La Bienvenida
Nicholas había visitado fotografías de la mansión varias veces durante los últimos años y, aunque estaba claro que no se había mantenido en su esplendor original, la casa no estaba en ruinas como la fundación quería que creyera. De hecho, se mantenía en condiciones mínimas, funcionales para quienes pudieran acceder a ella. Las reparaciones habían sido pocas, pero suficientes. El ala privada, aquella donde Cedric había vivido estaba cerrada, pero no por falta de cuidados, sino por una cuestión de respeto a la memoria de la familia. Nadie debía acceder allí sin el permiso de un Kingsley.
Y eso, por supuesto, le resultaba inquietante. La maldición.
“Solo un Kingsley puede descansar en Kingsley Hall.”
Esa había sido la tradición desde la desaparición de Cedric. Y, sin embargo, si Laura había conseguido acceso, si la fundación estaba permitiendo la visita de un extraño... ¿Qué significaba eso? ¿Qué había sucedido para que todo esto se moviera en la dirección equivocada? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Laura?
Miró a Laura de reojo mientras conducía. Estaba sentada en el asiento del copiloto, quieta, inmóvil, con una expresión que variaba entre la confusión y el miedo. Sus ojos, antes llenos de determinación, ahora brillaban con algo más oscuro. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué parecía que ella también estaba siendo arrastrada por esta corriente invisible de historia y destino?
Cuando llegaron, a lo lejos se elevó imponente, la gran mansión. Laura y él la miraron con expresiones extrañas.
Nicholas, inquieto condujo a la casa lateral y estacionó el coche con un golpe sordo, todavía pensando en las palabras de Patrick. La fundación lo había autorizado a entrar, pero ¿por qué? ¿Quién había manipulado las piezas para permitir que él, un descendiente de los Kingsley regresara a la mansión que su familia había abandonado hacía más de cien años? Y aún más importante: ¿Qué papel jugaba Laura en todo esto? Ella parecía tan conectada con el retrato y la historia, como si fuera parte de un rompecabezas que él no entendía completamente.
Al salir del auto, intentó organizar sus pensamientos. Tenía que encontrar respuestas. Y rápido.
- Laura. - dijo mientras le abría la puerta de la casa lateral. Su voz sonaba casi en un susurro, lleno de una extraña tensión que ambos compartían - ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
Laura levantó la cabeza, apenas reconociéndolo, como si todavía estuviera perdida en algún pensamiento lejano sin dejar de mirar la mansión.
- Lo necesito, Nicholas. Necesito saber qué está pasando aquí.
Nicholas se quedó observándola unos segundos. Sabía que ella también sentía el peso de la historia que se desmoronaba, como si todo fuera una telaraña entrelazada de recuerdos olvidados.
- Está bien. Pero, recuerda... solo es historia.
Laura asintió, con la mirada fija en el horizonte sin responder. La mansión se alzaba ante ellos, su silueta casi majestuosa bajo la luz tenue de la tarde, pero algo en su interior le decía que no era solo la estructura de piedra lo que los llamaba. Había algo más. Algo ancestral.
Al cruzar el umbral de la casa lateral, Nicholas sintió el aire denso, como si cada paso los acercara más a algo que no podían controlar. La mansión los miraba, silenciosa, expectante y la maldición que había caído sobre ella parecía estar más viva que nunca.
Con una última mirada a Laura, la que caminaba a su lado con una determinación que desmentía su vulnerabilidad, Nicholas suspiró profundamente. Sabía que había cruzado un punto sin retorno. Ya nada sería igual.
En la entrada, una pareja de mediana edad los esperaba. Patrick y su esposa Sonia.
- Bienvenido, mi señor... mi señora... - dijo la mujer.
Laura sintió que su rostro se encendía al escuchar las palabras de Sonia. La esposa de Patrick la miraba con una sonrisa enigmática, como si supiera algo que ella misma desconocía. Nicholas, a su lado, levantó la mirada de inmediato, frunciendo ligeramente el ceño, como si las palabras también lo hubieran desconcertado.
