Mady era rápida sirviendo bebidas. Sus zapatos de tacón no le impedían moverse con celeridad detrás de la barra. Incluso Steve estaba sorprendido, pues atendía sin parar y atraía a los hombres a su zona, los cuales consumían sin parar. Reconocía que observar a Mady era un espectáculo erótico; suponía dar placer a la mirada, ya que sus movimientos sensuales, aderezados con una sonrisa capaz de derretir el glaciar más grande, atraía a todos a su alrededor. Esa chica le gustaba más de lo que creía y se excitó con sólo mirarla. Pronto recordó que él era el jefe y su norma, una norma sagrada, era la de no acostarse con sus chicas. Steve dejó de estar pendiente de ella y se fue a servir copas a la otra punta de la barra, pues lo que empezaba a sentir no le gustaba nada de nada y era más fácil engañarse y no pensar en ello estando lejos, como si eso gesto fuera suficiente e hiciera desaparecer la atracción que sentía por esa mujer. En cambio, a Mady el ajetreo de la noche le sirvió para olvidarse del desconocido y, cuando los recuerdos amenazaban con salir, se apresuraba a expulsarlos. Sin embargo, aquella relativa paz se esfumó en cuanto el desconocido se plantó delante de la barra, exigiéndole toda su atención. Sólo hizo falta una mirada azul océano para que a Mady la sonrisa se le borrara del rostro y se quedara quieta como una estatua de mármol. Sus emociones se agolparon en su interior y clamaron más allá de la desesperación, exigiendo salir de una cárcel de oscuros barrotes. No obstante, logró ganar la batalla y los mantuvo recluidos, ahogados en su decepción. Entonces hizo como que no lo conocía y siguió con su trabajo de servir bebidas. Se sintió agradecida por contar con la barra como escudo e intentó ignorarlo, cosa que en un principio consiguió con más pena que gloria, porque las manos no dejaban de temblarle, y servir cualquier líquido en un vaso se convirtió en un arduo trabajo.
Por su parte, Varek la observaba con ojos de cazador sabiendo de su poder, de su ego regado por los años de éxito y de cosechas. Rio por lo bajo cuando ella lo ignoró; sabía que lo había reconocido, pues la expresión de sorpresa de ella lo dejaba claro y, por más que intentó disimularlo siguiendo con la labor de servir copas, no lo estaba logrando. A él no lo engañaba. Tuvo el impulso de besarla en los labios a modo de saludo, susurrarle «Hola, no puedo olvidarte» mientras acariciaba con su aliento el arco de su cuello, pero ella seguramente lo hubiese rechazado, su lenguaje corporal así se lo decía. Aquella necesidad de agarrarla y besarla nacida de lo más profundo de su ser, algo que nunca le había surgido con nadie, ni cuando su cuerpo demandaba sexo con Rebeca, lo turbó lo suficiente como para tomarse un buen whisky. Quiso pedir uno, pero ella le estaba preparando un gin-tonic a un cliente. Pensaba esperar a que acabara; además, esa excusa le serviría para iniciar una conversación, y entonces le haría la proposición.
—¿Qué quiere tomar? —preguntó Steve incrédulo; lo había reconocido, era el mismo de la noche anterior, el que le pidió que Sirena le realizara un striptease privado. Se había dado cuenta de que no le quitaba ojo a Mady, que estaba allí por ella y, aunque era normal que los hombres la miraran y babearan, en los profundos ojos azules de ese cliente vio algo más. Además, Mady se estaba poniendo nerviosa; la conocía muy bien y su comportamiento no era el de costumbre. ¿Qué demonios había pasado en el reservado? La joven no había querido explicarle nada; él tampoco había insistido para que lo hiciera, pero no iba a dejar que aquel tipo se acercara a ella. A sus chicas nadie las tocaba, y mucho menos a Sirena.
La música era marchosa e invitaba a bailar, a consumir alcohol, a dejarse llevar por los placeres. Allí el frenesí se desnudaba y la vergüenza desaparecía, el delirio era un cliente más, todo era alegría y buen rollo. Fuera quedaban las preocupaciones, esperando a que el nuevo día los hiciera resucitar. Sin embargo, el lugar donde estaban Varek y Steve se convirtió en un oasis de oscuridad y crispación.
