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1781 Words
La Pérdida La mente de Nicholas, aún atrapada en los recuerdos del pasado, lo llevó de nuevo a otra imagen, una mucho más oscura, mucho más desgarradora. El lugar estaba lleno de sombras al caer la noche. Cedric, con la sangre manchando su ropa, intentaba levantarse del suelo. Su cuerpo estaba casi inerte, agotado por el dolor de las heridas y la desesperación. A su alrededor, la mansión que había sido su hogar, su refugio, parecía estar derrumbándose. El aire estaba denso, impregnado de la humedad de la tormenta que se desataba afuera. Era una huida sin esperanza, una huida que había comenzado mucho antes de lo que Cedric hubiera querido aceptar. El sonido de los gritos de Elise resonaba en sus oídos, pero él no podía moverse. No podía seguirla. Un dolor agudo atravesó su pecho cuando, al mirar hacia el frente, vio cómo unos hombres vestidos de n***o la sujetaban, cómo la arrastraban hacia la oscuridad de la mansión. - ¡Elise! - Cedric gritó, pero su voz se quebró y su respiración se hizo errática. No podía respirar bien, el veneno que lo inundaba por sus heridas lo estaba consumiendo. - ¡Elise! - repitió, pero su cuerpo ya no respondía. Vio cómo la arrastraban y en su mente, una escena imposible se repetía una y otra vez. Elise estaba atrapada y él no podía hacer nada. Su brazo izquierdo, casi inútil, caía inerte junto a su torso, pero su mano derecha luchaba por aferrarse a la vida, luchaba por levantarse, por encontrar una manera de salvarla. El pánico lo asfixiaba mientras sus ojos, nublados por la agonía y la rabia, seguían a Elise. Cada uno de sus pasos hacia ella era una condena, una realidad insostenible. - No… no… - susurró en voz alta, como si las palabras pudieran devolverle a su amada. - No, no se la lleven… no… Pero los hombres no se detenían. Elise trataba de llegar a él llamándolo con desesperación. Solo escuchaba el sonido de sus propios pasos apresurados y el pensamiento de que nunca la vería de nuevo lo destrozaba. Su mente comenzó a nublarse, a desmoronarse. Cedric podía sentir cómo la vida se le escapaba a cada respiración. El agotamiento, la desesperación, la culpa lo sumían en un mar de oscuridad. En el fondo de su mente, sus pensamientos eran cada vez más erráticos. Sabía que estaba perdiendo a Elise, a su familia y lo peor de todo… que ya no había tiempo para salvarlos. Ya no podía hacer nada. Estaba solo, ya no había fuerza, no había esperanza. El mismo estaba muriendo - Elise… - murmuró para sí, sintiendo cómo su vida se desvanecía. La vista se le nublaba y una sensación de frío lo envolvía. Sabía que ya no quedaba esperanza. Sabía que estaba muriendo, que su vida, su amor, todo lo que había sido, se desvanecía. - Elise… - susurró, ya con la voz ahogada, casi inaudible - Perdóname… - Pero la oscuridad se cerró sobre él y no hubo respuesta. La luz se desvaneció y Cedric, o lo que quedaba de él, ya no estaba allí. De repente, la escena se rompió como un cristal bajo un peso inaguantable, y el cuerpo de Nicholas, atado al trance, se sacudió violentamente. Su corazón latía con furia en su pecho y su respiración se volvía cada vez más errática, como si las emociones lo estuvieran ahogando. - ¡No! ¡Tengo que ir! - gritó, aunque sus palabras eran incoherentes, ahogadas por la presión que sentía en su pecho. El sudor frío recorría su frente y las lágrimas se deslizaban sin control por su rostro - ¡No…! ¡No puedo perderla! La angustia lo envolvía, la desesperación se apoderaba de él como una sombra oscura. Los recuerdos de la pérdida, de la muerte de Cedric, de su impotencia al no poder salvar a su esposa, lo estaban consumiendo. Nicholas sentía como si él mismo estuviera muriendo, como si todo lo que había aprendido, todo lo que había luchado por descubrir, estuviera a punto de desmoronarse. La presión en su pecho era insoportable. En un último esfuerzo, intentó zafarse del trance, pero algo lo mantenía allí, anclado a la angustia. Un momento después, una voz grave, calma, penetrante, interrumpió el torbellino de sus pensamientos. - ¡Nicholas, despierta! - La voz de Banks lo cortó de golpe cuando su respiración se volvió errática cuando las imágenes de esa noche volvieron a su mente - Nicholas… Nicholas, escucha mi voz. - Era Banks, su voz serena, casi como un ancla que lo mantuvo conectado con la realidad. Con un esfuerzo casi sobrenatural, Banks guio a Nicholas fuera de la hipnosis. La angustia lo dejó lentamente, pero el vacío, el dolor y la fatiga se quedaron con él. Nicholas despertó, respirando con dificultad, sus manos temblorosas aferrándose al sofá en el que estaba sentado. - ¿Qué sucedió? - susurró, mirando a Banks, el rostro pálido y sudoroso, los ojos llenos de una angustia que lo paralizó por completo. Banks lo miró con seriedad, observando cómo la tensión comenzaba a aflojarse de su cuerpo. - Lo que viste fue muy intenso, Nicholas. Muy profundo. Pero ahora estás fuera. Respira, tranquilo. Nicholas no podía. Las imágenes de Elise, el miedo, la desesperación de Cedric, seguían nublando su mente. Sabía que había algo que no podía entender, algo