¡NO ESTÁS SOLO! Y YO TAMPOCO LO ESTOY

2966 Words
Desde que tengo uso razón, he sido solo una amiga de paso en mis variados círculos sociales. La amiga temporaria o la amiga de reemplazo. He llegado tarde a la vida de mis supuestos amigos. He sido llamada erróneamente amiga, cuando la verdad es que solo estaba usurpando el lugar de alguien más. Solo llenaba el hueco que otros habían generado. Era consciente de ello, pero me engañaba a mí misma, haciéndome creer que aquellas amistades de verdad eran todo lo que anhelaba. Mi ilusión era tan grande, que el día que todo terminó y regresé de nueva cuenta a retomar mi lugar, no supe que hacer. Me había convertido en su salvavidas y los había rescatado tantas veces, que al final, terminaron lanzándome al fondo sola y no supe como regresar a la superficie. Tenía miedo y, creo que aún lo tengo, de volverme cercana a una persona, entregar todo lo que soy y crear un vínculo de fraternidad, que al final, sin ninguna explicación terminará desmoronándose y dejándome otra vez sin nada.   Rota, vacía y sola. Ya no. Porque, sí somos honestos… yo no me merezco esta mierda.   Al final, ellos siempre tienen a donde volver. Tienen con quien llorar, con quien reír, con quien dejar salir todo lo que los lastima o los hace felices, pero yo no. Yo no tengo a nadie. Yo pasó las noches, encerrada, sola, preguntándome ¿qué hice mal? ¿qué me faltó? o ¿en qué fallé? Siempre soy yo quien pierde, y eso no es justo, eso es cruel.   Yo nunca había rogado por flores. Yo nunca había rogado por un abrazo o un “te quiero”. ¡YO ERA UNA PUTA REINA! ¡YO ESTABA EN UN MALDITO PEDESTAL! pero un día me caí y coloqué a los demás en ese lugar. Perdí la corona y se la entregué a alguien más. Dejé de ser una reina, y me volví una simple campesina. Una mendiga que ruega por que los demás le den un poco de atención… y no debería. Yo no debería rogar por nada, pero al final, siempre terminó haciéndolo.   Me encantaría dejar de ser temporal. Me encantaría dejar de tener miedo de llamar a alguien “amigo” sin pensar en cuanto tiempo durara eso. Sería hermoso poder cumplir todas las metas que, se supone, completaríamos juntos pero que ahora, tengo que hacer sola. Pues me he estado esforzando todos los días, por cumplir con ellas. Ellos lo han olvidado, o tal vez, nunca les importaron, pero para mí, son todo lo que me queda. Son un pequeño tesoro que aún conservó para mí. Me quedan cientos de recuerdos. Cientos de historias y anécdotas y en ocasiones, son esos recuerdos los que me impulsan a no darme por vencida. Sé que la gran mayoría de ellos lo han olvidado y, no puedo culparlos por ello. Siempre fui yo, la dramática del grupo. Ellos siempre tuvieron la cabeza fría y tomaron las cosas de la manera más lógica posible; olvidar para poder continuar. Quisiera poder decir que pude hacer lo mismo y que el día de hoy no me duele recordar nada de eso, pero soy una estúpida que sigue preguntándose ¿Cuándo es que todo se fue a la mierda? Sigo reclamándome todos los días por no haber podido ser lo suficientemente buena para ellos y me odio por ello, pues soy consciente de que no tengo que cargar con ese peso. No es mi culpa y lo sé, pero no puedo evitar que ese sentimiento permanezca en mi mente y forme un enorme nudo sobre mi pecho.   Me muero de envidia cada vez que salgo a la calle y puedo ver a los grupos de jóvenes que, contentos ríen y se divierten con sus amigos. Ese simple hecho, parece ser algo tan normal y común, pero en mí no lo es. La mayor parte del tiempo estoy sola, salvo por las pocas e intermitentes veces que logro pertenecer a un grupo y formar parte de algo. Aunque la emoción no dura mucho, pues al poco tiempo de disfrutar de la compañía de alguien, esos tormentosos recuerdos del pasado hacen lujo de presencia para recordarme lo efímera que puede ser mi felicidad. A menudo, ver series, novelas, dramas o anime, me deprime. Envidio la vida de las protagonistas. No por la hermosa historia de amor que les toca vivir, o por la fortuna que pueden llegar a conseguir. Sino por esas increíbles amistades que permanecen a su lado, sin importar