Ambos se miraban, retándose silenciosamente. A pesar de la diferencia de estilos, pues Steve vestía con ropa urbana y Varek era la elegancia personificada, quedaba claro que los dos eran de temer. Dos gigantes de cuerpos robustos, personalidades fuertes y orgullos intocables. Si estallara un terremoto, ambos se mantendrían donde estaban, pues permanecerían clavados en el suelo, combatiendo en silencio por ver quién era el que aguantaba de pie sin caer.
Las luces de neón, que estaban colocadas sobre la barra para hacerla resaltar, iluminaban el vestido blanco de licra que llevaba Mady. Esto provocaba que la tela resplandeciera y tomara un aspecto fluorescente. La figura femenina destacaba como un halo de luz etérea y, si a eso se le unía su sensualidad de movimientos, daba la sensación de que aquella mujer había salido de un sueño erótico. Varek se excitó por momentos; no podía dejar de mirarla, de verdad que necesitaba un whisky con urgencia... o mejor dos, o tres.
Como si ella percibiera sus ojos azules clavados en su cuerpo, lo miró de soslayo mientras ponía una rodajita de pepino a un gin-tonic. Era tanto el deseo que vio esparcido en sus brillantes ojos que la bebida se le derramó. No pudo reprimirse, su tanga se humedeció y sus pezones tomaron el aspecto de dos cumbres con ganas de ser culminadas por la tibia lengua de aquel hombre. Lo peor de todo fue que la fina licra del vestido la delató y no le hizo falta mirar los ojos del desconocido para saber que él tenía puesta su mirada en esa parte de su anatomía. Ojalá se hubiera puesto otro vestido; un hábito de monja, por ejemplo.
—Repito, ya que veo que es usted sordo: ¿qué quiere tomar? — preguntó de nuevo Steve.
—Quiero que me sirva ella —dijo lentamente el abogado, observando de reojo a la mujer.
—Ella está allí y yo aquí, amigo —explicó Steve—. Así que pide tu bebida o márchate, que hay gente que espera.
—No soy tu amigo —especificó entre dientes.
—Ni yo el tuyo. A Varek se le acababa la paciencia, y por ello pronunció despacio cada palabra.
—Quiero que me sirva ella, ¿entiendes? Era evidente que ninguno de los dos iba a ceder. Una sonrisa torcida se esbozó en los labios de Steve. Bien.
Ese desgraciado hijo de puta estaba haciendo méritos para que lo echara a patadas. De pronto la idea le gustó. Patearle el trasero y dejar la estampa de sus botas militares en sus pantalones de marca color marengo lo hizo sonreír. ¡Cómo deseaba quitarle esa expresión de grandeza del rostro! Varek no tardó ni un segundo en leerle los pensamientos. Si ese gilipollas troglodita creía que se lo iba a poner fácil, estaba muy equivocado. Las batallas no se ganaban con los puños, sino que la fuerza residía en la inteligencia y en buscar el mejor momento para ponerla en marcha. La paciencia era una gran virtud, y él era muy pero que muy paciente. Nunca había perdido un juicio, y desde luego que no dejaría que ese pedante engreído ganara la partida. De momento pediría su consumición; después, según los acontecimientos, decidía cómo abordar a Sirena para que accediera a hablar con él a solas. De hecho, tenía toda la noche para conseguir su objetivo.
—Está bien, ponme un whisky doble con hielo. El caso era que Sirena estaba a la expectativa; se había dado cuenta de la tensión existente entre ambos hombres, de cómo estos se estudiaban... parecía que estuvieran a punto de pelearse. Aquella realidad la preocupó; en cierta manera sabía que la crispación que se palpaba —incluso a esa distancia— era por su culpa. No dudó ni un segundo en acercarse en un intento de suavizar la situación.
—¿Qué le pongo? —pidió ella, como si no lo conociera, con un tono servicial y una sonrisa postiza grabada en su bello rostro.
—Ya ha pedido, ve a tu zona —le dijo Steve.