que estaba más allá de él, pero sentía que se estaba desmoronando. - Ella estaba… yo estaba muriendo. No podía salvarla. Banks lo miró, entendiendo el dolor, la confusión. - Nicholas, lo que viste fue un recuerdo. Un fragmento del pasado. Pero no estás solo. Todavía hay tiempo. Al mirarlo a los ojos, Nicholas se encontraba respirando con fuerza, el corazón martilleándole en el pecho. Miró a Banks con una mezcla de confusión y claridad, como si acabara de regresar de una batalla perdida hace mucho tiempo. - Lo escondió todo... en ese cajón. La llave... la llave estaba allí todo el tiempo. - Nicholas cerró los ojos, apretando los puños mientras recordaba las palabras que Cedric había dicho en voz alta con determinación y ahora parecían vibrar con su propio corazón: - Lo protegeré todo con mi vida si es necesario. Pero no dejaré que caigan bajo el control de Langley. Banks se inclinó hacia adelante, su expresión grave pero serena. - Estamos más cerca, Nicholas. Este es un paso importante, pero debes mantenerte firme. Parece que Cedric confiaba en ti, en si mismo para encontrar las respuestas más de lo que imaginabas... aunque aún no lo aceptes. Nicholas asintió, sintiendo el peso del legado y de los secretos que ahora sabía que le pertenecían, tanto en el pasado como en el presente. Nicholas se quedó mirando el relicario en su mano, como si fuera la pieza final de un rompecabezas que aún no lograba comprender completamente. La mansión había reclamado a Elise, pero ahora comprendía que no era solo por su vínculo con Cedric, ni por el amor que ella sentía por él. No, la razón de la reclamación era mucho más grande, más peligrosa. Elise no solo estaba casada con Cedric, ni solo era una mujer involucrada en una lucha familiar por poder y honor; ella estaba embarazada. El pensamiento golpeó a Nicholas como una corriente eléctrica. Elise estaba esperando un hijo. El hijo de Cedric. Su hijo. El futuro de la familia Kingsley. Y la mansión, en su forma oscura y ancestral, lo sabía. Langley. Nicholas sintió un nudo en el estómago. Langley, el hombre que había sido su familia y el gran enemigo de Cedric; quien había querido apoderarse de la familia Kingsley y que, tras su muerte, buscaba destruir todo lo que quedaba del linaje, ahora tenía un motivo mucho más oscuro para su odio. Elise, al enterarse de su embarazo, había tomado una decisión tan dolorosa como peligrosa: proteger a su hijo a toda costa, incluso si eso significaba sacrificar su propia vida. La mansión, con su poder ancestral, había reclamado a Elise para que su hijo estuviera a salvo de Langley, para que la amenaza de un heredero legítimo no cayera en las manos equivocadas. Si Langley hubiera conocido de su embarazo, habría hecho todo lo posible por arrebatarle al bebé, controlarlo y usarlo como su marioneta para tomar el control del marquesado. La existencia de un niño con sangre legítima de Cedric era el mayor peligro para los planes de Langley. Y, lo peor de todo, era que él lo sabía. Elise había sido consciente de este peligro y había tomado todas las medidas posibles para evitar que el bebé cayera en sus garras. La mansión lo sabía. La mansión, con sus antiguos muros, su historia y su linaje, tenía una forma extraña de proteger lo que consideraba su derecho ancestral. Al reclamar a Elise, había asegurado que Langley nunca pudiera acceder a su hijo. Elise, ya sabía que su vida estaba en peligro y al esconder los documentos que involucraban la corrupción de Langley en la caja fuerte de Cedric, había sellado no solo su destino, sino también el de su hijo. Ella había hecho todo lo posible por protegerlo, por asegurarse de que el niño no fuera utilizado como una pieza en el juego de poder de su enemigo. Nicholas sintió un escalofrío al recordar la pequeña llave en su mano. Era más que un simple objeto; era la clave para desvelar los secretos que Elise había dejado atrás, pero también la clave para salvar lo que quedaba de la familia Kingsley. El relicario, que había pertenecido a Cedric, contenía la verdad que había sido cuidadosamente oculta y esa verdad estaba ligada a la existencia del niño. El futuro del marquesado y la mansión dependían de ese pequeño ser, que aún no había nacido, pero cuya existencia representaba la última esperanza para el linaje de los Kingsley. Cuando se llevaron a Elise, el dolor que había sentido Cedric debió ser insoportable. No solo había perdido a su esposa, sino que, como él mismo había temido, también había perdido a su hijo. El niño que podía haber asegurado el futuro de su familia, el niño que debía ser su legado, se había visto envuelto en una lucha por el poder mucho mayor de lo que cualquier persona en Kingsley Hall podía imaginar. Elise no solo había muerto en circunstancias misteriosas, sino que lo había hecho para proteger algo mucho más valioso que ella misma: la sangre de Cedric, el último heredero legítimo de los Kingsley. Langley debe haberlo sabido y por eso había buscado con tanta desesperación acabar con ellos. La mansión había reclamado el linaje y Elise había sido parte de ese sacrificio.
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