CAPITULO 11 - LA PRIMERA MAÑANA

879 Words
Capítulo 11 – La primera mañana El olor a pan tostado y café recién hecho fue lo primero que sintió Adrián. Abrió los ojos lentamente, desorientado, hasta que recordó dónde estaba. Durante unos segundos, se quedó inmóvil, escuchando los sonidos que llegaban desde la cocina: el golpeteo suave de los cubiertos, la radio susurrando una canción antigua, el murmullo del agua al hervir. Se incorporó despacio. La habitación seguía bañada por la luz tenue del amanecer. Todo parecía tan tranquilo que le costaba creer que aquel lugar fuera real. Por un momento, temió que al abrir la puerta todo desapareciera, como un sueño demasiado bonito para durar. Descalzo, se acercó al pasillo. Clara estaba en la cocina, de espaldas, con el pelo recogido y una sudadera demasiado grande para su cuerpo. Movía los pies al ritmo de la música mientras colocaba dos tazas sobre la mesa. La escena era tan simple, tan cotidiana, que a Adrián le dolió el pecho. Era el tipo de normalidad que siempre había observado desde fuera, a través de ventanas ajenas. —Buenos días —dijo él en voz baja. Clara se giró enseguida, sorprendida y sonriente. —¡Eh, buenos días! Te has despertado temprano. —No podía dormir más… —contestó, con una sonrisa tímida. —Bueno, eso es buena señal —bromeó ella, sirviéndole una taza—. Ven, siéntate. Adrián se acercó despacio, mirando todo con cautela: los platos, la mesa de madera, el vapor que salía del café. Era un mundo nuevo para él, y cada detalle parecía brillar con una importancia desmedida. Se sentó y esperó, sin tocar nada, como si temiera romper algo. Clara notó su tensión. —Puedes comer, ¿eh? No muerde. —Le empujó un plato con tostadas y mermelada—. Es casera, la hace mi tío. Adrián asintió, tomó un trozo y lo probó. La mezcla del pan caliente y la dulzura del sabor lo transportaron a un recuerdo lejano: su madre, cuando aún era niño, le daba pan con azúcar porque no tenían más. No se dio cuenta de que había cerrado los ojos hasta que Clara lo observó con ternura. —¿Está bien? —Sí… —murmuró—. Está increíble. No recordaba lo que era desayunar así. Clara sonrió, bajando un poco la mirada. —Pues tendrás que acostumbrarte. Él la miró, desconcertado. —¿Qué quieres decir? —Que no pienso dejar que vuelvas a la calle, Adrián. —Su tono era sereno, pero firme—. No después de todo lo que has pasado. Adrián bajó la vista al plato. —No es tan fácil. No quiero darte problemas, ni a ti ni a tu tío. —Mi tío no es un ogro, aunque a veces lo parezca —respondió, riendo suavemente—. Y si lo fuera, me las arreglaría. Ya te dije que eres bienvenido aquí. Él guardó silencio unos segundos. Le costaba aceptar tanta generosidad. Durante años había aprendido que los favores siempre tenían un precio, que la gente solo se acercaba por interés o por lástima. Pero Clara no le pedía nada. Solo lo miraba con esa mezcla de calma y compasión que desarmaba cualquier defensa. —No sé cómo agradecerte esto —dijo al fin. —No tienes que agradecerme nada. —Clara apoyó los codos en la mesa, mirándolo con una sonrisa sincera—. A veces la vida te da personas que te recuerdan que no todo está perdido. Tú hiciste eso por mí sin darte cuenta. Adrián la miró confundido. —¿Yo? —Sí. —Ella asintió—. Desde que llegaste, todo parece más… real. Me has hecho ver cosas que ya no miraba. Y me has recordado que ayudar a alguien también puede salvarte un poco a ti misma. Las palabras se clavaron en Adrián como una caricia inesperada. Bajó la cabeza, sintiendo cómo algo en su interior se ablandaba. —Nadie había dicho algo así sobre mí. —Entonces ya era hora —contestó Clara, sirviéndole más café—. El silencio que siguió no fue incómodo. Era de esos silencios que dicen más que las palabras. Afuera, el sol empezaba a filtrarse entre los edificios, pintando la cocina de tonos dorados. Adrián se sorprendió a sí mismo pensando que, tal vez, la felicidad no era algo tan lejano. Tal vez empezaba en gestos simples: una taza caliente, una conversación sincera, un lugar donde no temer la mañana. Cuando terminaron, Clara se levantó y le tendió un abrigo más grueso que encontró en un perchero. —Toma, póntelo. No puedes seguir con esa chaqueta. —Clara, no… —Sin peros. —Su sonrisa era firme—. Te queda bien, y además me debes una sonrisa más. Adrián no pudo evitar reírse, una risa suave, limpia, que hacía tiempo no salía de su pecho. Se lo puso, sintiendo el calor del tejido y el peso ligero de algo que nunca había tenido: pertenencia. Antes de salir hacia la cafetería, Clara se volvió hacia él. —Hoy empieza algo nuevo, Adrián. Aunque no lo veas todavía. Él la miró y asintió despacio. Tal vez tenía razón. Tal vez aquella mañana no era solo una más. Tal vez era el primer día de una vida diferente.
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