De pronto a Varek se le nublaron los pensamientos. Por un lado ella seguía en la tesitura de hacer ver que no lo conocía cuando en realidad habían compartido unos momentos muy placenteros. ¿Acaso era habitual que le sucedieran cosas así? ¿Tan normal era para ella olvidar completamente a sus amantes? Porque eso significaba que debería tener una lista muy larga. Por otro lado, Steve se mostraba posesivo con Sirena, como si le perteneciera y fueran algo más que camarera y jefe. La cabeza le iba a estallar. Sus deducciones lo enfurecieron y tuvo que unir a toda prisa cada mota de serenidad que pudo encontrar en su interior. Imaginó a muchos hombres, entre ellos Steve, disfrutando de ese cuerpo sinuoso creado para el placer, y no le gustó. Quiso rugir como un animal defendiendo su derecho a copular con su hembra. Arrugó el entrecejo pasmado con su reacción: ¿desde cuándo actuaba con aquel instinto de macho alfa? Varek los miró alternativamente, y se sintió idiota: quería ser él el que estuviera detrás de la barra, cerca de ella, que lo envolviera con su aroma de mujer. Apretó los puños, descargando en ese gesto las ganas de machacar a aquel imbécil a puñetazos.
—He pedido un whisky doble con hielo —informó él dirigiéndose a la chica—. Me gustaría que me lo sirvieras tú. —Acto seguido, se sacó dos billetes de cien dólares—. Puedes quedarte con el cambio. Steve miró al tipo con desprecio: el muy idiota mostraba su grandeza con el dinero.
—¿Acaso la tienes tan pequeña que tienes que comprar la atención de una mujer? —lo provocó Steve. A pesar de que un remix de Britney Spears sonaba en el local, entre ellos tres se hizo un enorme silencio. Mady contuvo el aliento, temerosa de lo que pudiera ocurrir a continuación. En la pista se desplegaba una marea de cuerpos que danzaba sin parar al son de la música, a la que se le unían melodías de risas y luces de colores que acariciaban cuerpos semidesnudos en las tarimas de las gogós. Sin embargo, ellos estaban ajenos a la fiesta y al desenfreno. Fue Steve el que primero rompió con la quietud, pues alargó una mano con intención de atrapar los billetes y meterlos en la boca a aquel imbécil. Pero Varek detuvo el movimiento cogiéndolo por la muñeca.
—¡La propina es para ella! —gritó. Steve, que ya estaba harto, lo agarró de la camisa color arena con intención de sacarlo a patadas de allí. Pero el abogado no se lo iba a poner fácil e hizo amago de querer darle un puñetazo; desde luego, estaba a punto de desatarse una brutal pelea. Hubiera sido así si no llega a ser por la rápida intervención de la chica, que asió a su jefe del brazo.
—¡Ya basta, Steve! —exigió ella—. No está incumpliendo ninguna norma; dejar propina, que yo sepa, no es delito. ¿Qué quieres, que se desate una macropelea? Si eso sucede, Crystal Paradise se convertirá en un campo de batalla. Mira a tu alrededor, casi todos van con una copa de más, imagina lo que podría pasar. Las palabras se filtraron en las encendidas intenciones de su jefe y apaciguaron su temperamento. Cuando eso ocurrió, Mady le sirvió el whisky al desconocido de muy mala manera y sin ninguna sonrisa. Estaba enfadada, no sólo con él, sino con Steve y con ella misma, dado que ese hombre de mirada oceánica y de porte magnífico la hacía temblar y desear más y más.
Lo taladró con la mirada ansiando que se marchara, escondiendo tras ese rechazo el verdadero anhelo por sentir más de él. Siempre había sido una persona educada, cordial y que decía las cosas tal como las sentía sin ofender a nadie, porque siempre encontraba la mejor manera para contarlas. No obstante, con ese hombre no tuvo la necesidad de ser educada, y mucho menos amable o cariñosa. Quería que desapareciera, pues tenerlo cerca significaba perder un pedacito de ella. Ya se había llevado un trozo de su corazón la noche anterior y no permitiría que siguiera con aquel robo a cara descubierta, sólo armado con besos, y caricias, y placer.
Las palabras que dijo a continuación corroboraron que así era, que no lo quería cerca.
—Bebe tu whisky y márchate; mejor aún… no vuelvas jamás, porque no se te dejará entrar.
—Bueno, ya la has oído —dijo Steve en un tono complaciente, sintiéndose ganador. Cruzó los brazos a la altura del pecho—. Vete y no vuelvas; en este local hay derecho de admisión y aquí no serás bienvenido jamás. ¡Como si a Varek le importara mucho! Además, si ese troglodita creía que había ganado la batalla, estaba muy equivocado. Él nunca daba nada por perdido, ésa era la clave de su éxito. Además, estaba enfadado; no soportaba que ella defendiera a su contrincante, y era evidente que tenían muy buena relación. Demasiada buena relación. Seguramente eran amantes. Otra vez a su mente acudieron las imágenes de él y ella haciendo el amor. Ardió de rabia; sus venas se llenaron de furia, una furia que a duras penas pudo contener. No iba a permitir que se acostara con ella nunca más, así que respiró hondo y siguió con sus planes.
