Cinco años después
Los mechones oscuros de Mía se enredan entre mis dedos mientras paso el cepillo con suavidad. El cabello rebelde de mi hija es exactamente como el de su padre. Lacio, fuerte, tan n***o como una noche sin luna. Ella, tan pequeña, tan frágil… pero con esos ojos grises que me miran con una tristeza que no debería habitar en una niña de cinco años.
—Ay, mamá, me jalas —se queja, haciendo un puchero.
Sonrío con ternura. Me recuerda a mí, aunque no lo sepa. Yo también solía quejarme por cualquier cosa que doliera… hasta que entendí que hay dolores más profundos que los del cuero cabelludo.
—Lo siento, cielo. Ya casi terminamos —le susurro, apartando un mechón rebelde de su frente—. Hoy quieres las trencitas, ¿verdad?
Asiente con un suspiro y baja la mirada. Está callada, más de lo habitual. Algo le pesa.
—¿Qué pasa, mi amor?
Mía duda. Juega con sus deditos. Y luego suelta lo que le rompe el alma a cualquier madre.
—Papá no me quiere.
Mi respiración se detiene. No porque sea mentira, sino porque es cierto. Y que ella lo haya notado me destruye.
—Eso no es verdad —le digo, aunque cada palabra arde en mi lengua. —Tu papá solo… está muy ocupado. A veces los adultos no sabemos mostrar bien lo que sentimos.
Mía no responde. Sus ojos grises se humedecen, pero no llora. Se ha vuelto buena en eso. En contener.
Igual que yo.
Marco ya no se molesta en esconder sus llamadas. O sus ausencias. Su perfume huele diferente cada vez que vuelve tarde. A veces a otro shampoo, a veces a otro cuerpo. Pero ya no me importa. No me importa si su amante existe mientras ella mantenga sus manos lejos de mí.
Marco no me toca. No me besa. No me mira más allá de lo necesario. No soy su esposa. Soy una figura decorativa, una madre útil… un trofeo deslucido. Sinceramente es lo mejor para todos.
Y Raquel, su madre, se encarga de recordármelo.
—Otro mes sin buenas noticias, veo —dice al entrar en la sala, su voz como un látigo frío—. ¿Sigues estéril para los varones o simplemente incompetente?
Me mantengo en silencio. Ya no respondo a sus provocaciones. Lo aprendí después del segundo año de matrimonio. Cuando entendí que, para ella, yo solo era "la reemplazo". La mujer que nunca debió ocupar el lugar de Sofía.
—Mía es una niña sana, hermosa —respondo con calma, sin mirarla—. No necesito más hijos.
—Claro, porque criar una hembra bastarda es un gran logro.
Aprieto los puños. Bastarda, la llama. Como si Mía no tuviera padre. Como si no llevara la sangre de los Beltrán más marcada que nadie.
—No hable así frente a ella.
—¿Y qué? ¿Vas a criarla como tú? Débil. Invisible. Un fracaso de esposa y de hija.
Me contengo. No por cobardía, sino porque Mía nos observa desde la puerta. Y no quiero que su niñez se manche más con los rencores de adultos podridos.
Raquel se va refunfuñando, como siempre. Dejando su perfume caro y venenoso flotando en el aire como una advertencia.
Mis padres han dejado de llamarme. O yo dejé de contestar. No lo sé. Lo cierto es que no me buscan. Nunca lo hicieron, si soy honesta. Mi madre siempre encontró defectos en mí. Mi risa, mi ropa, mi carrera, mis notas. Y ahora, mi vida.
Supongo que la decepcioné incluso en eso. Porque fui la hija que se quedó. La que aceptó el destino ajeno.
Papá… papá nunca tuvo voz. Era solo un eco detrás de los regaños de mi madre. Una figura tibia. Y Sofía… desapareció. Se esfumó después de escribir aquella carta absurda. Nunca más supe de ella. Y, para ser sincera, tampoco me interesa.
No la odio. Simplemente la borré. Como un libro que dejé de leer.
Por las noches, cuando Mía duerme profundamente en su cama llena de peluches, me siento en la ventana y miro el jardín. El mismo jardín donde nunca juego con ella. Donde nunca se me permite ensuciarme. Donde las flores están demasiado alineadas, demasiado perfectas.
Como la familia Beltrán.
A veces pienso en escapar. Tomar a Mía y largarnos sin mirar atrás. Pero luego recuerdo lo que soy aquí: invisible, sí… pero protegida en cierta forma. Y lo que hay fuera es aún más cruel, más hostil. Me quedaré por ella. Para que nunca dude de que, aunque el mundo entero le falle, su madre la eligió a ella.
Siempre.
Porque no importa cuán sola esté, mientras Mía exista, yo resistiré.
Aunque sea en silencio.
Aunque duela.