ese momento los tres cruzamos miradas y supimos que, aun sin conocer a esa mujer, ya la odiábamos. Ella por su parte se acercó al hombre y lo tomó del hombro para ayudarlo a caminar. Luego giró hacia nosotros y nos vio con una expresión severa en el rostro── ¿Cómo se les ocurre hacer que mi padre se fatigue? ¿no ven acaso que está enfermo? ¿Quién demonios son ustedes para hacerlo trabajar en su día libre? ──la sangre me hervía. Me importó una mierda quien era esa mujer y lo que pretendía. Me acerqué a ella y la reté con la mirada.
──¿Qué quienes somos? Aquí la única pregunta es, ¿Quién demonios es usted? Es la primera vez que se le por estos lares. La primera vez que alguien ajeno a esta colonia se preocupa por don valiente. No pretenda fingir ahora que le preocupa lo que pase con él porque en todos estos años, los únicos que se han preocupado por Don Valiente somos nosotros.
──¿Don Valiente?
──Sí ──respondimos los tres. La mujer volvió a ignorarnos y giró hacia el hombre.
──¿Quiénes son estos niños? ──le preguntó molesta. El hombre sonrió.
──Ellos son mi familia, mija. La familia más bonita que pude encontrar.