—No me iré hasta hablar con ella. En privado. —Dio un sorbo al whisky—. Los he probado mejores… —dijo arrugando el entrecejo. Steve ignoró el comentario sobre la calidad de lo que estaba bebiendo; él sabía que el problema no era ése, pues siempre se encargaba personalmente de comprar los mejores licores. Sabía del tema, de las marcas, de las cosechas, de las modas… incluso tenía bebidas que nadie más conseguía. No era casualidad que su negocio tuviera tanto éxito.
—Pero ella no quiere hablar contigo —recalcó Steve. «Eso ya lo veremos, gilipollas», pensó el abogado.
—¿Es tu dueño, Sirena? —le preguntó Varek sabiendo de antemano que se enfadaría por la observación. Su estrategia era que sacara su orgullo y lo retara a hablar con él a solas.
—No le hagas caso, sólo lo hace para provocarte —intervino Steve, percibiendo las intenciones de él. Con todo, Varek era un hombre de recursos, siempre guardaba un as en la manga por si acaso sus planes fallaban. De hecho, esa manera de proceder le había permitido ganar infinidad de juicios que muchos creían perdidos de antemano.
—Lo que pensaba… —Suspiró cansinamente, como con resignación —. No me he equivocado. Ya veo que él piensa por ti y decide por ti. Este pardillo tatuado te tiene comiendo de su mano. Sirena vio cómo Steve cogía impulso para saltar por encima de la barra y tirarse sobre el desconocido. Ella lo evitó en el último momento aun a riesgo de su propia integridad, ya que se puso en medio de los dos. Por suerte, su jefe pudo detenerse sin causarle daño alguno.
—¡No, Steve! ¡Ya basta! —gritó; acto seguido, miró al desconocido —. Vamos fuera a hablar. Varek sonrió: había ganado, como siempre.
—Podríamos ir al mismo reservado de ayer… —sugirió, deseando que ella accediera. Nada le gustaría más que cerrar el trato con un striptease como el de la noche anterior.
—No me fío de ti. —Entrecerró los ojos; por nada del mundo iría al reservado con él, y mucho menos con el recuerdo de sus caricias grabadas a fuego en su piel—. Además, no quiero peleas aquí dentro —dijo reprendiendo a su jefe con la mirada. Mady empezó a dar la vuelta a la barra, pues el desconocido la esperaba al otro lado. Antes de salir, Steve la detuvo un instante.
—Oye, los guardias de seguridad estarán cerca por si los necesitas — le informó él.
—Sé cuidarme sola.
—Ya lo sé; sólo me preocupo por ti, ese tipo no me gusta. Y me da igual lo que pienses, voy a avisar a los de seguridad para que estén cerca. Sólo por si acaso.
—Éste es mi problema.
—Lo que suceda aquí dentro también es mi problema.
—Por eso voy a hablar fuera, para que no sea problema tuyo.
—Ésa es una excusa tonta, no me vale. No voy a cambiar de opinión, te pongas como te pongas. ¿Te ha quedado claro? Ella hundió los hombros antes de continuar.
—De verdad que te lo agradezco, pero no quiero depender de nadie; quiero valerme por mí misma, incluso en estas cosas.
—Y lo haces muy bien; sólo te estoy echando una mano, ¿vale?
Mady no quería discutir con Steve. Ella no era de cristal, ya hacía mucho tiempo que había dejado de serlo. No obstante, se lo agradeció asintiendo con la cabeza; ya que él sólo se preocupaba por ella, no era necesario despreciarlo. En el fondo se comportaba como un hermano que protege a una hermana y, en cierto sentido, teniendo en cuenta la vida que llevaba, del poco respeto que mucha gente le mostraba, esa muestra de afecto la conmovió.
De hecho, su jefe, a pesar de su dureza e intransigencia, siempre la había tratado con dignidad y respeto. La protegía siempre, no sólo a ella, sino a todas. Jamás abusó de su posición para llevarse a ninguna a la cama, todo lo contrario. Mady dejó de pensar en Steve y se concentró en el desconocido; empezó a maquinar cómo podría deshacerse de él.