Sólo un Kingsley descansa en Kingsley Hall
El aire en el ala oeste era denso, cargado de una antigüedad que se sentía viva. Las luces temblaban levemente, como si los candelabros de cristal estuvieran respirando. Laura avanzó lentamente por el pasillo, sus pasos resonando contra el piso de madera. Había algo magnético en esa parte de la mansión, un tirón inexplicable que parecía llamarla desde lo más profundo de su ser.
De repente, un movimiento captó su atención. Owen apareció junto a ella, como si hubiera surgido de las sombras.
- Mi señora. - saludó, inclinando la cabeza con una reverencia que parecía salida de otra época - Es bueno verla de nuevo.
Laura dio un paso atrás, sorprendida por su repentina aparición, pero algo en su mirada la tranquilizó. Era como si Owen siempre hubiera estado allí, esperando.
- ¿Cómo llegaste aquí tan rápido? - preguntó, aunque su tono carecía de la incredulidad que normalmente tendría. Había aceptado que en Kingsley Hall las cosas no seguían las reglas del mundo exterior.
Owen sonrió levemente, casi con nostalgia.
- La mansión me guía. Y ahora, me ha pedido que la guíe a usted. Por favor, sígame.
Sin esperar respuesta, Owen se giró y comenzó a caminar hacia las enormes puertas dobles al final del pasillo. Laura lo siguió, sus pasos inseguros, pero impulsados por una fuerza interna que no lograba comprender del todo. Las puertas estaban decoradas con intrincados grabados de flores y aves, tan detallados que casi parecían moverse bajo la tenue luz.
Owen las abrió con un movimiento elegante y al hacerlo, una suave fragancia a lavanda y madera vieja inundó el aire.
- Las habitaciones de los señores de Kingsley Hall. - anunció, con una reverencia - Sonia ha preparado la más apropiada para usted.
Laura cruzó el umbral, sus ojos explorando la opulencia de la habitación que se desplegaba ante ella. Era como entrar en un retrato de otro tiempo: un gran dosel de terciopelo verde oscuro adornaba la cama, mientras que las paredes estaban cubiertas con tapices bordados que contaban historias que ella no entendía del todo. Frente a la cama, una chimenea crepitaba suavemente, llenando la estancia de un calor acogedor.
- ¿Esta es…? - Laura se detuvo, incapaz de terminar la pregunta.
Owen asintió.
- La habitación de la marquesa. Sonia la ha preparado para usted, mi señora.
Laura giró la cabeza hacia él, su ceño fruncido.
- ¿Por qué dices eso? Yo no soy una marquesa.
La sonrisa de Owen se amplió ligeramente, sus ojos brillando con un destello de complicidad.
- Lamento que antes no pudiera usarla como la marquesa, pero las circunstancias no lo permitieron.
Laura lo miró, desconcertada.
- ¿Podía usarla? ¿De verdad?
- Por supuesto. - respondió Owen con naturalidad - Usted es nuestra señora. Siempre lo ha sido.
El peso de sus palabras cayó sobre ella como una ola. Laura sintió que el aire se volvía más denso. Se acercó lentamente a la cama, pasando los dedos por el terciopelo del dosel, tratando de encontrar algo tangible en medio de tanto desconcierto.
- ¿Por qué no la usé entonces? - preguntó en voz baja, como si hablara consigo misma.
Owen dio un paso más cerca, su tono lleno de comprensión.
- Porque estaban en peligro, mi señora. Usted sabía que si se descubrían sus lazos con el maestro, sería un blanco para aquellos que deseaban hacerle daño. Decidió engañar a todos, incluso a nosotros, para protegerlo.
Laura lo miró con los ojos muy abiertos.
- ¿Engañar? ¿A quién? ¿Por qué?
- A la familia. - respondió Owen con calma - Si sabían que el maestro estaba casado, usted habría sido un blanco. La única forma de protegerlo era asegurarse de que nadie supiera la verdad. Ni siquiera nosotros.
Las palabras de Owen resonaron en su mente, chocando contra los fragmentos de recuerdos que habían empezado a surgir desde que llegó a Kingsley Hall. Su mente le decía que aquello era imposible, pero su corazón sabía que Owen decía la verdad.
- ¿Qué pasó conmigo entonces? ¿Con Elise? - susurró, sin estar segura de si hablaba de sí misma o de alguien más.
Owen inclinó ligeramente la cabeza, su mirada cargada de empatía.
- Esa es una respuesta que deberá descubrir usted misma, mi señora. Pero una cosa es cierta: este lugar la reconoce. Y lo más importante, él la reconocerá también, cuando esté listo.
Laura sintió un escalofrío recorrerle la columna, pero no era miedo. Era anticipación, un eco de algo que había estado esperando mucho tiempo. Miró a Owen, con más preguntas en los labios, pero él solo inclinó la cabeza y dio un paso atrás.
- Descanse, mi señora. La mansión la protege ahora. Es su hogar, como siempre lo ha sido.
