Desperté con el sonido lejano de una cafetera. El olor a café recién hecho me envolvió como una manta cálida, muy distinta al colchón duro y al ambiente silencioso del cuarto en el que me encontraba. Por un instante no supe dónde estaba. Mía dormía a mi lado, su cabecita oculta bajo la cobija de ositos. Su respiración tranquila fue lo que me ancló al mundo real. Lo recordé todo. La huida. La sangre. La rabia. El grito de Marco. El coche. El volante entre mis manos. Las lágrimas que no cesaban. El alivio de no haber despertado a Mía durante toda esa pesadilla. Miré el techo blanco, simple, familiar. Entonces lo supe. Estaba en el departamento de Clara. Me senté lentamente, cuidando de no despertar a mi hija. Mi hija. Mía. Lo único bueno que me había dejado esa pesadilla de matrimonio. M