nada. Amigos leales y verdaderos que siempre están dispuestos a apoyar al héroe de la historia, aun cuando desconocen el desenlace que puede llegar a ocurrir, o las consecuencias que esto puede traer consigo. Yo también tenía eso, pero un día, en algún punto de mi historia, lo perdí. O es tal vez, que no soy la heroína de mi propio cuento y soy solo tal vez, esa amiga de apoyo en la historia de alguien más. Eso suena más creíble. Ser el personaje secundario, va más con la personalidad de alguien como yo, que siempre ha estado acostumbrada a estar bajo las sombras. Sin embargo, no lo acepto, no lo quiero y no lo tolero. He vivido siempre bajo las sombras de los demás y no quiero seguir haciéndolo.   ¡ESTA ES MI PUTA HISTORIA Y LA ÚNICA PROTAGONISTA ¡VOY A SER YO!   Puedo ser el personaje secundario de cientos de historias. La hermanastra fea, la bruja malvada, etc. Pero, en mi historia, sin lugar a duda, puedo ser todo lo que me dé la gana ser. La heroína, la princesa… la reina o la guerrera.   Yo también quería tener esos increíbles amigos de esas historias. También quería tener ese grupo inseparable que, sin importar el tiempo o las circunstancias, logran demostrar que su amistad es suficiente para enfrentar lo que sea. Yo también quería que los hijos de mis amigos me llamaran “tía”, verlos crecer y ver cómo, tanto mis amigos como yo, habíamos logrado lo que tantas veces nos dijimos que haríamos. Yo también quería todo eso… pero la vida se rio en mi cara y me demostró que a veces, no se puede obtener lo que se quiere.   Hubiese sido hermoso. Hubiese sido perfecto… sin embargo, el “hubiera” no existe. O al menos, eso es lo que los adultos dicen.   No existe, pero igual, duele mucho.   Imaginar, como hubiese sido mi vida si mis amigos no se hubieran ido nunca, se volvió de pronto, uno de mis pasatiempos favoritos. Cientos de novelas maravillosas comenzaron a tomar forma dentro de mi cabeza. Escenarios hermosos se presentaron y cuando menos lo pensé, la realidad comenzó a verse menos interesante. La fantasía de tenerlos conmigo, me hizo creer que de verdad que eso podría llegar a pasar. Aun cuando era más que evidente que no podría ser así.   Me volví un poco más loca de lo que ya de por sí era. Hablaba como si ellos aun estuvieran aquí y sus nombres aparecían constantemente en mis conversaciones con terceros. Mis padres comenzaron a preocuparse por ello. A menudo, trataban de hacerme entender que ellos no estaban más junto a mí, pero yo seguía negándome a ello.   «Ellos no pueden irse. Ellos nunca dejarían sola a su reina»   Me estaba engañando y algo dentro de mí lo sabía. Lo sabía muy bien, pero esa fantasía era el único mecanismo de defensa que me quedaba y me negaba a perderlo.   Las personas suelen normalizar el duelo que surge luego de una ruptura amorosa o familiar, pero restan importancia al dolor que provoca la pérdida de un amigo. Sin embargo, existe y causa una gran cantidad de conflicto en la vida de quien lo padece. Puedo asegurarlo, ya que me ha tocado vivirlo en carne propia. Las relaciones personales, son importantes en cada uno de sus ámbitos. El ámbito familiar, el ámbito sentimental y desde luego, el ámbito fraterno. Es importante recordarlo y darle la atención adecuada. Pues, si bien es cierto que las personas van y vienen, también es cierto que los recuerdos, los sentimientos y las enseñanzas, son difíciles de duplicar. Nada ocurre dos veces de la misma manera y eso aplica también para esto. Nada te asegura que recibirás el mismo tipo de amistad que perdiste. Nada te asegura que volverás a sentir esa confianza y ese sentimiento de pertenencia. Sin embargo, aventurarse a buscarlo, es sin lugar a duda, la mejor elección de todas. No es seguro que obtendrás lo que buscas, pero sí es seguro que obtendrás algo, ya sea una decepción, una enseñanza o un recuerdo, y eso siempre será una victoria asegurada, pues aprender, es también parte de la vida misma.   