Sin decir más, Owen se retiró, cerrando las puertas tras de sí con un suave clic. Laura se quedó sola en la habitación, su respiración temblorosa mientras miraba a su alrededor. Una mezcla de alivio y vértigo la invadió.
Se sentó en el borde de la cama, su mano acariciando la colcha bordada. ¿Cuánto de esto era real? ¿Cuánto era suyo? Pero una cosa era clara: esta habitación, esta mansión, le pertenecían. Y de alguna manera, siempre lo habían hecho.
Con lentitud, Laura se deslizó entre las sábanas de suaves, dejando que la suavidad y el calor la envolvieran como un abrazo protector. Cada músculo de su cuerpo, tenso por la confusión y la angustia de las últimas horas, comenzó a relajarse. La habitación, con su aroma a lavanda y el crepitar constante de la chimenea, tenía una calma casi sobrenatural. Era como si la mansión la hubiera estado esperando, como si supiera exactamente lo que necesitaba para sentirse segura.
Laura cerró los ojos, dejando que su respiración se acompasara con el ritmo de la casa. El agotamiento pronto la arrastró hacia el sueño, un sueño que no era como los otros, cargados de imágenes fragmentadas y angustia. Este era diferente: era placentero, cálido, como una ventana hacia un pasado que sentía suyo.
En el sueño, la mansión estaba viva, llena de luz y movimiento. Las cortinas ondeaban suavemente con el viento que se filtraba por las ventanas abiertas y las voces lejanas de la servidumbre llenaban los pasillos con un murmullo tranquilo. Todo parecía en su lugar, como si las sombras y los secretos nunca hubieran tocado aquel tiempo.
Laura se vio a sí misma en el invernadero, rodeada por un mar de flores que reflejaban los colores del verano. Sus manos sostenían un relicario, el mismo que dibujaba una y otra vez, aunque parecía más nuevo, con un brillo dorado que reflejaba la luz del sol. Lo abrió con cuidado, sus dedos acariciando el delicado grabado en el interior. Allí, entre los bordes curvos de la joya, debajo del retrato, en un compartimiento pequeño descansaba una diminuta llave de plata, tan pequeña y frágil que parecía diseñada para abrir algo igual de delicado.
- Es para ti, Elise. - dijo una voz detrás de ella.
Laura se giró en el sueño, y ahí estaba él, Cedric, vestido con una camisa blanca y pantalones oscuros y botas de montar con su cabello ligeramente despeinado por el viento. Había un brillo travieso en sus ojos, pero su sonrisa era suave, llena de un amor tan palpable que Laura sintió que le faltaba el aire.
- ¿Qué es esto? - preguntó ella, su voz temblando mientras sostenía la llave entre los dedos - Se supone que yo te lo regalé a ti.
Cedric se acercó y tomó sus manos entre las suyas, inclinándose ligeramente para mirarla directamente a los ojos.
- Es la llave de nuestro futuro, Elise. La llave para lo que hemos construido juntos, para lo que queremos proteger. Guárdala siempre contigo hasta que esto termine.
Ella sintió un nudo en la garganta, una mezcla de alegría y tristeza que no podía explicar.
- ¿Y si alguien la encuentra?
Cedric rio suavemente, un sonido que llenó el invernadero como una melodía.
- Nadie más sabrá lo que significa. Nadie más sabrá dónde va, excepto tú y yo.
En el sueño, Laura lo abrazó, dejando que el calor de su cuerpo la envolviera. Podía sentir la seguridad que él le ofrecía, el peso de su promesa en cada palabra que decía. Pero justo cuando parecía que todo estaba bien, el paisaje comenzó a cambiar.
La luz del sol se desvaneció, dando paso a un crepúsculo ominoso. El invernadero seguía siendo el mismo, pero ahora estaba vacío, frío, como si el alma de la mansión se hubiera retirado. Laura aún sostenía el relicario, pero Cedric ya no estaba.
Se giró desesperada, buscando alguna señal de él, pero solo encontró el sonido de pasos lejanos, que resonaban en el eco de la casa vacía.
- ¡Laura!
- Nicholas… - susurró, pero su voz no llegó a ninguna parte.
De repente, las imágenes del sueño comenzaron a fragmentarse y Laura sintió que la arrastraban de regreso a la realidad. Sus ojos se abrieron lentamente, encontrándose con la luz suave de la chimenea y las sombras danzantes en las paredes de la habitación.
Sus manos temblaron al recordar la sensación de tener el relicario entre las manos.
Un escalofrío recorrió su columna.
El relicario y la llave eran reales y con ellos, también lo era el peso de la promesa que Cedric le había hecho. Pero ¿Qué abría aquella llave? ¿Qué significaba realmente?
Sabía que las respuestas estaban en algún lugar de Kingsley Hall, pero también sabía que no las encontraría fácilmente. La mansión le estaba mostrando el camino, pieza por pieza.
Y ahora, tenía que seguirlo.