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1151 Words
Ecos En El Papel Laura se sentó en el sillón junto a la ventana de su apartamento, el cuaderno de bocetos apoyado en su regazo y un lápiz entre los dedos. Afuera, la luz del amanecer bañaba los edificios, proyectando sombras alargadas sobre la ciudad. Su mente seguía atrapada en los últimos días, entre las frustrantes evasivas de Nicholas y las miradas inquietantes que sentía al trabajar en el retrato de Cedric Kingsley. Solía dibujar para despejarse. Cuando las palabras y los pensamientos se volvían un nudo en su mente, los trazos fluidos del lápiz lograban deshacerlo. Giró las páginas con la esperanza de encontrar un espacio en blanco, pero su mano se detuvo en un dibujo a medio terminar. Era un bosquejo de una silueta masculina, apenas sugerida con líneas suaves y ligeras. La pose era familiar: un hombre erguido, con los brazos cruzados detrás de la espalda, mirando algo que no estaba en el papel. Laura frunció el ceño. No recordaba haberlo dibujado. Pasó a otra página. Allí estaba otra figura, esta vez más detallada. La línea de una mandíbula firme, unos labios apretados... Cedric. Su pecho se tensó al reconocer los trazos. Había dibujado al hombre del retrato días antes de haberlo visto por primera vez en el museo. Giró la página con rapidez, como queriendo escapar del peso de ese descubrimiento, pero los siguientes bocetos no le dieron tregua. Había detalles esparcidos: un anillo con una piedra oscura, un par de manos entrelazadas que había garabateado sin pensar durante una llamada. Incluso una habitación, con cortinas gruesas y un escritorio pesado de madera tallada, que parecía salida de otra época. Laura se llevó una mano a la boca, asustada y fascinada al mismo tiempo. Pasó al último dibujo. Allí, en un trazo delicado, pero definido, estaba un relicario ovalado, con un intrincado diseño de flores enredadas. Lo había dibujado con tanto detalle que parecía que lo tenía frente a ella mientras lo hacía. La joven cerró los ojos y recordó el retrato de Cedric. Había algo colgando de su cuello, medio escondido en la sombra del chaleco. Laura lo había notado, pero no lo había considerado importante. Ahora, con este dibujo frente a ella, su mente gritaba que el detalle no era una coincidencia. Dejó el cuaderno a un lado y se levantó, caminando por el apartamento con pasos erráticos. Sus pensamientos iban a mil por hora. ¿Cómo podía haber dibujado algo que estaba en el retrato antes de siquiera verlo? Regresó al sillón, tomó el cuaderno y comenzó a hojearlo frenéticamente buscando más pistas. Las imágenes estaban ahí, dispersas entre garabatos sin sentido: el anillo con la misma inscripción que había vislumbrado en el retrato, la silueta de un hombre, incluso un árbol enorme que parecía un roble, como si fuera el punto de encuentro de una historia que ella no recordaba. - No puede ser... - susurró, su voz quebrándose. Miró el relicario una vez más. Había algo en él, un peso que iba más allá del papel. Como si las líneas fueran un eco de algo que pertenecía a otra vida. A su vida. Laura se levantó de golpe, dejando el cuaderno abierto sobre el sillón. La joven casi tropezó con la mesa de centro mientras corría hacia el armario de su habitación. Su respiración era rápida, su mente luchaba por mantenerse lógica, pero cada vez que sus dedos repasaban las líneas de esos dibujos, la sensación de irrealidad la envolvía más. Abrió la puerta del armario y apartó las cajas de zapatos y las pilas de ropa cuidadosamente doblada hasta encontrar lo que buscaba: una vieja caja de sombreros, de cartón gris y bordes desgastados. La arrastró al suelo, sentándose con las piernas cruzadas mientras abría la tapa. Dentro estaban los cuadernos de dibujo más antiguos, algunos con las esquinas dobladas y las cubiertas rasgadas por el uso. Los había guardado durante años, incapaz de deshacerse de ellos, aunque ya no los revisaba. Tomó el primero, de tapa roja descolorida y lo abrió con manos temblorosas. La fecha escrita en la primera página decía que tenía apenas ocho años cuando comenzó ese cuaderno. Pasó las páginas, viendo dibujos infantiles de casas, árboles y animales. Pero entonces, casi al final, se detuvo. Un esbozo llamativo destacaba entre los garabatos simples: un relicario ovalado. El diseño era más tosco que el de su dibujo reciente, pero era inconfundible. Las flores enredadas, el marco intrincado. Laura se llevó una mano a la boca. - No... - murmuró, con un nudo en la garganta. Dejó ese cuaderno a un lado y tomó otro. Este era de su adolescencia, con hojas manchadas por el tiempo. Las primeras páginas estaban llenas de rostros, muchos desconocidos, pero uno de ellos llamó su atención: unos ojos oscuros, intensos, dibujados con tal detalle que la hacían sentir observada. La familiaridad la golpeó como un puñetazo. Esos eran los ojos de Cedric Kingsley. Su respiración se hizo más pesada mientras revisaba otro cuaderno y luego otro. En cada uno había algo: un bosquejo de un anillo que apenas recordaba haber dibujado, una figura masculina de espaldas caminando bajo la luz de una lámpara de gas, una ventana con cortinas gruesas idénticas a las que había esbozado esa misma noche. Finalmente, encontró un dibujo que la dejó helada. Era una escena completa, casi una ilustración. Mostraba un camino oscuro bordeado de árboles y en el centro, un hombre tirado en el suelo con una mancha de tinta roja en el pecho. A su lado, una mujer de rodillas, llorando con los brazos extendidos hacia él. Laura sintió un escalofrío recorrer su columna. Ella conocía esa escena. No sabía cómo ni por qué, pero al mirar el dibujo, su mente se llenó de ecos: un disparo, un grito ahogado, una voz llamando a alguien que no podía salvar. - Esto no puede estar pasando... - susurró, apretando el cuaderno contra su pecho. Se quedó sentada en el suelo, rodeada de los cuadernos que ahora parecían estar llenos de secretos que no recordaba haber dibujado. ¿Cuánto tiempo llevaban esas imágenes persiguiéndola sin que ella lo supiera? El relicario, el anillo, el hombre en el suelo. Todo estaba ahí, como piezas de un rompecabezas que se negaba a encajar. Pero había algo más, algo que no podía ignorar: esas imágenes no eran meras creaciones de su imaginación. Laura cerró los ojos y tomó una decisión. Tenía que volver al museo y examinar el retrato de Cedric con más detenimiento. Quizá entre las pinceladas y los detalles que había ignorado antes, encontraría las respuestas que ahora la atormentaban. Se levantó del suelo, dejando los cuadernos desparramados y empezó a buscar su abrigo. No podía esperar. No podía quedarse quieta. Cedric Kingsley o quien quiera que fuera ese hombre del retrato, estaba conectado con ella de una forma que no podía explicar y no descansaría hasta averiguarlo.
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