Perder a alguien tan cercano como lo es un amigo de la infancia, duele mucho. Es como si una parte de tu ser se fuera con esa persona. Ahora, imagina perder a todos a la vez. ¿Dónde quedan tus esperanzas? ¿A dónde van todos esos recuerdos? No es justo que una sola persona cargue con todo eso. No es justo que una sola persona tenga que vivir con ese dolor y se quede llena de recuerdos que le lastiman. Eso es crueldad.   Sin embargo, pese a que parece ser de esta manera, lo cierto es que no ocurre así. Aunque no sea del todo claro, alguien más también guarda esos recuerdos de forma indirecta. Alguien más estuvo ahí, presente. Es solo que fue un personaje secundario al que nadie prestó atención. Sin embargo, fue participe de forma indirecta de aquellos recuerdos que te son preciados. No lo recuerdas, y es normal no hacerlo, pues es difícil prestar atención a algo cuando tu felicidad esta justo frente a ti. Pero, si recordamos un poco el pasado, con algo más de detalle, sabremos que hay algún desconocido allá afuera, que comparte de igual manera nuestros recuerdos. El maestro de clase, que estuvo presente cuando conociste a tus compañeros. El vecino de al lado, que fue testigo de las veces que te reunías con tus amigos para jugar en la calle. El tendero que los veía entrar y comprar caramelos, etc. Esos cuantos, desconocidos, que parecían no figurar nada en aquellos recuerdos, los comparten contigo desde una perspectiva diferente. Esos recuerdos siguen vivos e incluso, alimentan otras historias que tal vez desconozcas, pero que también, pueden ser importantes para alguien más.   Por esa razón, no importa que tan desolado parezca el panorama, no estás solo… y yo tampoco lo estoy.       La relación con mi madre se vio fracturada. Ella no lo dijo, pero yo sabía que estaba algo harta de tener que lidiar con mi fatídica forma de ser. Estaba cansada y era comprensible, pues cada noche salía a casa de mis abuelos para cuidar a su padre y ayudar a mi abuela. Por la mañana regresaba y trataba de descansar un poco en casa, lo cual no era del todo fácil, ya que mi padre no estaba acostumbrado a las labores domésticas y yo, era una completa inútil, lo cual me hacía más un estorbo que una ayuda. Creo que, en todo ese tiempo, mi madre solo pudo contar con el apoyo de mi hermano, quien la ayudó en todo lo que pudo sin reclamar o quejarse por ello. Yo trataba de hacer lo mismo, pero no podía. La mayor parte del tiempo estaba cansada y solo quería dormir. Quería decirlo, pero, sabía que no había justificación para ello. Mi madre y mi hermano se encargaban del cuidado de mi abuelo, mientras mi padre se encargaba de mantener las cosas en orden en casa, además de encargarse de todos los gastos médicos que se generaron en base a todo esto. La situación se volvió tan tensa, que prácticamente, me quede sola en casa un mes entero. De vez en cuando relevaba a mi hermano, para que pudiera descansar, pero lo cierto es que no hice mucho. En el transcurso de ese tiempo, no hablé con ninguno de mis amigos. Es más, creo que ni siquiera lo intenté. Recuerdo que Sophia me llamaba de vez en cuando pero simplemente dejaba el celular hasta que dejaba de sonar y me acurrucaba en la cama. No me sentía capaz de escuchar su voz. Me daba vergüenza. Con el único con el que hablaba de forma intermitente, era con Eddie, quien, gracias a Gael y Eva, había conseguido mi número telefónico. Era un consuelo muy grande, poder encontrar a alguien para desahogarme. Era como mi refugio en el que podía respirar tranquila. Sin embargo, eso me hacía sentir culpable, pues sabía que ni Gael, ni Sophia, merecían la forma como me estaba comportando. Pero no tenía cara para hablar con ellos en ese momento. Ni siquiera tenía idea de lo que podía decir. En realidad, no tenía idea de nada. Volví a comportarme como una «zombi», caminaba por simple inercia, e incluso en ocasiones, olvidaba comer o beber. Mi rutina, era simplemente, despertar, lavar mi cara y dientes y ponerme a limpiar lo que sea que tuviera en frente. Sin darme cuenta, mis manos se habían dañado por el detergente y mis uñas estaban tan cortas, que cualquier roce, hacía que sangraran.   