CAPITULO 15- El silencio.

1107 Words
Capítulo 15 – Las grietas del silencio Los días siguientes transcurrieron con una extraña calma. Adrián y Clara mantenían una rutina casi perfecta: trabajaban juntos en la cafetería, volvían caminando al atardecer, cenaban en silencio y se quedaban hablando hasta tarde, a veces sin decir nada importante. Era un equilibrio frágil, pero por primera vez en mucho tiempo, ambos sentían que pertenecían a algo. Hasta que llegó el jueves. Don Ernesto había estado observando, callado, paciente. Siempre había sido un hombre reservado, pero también práctico, alguien que había aprendido a desconfiar de lo que no entendía. Y aunque al principio aceptó la presencia de Adrián por cariño a su sobrina, la cercanía entre ellos empezó a incomodarlo. No era celos ni desconfianza gratuita; era ese instinto protector que nace del miedo a ver a alguien que amas salir lastimado otra vez. Aquella mañana, mientras Clara preparaba café, su tío la llamó a un lado. —¿Podemos hablar un momento, niña? Ella se limpió las manos con el delantal, extrañada por su tono. —Claro, dime. Don Ernesto miró hacia la barra, donde Adrián limpiaba mesas con su concentración habitual. —¿Cuánto tiempo va a quedarse? —preguntó, sin rodeos. Clara parpadeó, sin entender del todo la pregunta. —No lo sé… no hemos hablado de eso. —Tal vez deberías hacerlo. El tono no era hostil, pero tenía filo. Clara lo miró con el ceño fruncido. —¿Por qué lo dices? —Porque la gente no cambia tan rápido, Clara. Y tú no lo conoces realmente. Ella se cruzó de brazos, incómoda. —Lo suficiente —replicó, algo más firme de lo que pretendía. —¿Sí? —Ernesto alzó una ceja—. ¿Sabes de dónde viene? ¿Por qué estaba en la calle? ¿A quién dejó atrás? El silencio cayó entre ellos como un golpe. Clara no supo qué responder. No porque dudara de Adrián, sino porque, en realidad, nunca le había preguntado demasiado. Había querido darle espacio, no invadir. Pero ahora, las palabras de su tío se le clavaban como pequeñas astillas. —No todo el mundo miente, tío —dijo al fin, intentando mantener la calma. —No, claro que no. Pero los que han tenido que sobrevivir… aprenden a hacerlo —respondió él, sin dureza—. Y a veces, mentir es parte de eso. Clara lo miró largo rato. Quiso discutir, pero la voz se le quebró. Se dio media vuelta y volvió a la barra, fingiendo normalidad. Adrián la observó, notando algo distinto en sus ojos, pero no dijo nada. Esa tarde, Clara estuvo más callada que de costumbre. Sonreía por costumbre, respondía mecánicamente, pero algo dentro de ella se había llenado de ruido. No era desconfianza, no del todo. Era miedo. Miedo a descubrir que su tío tuviera razón. Cuando cerraron el local, caminaron juntos de regreso a casa. La noche era fría y las luces de la ciudad parecían más lejanas. Adrián notó el cambio, la distancia silenciosa que había crecido entre ellos. —¿Te pasa algo? —preguntó, sin mirarla directamente. —No, solo estoy cansada. Era mentira, y los dos lo sabían. Durante la cena, casi no hablaron. Clara se movía de un lado a otro de la cocina con una inquietud contenida. Finalmente, cuando la tensión se volvió insoportable, Adrián rompió el silencio. —¿Dije algo que te molestó? Ella lo miró y negó con la cabeza. —No, claro que no. Solo… —hizo una pausa—. ¿Puedo preguntarte algo? Él asintió, aunque su estómago se tensó. —¿Por qué vivías en la calle? No había reproche en su voz, solo duda. Pero para Adrián fue como si alguien le quitara el aire. No porque no quisiera responder, sino porque no se esperaba tener que hacerlo justo ahora, cuando creía que empezaba a pertenecer a ese lugar. —No fue una sola razón —dijo despacio—. Supongo que fueron muchas pequeñas cosas. Mi madre murió cuando yo tenía doce. No conocí a mi padre. Pasé por centros, por familias que no querían quedarse mucho tiempo conmigo. A los dieciséis me escapé. Después… todo fue sobrevivir. Clara lo escuchó en silencio, mordiéndose el labio. —¿Nunca intentaste volver? —¿A dónde? —preguntó él, con una sonrisa triste—. Nadie estaba esperando. Ella bajó la mirada, avergonzada de haberlo hecho revivir algo tan duro. —Perdona… No debí preguntar así. —No, está bien —dijo él, y lo decía en serio—. Pero dime, ¿por qué lo hiciste? Clara dudó un segundo. —Mi tío me habló hoy. Dijo que… tal vez no te conozco tanto como creo. El silencio que siguió fue pesado. Adrián desvió la mirada hacia la ventana. —Y tiene razón —murmuró—. No me conoces. Pero tampoco soy el que era cuando llegué aquí. Ella lo miró con una mezcla de tristeza y cariño. —Lo sé… pero me asustó pensar que pudiera perder esto —confesó—. Que todo esto fuera una ilusión. Adrián se acercó despacio, hasta quedar a un paso de ella. —No soy una ilusión, Clara. Tampoco una promesa. Solo intento no ser el mismo que dormía en la calle. Contigo… siento que puedo hacerlo. Sus ojos se encontraron, y algo en ellos se ablandó. La duda no desapareció, pero se volvió humana, parte de ese proceso de aprender a confiar. Clara respiró hondo. —Perdóname si te hice sentir que no te creía. —No tienes que pedirme perdón —respondió él—. Si alguien te quiere, tiene derecho a cuidarte. Ella asintió, con una sonrisa pequeña. —Y si alguien te quiere, también tiene que creer en ti. Esa noche no hubo beso, ni caricias. Solo dos personas sentadas frente a frente, intentando entenderse desde las grietas. Y aunque el miedo no se había ido, algo más fuerte lo sostenía: la voluntad de quedarse. Antes de dormir, Clara se levantó y fue hasta la ventana. Miró las luces de la ciudad y pensó en las palabras de su tío. Luego miró el sofá donde Adrián dormía y comprendió que, aunque aún no sabía si estaba lista para todo lo que venía, sí sabía una cosa: no quería volver a pasar su vida dudando de quien le ofrecía verdad, aunque fuera una verdad rota. Afuera, el viento golpeaba los cristales con suavidad. Dentro, el silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era distancia. Era ese tipo de silencio que aparece cuando dos almas heridas deciden seguir intentándolo, incluso si tienen miedo.
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