Era madrugada cuando sentí la puerta del cuarto abrirse. No fue un sonido brusco, más bien una presencia. Un peso en el aire. Me quedé quieta, fingiendo dormir, pero mis sentidos se encendieron como llamas. El aroma inconfundible del whisky caro que Marco bebía en sus noches de furia llenó la habitación.
Él estaba borracho. Lo supe por la forma en que tropezó con la alfombra, por cómo se acercó a la cama tambaleando. Sentí su mano recorrer la sábana, luego mi cintura. Apreté los ojos. No.
—No lo hagas —murmuré con voz baja, firme.
Marco no se detuvo. Se inclinó sobre mí, su aliento impregnado de licor me heló la piel. Su mano bajó por mi muslo. Y entonces su voz, cargada de rabia contenida:
—Estoy harto de tus rechazos, Anastasia. Tengo una mujer frente a mí y estoy follando con otras mientras tú... tú te haces la santa. ¿Crees que esto es normal?
—Quítate —susurré, empujándolo con fuerza.
Él me sujetó de los brazos, su agarre apretado, torpe, desesperado.
—¡Eres mi esposa! ¡Te guste o no, eso significa algo!
—¡Significa que prefiero estar muerta antes que acostarme contigo! —grité, sintiendo la rabia hervirme dentro.
Su mano se alzó. Por reflejo, yo reaccioné. Tomé la lámpara de la mesita de noche y la estrellé contra su cabeza.
Un golpe seco. Un grito. Sangre.
Marco cayó hacia un lado, gimiendo, tocándose la frente. La lámpara, rota. Mi respiración, agitada.
—¡Maldita sea, Ana! —gruñó—. ¡¿Qué hiciste?!
No tuve tiempo de responder. La puerta se abrió con violencia. Raquel apareció como una bestia herida, envuelta en su bata de seda.
—¡¿Qué demonios pasó aquí?! —gritó al ver la sangre—. ¡¿Estás loca?! ¡Le hiciste daño a mi hijo!
—¡Tu hijo intentó abusar de mí! —escupí, temblando, con el corazón desbocado—. ¡Y si pudiera retroceder el tiempo, le golpearía más fuerte!
—¡Eres una ingrata! ¡Una sucia! ¡Desde el día que entraste a esta casa supe que destruirías todo!
No la escuché más. Mis pies se movieron solos. Entré corriendo a la habitación de Mía, que dormía profundamente entre sus mantas rosadas, ajena al infierno.
La cargué en brazos con delicadeza, asegurándome de no despertarla. Su cuerpecito se acurrucó instintivamente contra mí, y una parte de mí se quebró por completo. Había permitido que creciera en una casa de gritos y sombras.
No más.
Bajé las escaleras sin mirar atrás. Raquel aún gritaba, Marco gruñía desde el piso. Pero yo no los escuchaba.
Solo escuchaba mi respiración, el latido acelerado de mi corazón y la voz en mi interior que por fin gritaba:
Corre.
Salí. Abrí el auto. Coloqué a Mía en el asiento trasero con cuidado, asegurándola con el cinturón sin despertarla. Mis manos temblaban al poner la llave en el encendido.
Y entonces lo escuché.
—¡Ana! —Marco, tambaleante, apoyado en el marco de la puerta principal—. ¡No puedes irte! ¡No puedes dejarme!
—Mírame bien, Marco —le respondí desde el asiento del conductor, con la ventana abierta—. Porque esta es la última vez que vas a verme suplicando por algo. Lo único que lamento es no haberme ido antes.
Apreté el acelerador y el coche se alejó rugiendo, tragándose las palabras de Marco, los gritos de Raquel y todo lo que esa casa significó: miedo, dolor, humillación.
Miré por el espejo retrovisor. Solo una vez.
Y nunca más.