Recuerdo que eran principios de mayo, cuando desperté y me dirigí a la cocina. Como era habitual, la casa estaba vacía. Saqué la leche del refrigerador y traté de servirla en un vaso. No sé porque hice esto, nunca fui fanática de tomar lácteos. Sin embargo, ese día tomé un vaso de cristal y traté de vaciar el líquido en este. Para cuando me di cuenta, el vaso había escapado de mis manos y se había dado de lleno contra el suelo, manchándolo de blanco. Me quedé un largo rato con la mirada perdida en la nada. Por mi mente pasaron miles y miles de pensamientos que me parecieron absurdos. Di la vuelta, dispuesta a regresar a la cama, cuando mi pie descalzo tocó el líquido del piso. Bajé la mirada y aquella mancha me dio pánico. Reaccioné de una forma ridículamente exagerada y de inmediato busqué un trapo y agua para comenzar a limpiar aquel desastre. Me tiré al suelo y comencé a limpiar, restregando el trapo contra la mancha para poder atrapar el líquido y depositarlo en un balde vacío. En seguida, tomé un trapo limpio, vacié agua y jabón y comencé a restregar el piso con desesperación mientras, sin ninguna clase de razón, las lágrimas comenzaban a nublar mi vista. Mi celular comenzó a sonar, haciendo que el ruido me pusiera aún más tensa. Comencé a restregar con mayor fuerza el suelo, haciendo que mis manos sangraran por el roce. Sin embargo, no era consciente de ello. Las lágrimas nublaban mi vista, pero no dejé de continuar con mi tarea. En ese momento, no sentí ninguna clase de dolor. Lo único que sentía, era una desesperación tremenda. El celular continuaba sonando, haciendo que mis nervios aumentaran. Mis manos comenzaron a temblar, al igual que mis piernas. Quería detenerme, pero no podía y el dolor comenzó a hacerse presente. Quería parar, pero mi cuerpo no me obedecía. El celular continuaba sonando y su sonido me erizaba la piel. Las lágrimas no dejaban de salir y mi cuerpo, no dejaba de temblar.   ─¡Meyreth! ─escuché que alguien me llamó. Se acercó corriendo hacia mí y me rodeó con sus brazos, haciendo que parara. Escuché como alguien más entraba en la habitación y decía algo, pero no recuerdo qué. Hundí la cara en el pecho de la persona que me tenía sujeta y comencé a llorar sin razón aparente. Para cuando alcé la vista, me encontré con el rostro de mi tío Ernesto, quien me veía con lastima. No me preguntó lo que había pasado, ni la razón por la que me encontraba así. Supongo, que al igual que mis padres, se había cansado de hacerlo. Mi tía se encontraba en la habitación buscando medicamento y vendas para atender mis heridas. Tomó mi celular y vio todas las llamadas perdidas que había. No dijo nada, solo observó a mi tío de forma cómplice y este de inmediato entendió.   ─Mey, querida, ¿atendiste alguna de esas llamadas? ─preguntó mi tío con calma. ─No ─. Respondí entre un balbuceo. Mi tío suspiró y me ayudó a ponerme de pie. ─Entonces, ¿no sabes lo que ha pasado? ─preguntó tomándome por los hombros. Yo me negué con la cabeza. Mis tíos intercambiaron miradas y me hicieron sentarme al borde de la cama. Esta no era para nada, una buena señal. Algo malo había pasado y eso me asustó sobre manera. ─¿Dónde están mis padres? ─pregunté rápidamente─ ¿Dónde está mi hermano? ─Cálmate linda, ellos están bien ─dijo mi tía tratando de calmarme. ─¿Entonces?   Mis tíos volvieron a cruzar y bajar la mirada, buscando la manera de hablar conmigo.   ─Escucha, bonita, tienes que prometer que tomaras esto con calma, porque sin importar lo que voy a decirte ahora, debes entender que no pasaras por esto sola. Estaremos aquí, contigo. Todos lo haremos. ¿Me prometes que trataras de calmarte? ─me dijo mi tío como si hablara con una niña pequeña. Moví la cabeza y él suspiró─. La semana pasada, tu tía Flor fue ingresada al hospital, gravemente enferma. Luchó por unos días, pero al final… ─¿Murió? ─le interrumpí─, ¿mi tía Flor murió? ─mi tío bajó la mirada y movió la cabeza. ─Tus padres están ahora en el hospital, junto a tu tío Rodrigo.   El aire me hizo falta por un momento, pero no fui capaz de quejarme por ello. Lo único que me permití, fue dejar escapar todas mis lágrimas en el pecho de mi tío, mientras este, me abrazaba y trataba de ocultar las suyas.
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