Capítulo 14 – Lo que queda después del silencio
La mañana llegó envuelta en una claridad suave, casi tímida. La luz se filtraba por las cortinas del salón, tiñendo las paredes de tonos dorados. Adrián abrió los ojos despacio, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que había dormido sin interrupciones. El sonido de la cafetera en la cocina le recordó que no estaba solo, y el corazón se le aceleró antes de entender por qué: Clara.
El recuerdo del beso regresó como un suspiro. Lo sintió de nuevo en los labios, cálido, breve, imposible de olvidar. Una parte de él quería pensar que había sido un sueño, algo demasiado bueno para pertenecer a su vida; pero otra parte —la más nueva, la más viva— sabía que no lo era.
Se incorporó, pasó una mano por el pelo y miró alrededor. La manta que ella le había dejado la noche anterior aún conservaba su olor: una mezcla de jabón y vainilla. Eso lo desarmó un poco más.
—Buenos días —dijo una voz desde la puerta.
Clara estaba allí, con una taza en la mano y el cabello recogido en un moño desordenado. Tenía los ojos hinchados de sueño y una sonrisa que no se atrevía a ser completa, como si temiera leer algo en su mirada.
—Buenos días —respondió él, intentando parecer tranquilo.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí frágil. Los dos sabían que algo había cambiado y, aunque ninguno lo lamentaba, todavía no sabían cómo vivir dentro de ese cambio.
—Dormiste bien —comentó ella, dejando la taza sobre la mesa.
—Sí, bastante. Gracias.
—No tienes que darme las gracias —dijo, y luego añadió, bajando la voz—. No por eso.
Él la miró, buscando algo en sus ojos que lo ayudara a entender qué esperaba de él. Pero Clara parecía tan perdida como él mismo.
Pasaron la mañana sin mencionar lo ocurrido. Trabajaron juntos en la cafetería, fingiendo normalidad. Cada vez que sus manos se rozaban, el tiempo se detenía por un segundo. Ninguno lo decía, pero ambos lo sentían: algo latía distinto, más fuerte, más vivo.
Durante el descanso, Clara salió al callejón t*****o a fumar. Adrián, que no quería invadir su espacio, se quedó limpiando la barra. Sin embargo, cuando la vio temblar ligeramente por el frío, no pudo evitar salir.
—Hace frío —dijo, acercándose.
—Sí… —respondió ella, exhalando humo—. Pero me gusta venir aquí. Me ayuda a pensar.
Se apoyó en la pared y lo miró de reojo.
—¿Estás arrepentido? —preguntó de pronto.
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—¿De qué?
—De… anoche. Del beso.
Él tardó en responder. La miró directamente, con una mezcla de confusión y certeza.
—No —dijo al fin—. No estoy arrepentido. Solo tengo miedo de arruinarlo.
Clara bajó la vista, aplastando la colilla contra el suelo.
—Yo también.
El viento se coló entre ellos, levantando el olor del café recién hecho y el polvo del suelo. Por un momento, ninguno habló. Era como si ambos buscaran la forma de sostener algo tan delicado que cualquier palabra equivocada podría romperlo.
—No quiero que pienses que hice eso por pena —dijo ella, finalmente.
—Nunca lo pensé.
—Es que… —tomó aire, como si la frase pesara— no quiero que sientas que me debes algo.
Adrián se pasó una mano por la nuca, incómodo, no con ella, sino con el peso de todo lo que llevaba encima.
—Clara, yo no sé lo que puedo darte. No tengo nada… ni siquiera sé si sé amar bien.
Ella se acercó un poco más.
—Yo tampoco —respondió, con una sonrisa cansada—. Pero tal vez no se trata de saber, sino de aprender juntos.
Esa simple frase lo desarmó. Se quedaron así, uno frente al otro, respirando el mismo aire, compartiendo la misma incertidumbre. No hubo beso esta vez, ni promesas. Solo una presencia mutua que valía más que cualquier declaración.
Cuando regresaron al interior, Don Ernesto los observó desde lejos, con su ceño habitual. No dijo nada, pero su mirada parecía más blanda, menos desconfiada. Adrián volvió a sus tareas, Clara se perdió entre clientes, y el día siguió con la misma rutina de siempre, aunque nada en ellos seguía igual.
Al cerrar el local, el cielo ya era una mezcla de azul y violeta. Caminaban juntos de regreso a casa, sin t*****e, pero tan cerca que cada paso sonaba a compás compartido.
—¿Sabes qué pienso? —dijo Clara, rompiendo el silencio—. Que todo lo que vale la pena da miedo al principio.
—Sí —respondió él—. Tal vez por eso casi nunca nos atrevemos.
Ella lo miró y sonrió, esta vez sin reservas.
—Entonces sigamos teniendo miedo, pero juntos.
Adrián no respondió. No lo necesitaba. Su mirada bastó.
Cuando llegaron a casa, ella encendió una vela en la mesa —una costumbre que decía haber heredado de su madre—. La luz bailó entre ellos, cálida, sincera.
Clara se sentó, y él, sin pensarlo demasiado, se quedó a su lado.
El silencio volvió, pero esta vez ya no dolía. Era un silencio lleno, de esos que abrigan.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—A veces creo que esto no puede ser real —susurró.
—Yo también —respondió él—. Pero si lo es, no quiero que se acabe.
El reloj marcó las diez y el mundo, fuera de esas paredes, siguió girando.
Ellos no.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse, suspendido entre el miedo y la calma.
Adrián cerró los ojos y pensó en todo lo que había dejado atrás: las noches heladas, las miradas vacías, el hambre, la rabia. Por primera vez, sintió que cada herida lo había llevado hasta allí.
A ese lugar.
A ella.
Y aunque el futuro seguía siendo incierto, en ese momento, bajo aquella luz tenue y la respiración tranquila de Clara, supo que había encontrado algo parecido a la paz.
Una paz que no necesitaba explicaciones.
Solo presencia.
Esa noche, antes de quedarse dormido, pensó en algo que nunca se había permitido pensar: tal vez su soledad sí tenía límites. Y tal vez, sin darse cuenta, los acababa de cruzar.