- Oh, no... No, no soy... - Laura negó con las manos y dio un paso atrás, riendo nerviosa - No soy su esposa. Solo... estoy ayudando con el cuadro, nada más.
Pero Sonia no pareció inmutarse. Su sonrisa no se desvaneció y sus ojos, brillantes con una chispa de complicidad, permanecieron fijos en ella. Incluso Patrick, que hasta ese momento se había mostrado solemne y formal, dejó escapar una ligera sonrisa.
- Sigue siendo una artista, mi señora. - le dijo Sonia, con un tono más suave, pero igual de significativo. Su mirada bajó brevemente a las manos de Laura, manchadas de un tenue rastro de carbón que ni siquiera ella misma había notado.
Laura apretó los labios y miró a Nicholas, esperando que él interviniera, pero él estaba inexplicablemente silencioso. La tensión en su mandíbula revelaba que estaba incómodo, aunque no parecía dirigido hacia ella. Sus ojos se movían entre Sonia y Patrick con una mezcla de curiosidad y... ¿Molestia? No, era algo más profundo. Como si tratara de interpretar un mensaje oculto en sus palabras.
- Patrick, Sonia. - dijo finalmente Nicholas, con un tono de advertencia que los hizo enderezarse como si fueran soldados frente a un general - Por favor, llévennos a las habitaciones. Es un largo camino y preferiría que nos instalemos lo antes posible. Va a anochecer pronto.
Patrick inclinó la cabeza ligeramente, sin borrar su sonrisa y extendió un brazo hacia el camino que conducía el interior.
- Por supuesto, mi señor. Pero recuerde, si necesitan algo, Kingsley Hall siempre está al servicio de su familia. - dijo, con un énfasis deliberado en las últimas palabras. Sonia, en cambio, le dedicó a Laura una última mirada cargada de significado antes de seguir a su esposo.
Laura, aún desconcertada, dejó que Nicholas la guiara hacia el auto. La caminata corta hasta la casa lateral fue silenciosa, pero no cómoda. Había algo extraño en esas palabras, en las miradas de Patrick y Sonia. Algo que no podía comprender del todo pero que se sentía profundamente personal.
Una vez dentro del auto, Nicholas soltó un suspiro, apretando las manos en el volante mientras miraba fijamente hacia adelante.
- No les hagas caso. - dijo de repente, su voz baja pero firme.
- ¿Qué...? - comenzó Laura, aún confundida.
- Patrick y Sonia son... devotos de este lugar. A veces dicen cosas que no tienen sentido. - añadió, sin mirarla. Sus dedos tamborilearon contra el volante antes de encender el auto - No lo tomes personal.
Laura quiso insistir, pero algo en la rigidez de sus hombros y en la forma en que evitaba su mirada le dijo que no estaba de humor para hablar. Aun así, las palabras de Sonia resonaban en su cabeza.
“Sigue siendo una artista, mi señora.”
Había algo en esa sonrisa, en el tono de su voz, que no podía sacarse de la cabeza.
Y aunque no podía explicarlo, una pequeña parte de ella sintió que aquellas palabras no estaban dirigidas a quien era ahora, sino a alguien que había sido... o podría llegar a ser.
- Mi señor, su habitación...
- ¿Solo una? - preguntó sonrojada.
- Creímos que el señor dormía con su esposa... - dijo Patrick confundido - ¿Milord?
- No es mi esposa y deja de llamarme así...
- Mi señora, - le dijo Sonia sin inmutarse - Prepararemos la habitación contigua a la del maestro... Si él desea visitarla más tarde...
- ¡Basta! - dijo Nicholas abochornado y Laura sonrió.
- Gracias... - le dijo entrando con Sonia a la habitación de al lado.
- ¿Qué diablos hacen? - preguntó el joven a Patrick cuando estuvieron solos - Ella no sabe quién soy.
- ¿Eso es así, maestro? - preguntó confundido - Ella lo reconoce...
- ¿Qué?
- Por aquí Milord, prepararé sus ropas...
- Patrick... explícame...
- Ya lo verá por sí mismo, maestro.
- No juegues... Ella está pasándolo mal...
- Lo sabemos... - le dijo de manera enigmática antes de entrar a la habitación.