Capitulo 3. *El secreto de Felipe.

2326 Words
Capítulo 3. *El secreto de Felipe. Una noche como ninguna permanece en la mente de Felipe, quien no olvida a Laurel, desea verla y poder hablar con ella, que sea ella quien aclare sus dudas; quiere saber si ella siente lo que él siente, este sentimiento que lo atormenta, que lo llama a lo que para todos es prohibido. —¿Me mandaste a llamar, Felipe? —Sí, quiero verla, busca un modo para yo poder verla, Erick, quiero verla esta misma tarde. —¿Qué estás diciendo? Eso es una locura; ya te dije que ella nunca será aceptada por tus padres. —No te estoy pidiendo que me des recordatorios, te estoy diciendo que quiero verla y harás lo que te pido. —Como órdenes. —Erick le hace una reverencia y se retira de su presencia. Para Erick, una orden de Felipe es ley; sabe que esto pondrá al reino de cabeza. Quizás cuando su padre regrese de organizar el gabinete y el reino, cuando le cuenten a Felipe sobre sus compromisos como el rey, él cambie de opinión. Cómo Felipe lo ordenó, consiguió por medio de la nana de Laurel poder hablar con ella. Romina lleva a Laurel a los sembraderos donde cuida de ellos. —Mi señor, esto no es correcto. —Dice Laurel muy nerviosa. —¿Qué te pasó en el rostro? ¿Quién te hizo eso? —Laurel no sabe qué decir y solo le baja la mirada. —Responde. —Ordena firme Felipe. —Mi padre, señor, me ha castigado por desobedecer sus órdenes y estar con usted en la velada. —Esas palabras llenan a Felipe de ira; se acerca a ella y le acaricia las mejillas. —¿Por qué? ¿Por qué tantas restricciones? ¿Qué fue lo que hiciste para que todos te traten de esa manera? —Laurel no sabe cómo responder ante Felipe, quien espera su respuesta. —¿Qué quiere que le diga, mi señor? Soy una vergüenza, hace un año me comprometí con un joven soldado que me enamoró, me ilusionó y me dejó, yo… —Llora.— Me entregué a él, perdí mi virginidad ante un hombre que no me ama. —Ella se aleja de él. —Por eso le pido que no me busque, mi señor, no soy digna de usted, no soy nadie. Felipe se mantiene en silencio ante sus palabras, se niega a dejarla; con solo una noche, se ha metido en su cabeza como ninguna. —¿Aún lo amas? —pregunta Felipe evadiendo todas sus palabras. —No, mi señor, no podría amar a alguien que se ha burlado de mí, me ha deshonrado; no podré ser feliz jamás, nunca podré ser la esposa de alguien que me respete y me ame, no seré jamás madre. —Laurel llora y Felipe no puede verla de tal manera; es una dama ante sus ojos, la única mujer que lo ha cautivado y no piensa abandonarla. Felipe la sostiene sin importar nada y la besa en los labios, sus labios suaves y dulces; siendo ella la primera mujer en besarlo o tocarlo, es testarudo como su padre y no le importa nada más que lo que él cree. Es el rey y no falta nada más para recibir la corona y hacer sus propias reglas. * Su romance de adolescentes en secreto perdura por más de un año; los rumores de personas que los han visto por los establos o paseando a caballo sin acompañantes se extienden. Para Felipe, Laurel es su mundo entero; ella es su refugio ante tanta angustia y soledad. Su padre está muy enfermo y cada vez más se acerca su reinado; eso quiere decir que no le queda mucho para pedir su bendición ante su decisión de querer tomar a Laurel como su reina; es el deseo de su corazón al tenerla en sus brazos, siendo ella su primera vez y la mujer que más ama. —Te amo tanto, mi amor. —Yo a ti, mi reina, quiero que sepas que hoy hablaré con mi padre; debe saber que te amo y quiero que seas mi esposa. —Estás por cumplir 17, mi amor, no creo que esto lo acepten. —Tendrán que hacerlo, te amo y solo te quiero a ti. La hace suya como él es de ella; sin importar nada, la protegerá con su vida de ser necesario. Felipe la acompaña junto a su nana, que la espera como todas las tardes en los sembradíos para llevarla a casa. En casa, sus padres la esperan para cenar; Alonso se ha enfermado de manera repentina y, ante la nana, es un problema menos en la vida de Laurel. —Nana, estoy tan feliz, tan feliz, Nana, me ha pedido que sea su reina, Nana, seré la reina de Inglaterra, seré su esposa, Nana. —No sabes lo feliz que estoy por ti, mi niña, ya verás, tú serás la mejor reina que ha tenido esta nación. ¿Se han cuidado como les dije? —Sí, Nana, tranquila, no habrá hijos ilegítimos, todos estarán dentro del Parlamento, serán sus descendientes y futuros reyes. Nana, tengo miedo, mi padre, él jamás lo permitiría. —No te preocupes, mi niña, nadie se interpondrá en tu felicidad; déjaselo a tu Nana. Esa noche al dejarla dormida y descansando, Romina camina por las habitaciones, sus pensamientos la hacen perder la razón, si Felipe hablara con el rey quizás acepten a Laurel, ella no permitirá que nadie se interponga en su felicidad, nadie, así que se va a la habitación principal y sin hacer ruido mira a los padres de Laurel con seriedad, dejando caer dos velas en la alfombra, no tiene piedad, no tendrá piedad ante nadie que se interponga en la felicidad de Laurel, ella es como la hija que le negaron tener y sin importar nada cierra la puerta de manera que los duques no puedan salir jamás, sin saber que ellos habían conciliado el compromiso de Laurel con un caballero de la sociedad que le daría todo lo que ella pidiera, es un hecho el compromiso y no habrá nada que lo detenga, ni la muerte de los duques. Una noche larga para todos; las personas del pueblo ayudan a sacar a la duquesa y su nana, quienes tratan de escapar de las llamas abrazadoras que quieren acabar con todo. Los gritos de Laurel causan un fuerte escalofrío; ella amaba a sus padres, no eran los mejores, pero eran sus padres y los amaba. —¿Por qué, Nana? ¿Por qué? —Son cosas del destino, mi niña, se les olvidó apagar las velas, no puedo entenderlo. —Me dejaron sola, Nana, sola, no quiero, quiero a mis padres, los quiero, Nana. —Se derrumba en los brazos de Romina, quien mira el fuego ardiente con orgullo ante su decisión; los duques ya no serán influencia para Laurel. —Me tienes a mí, niña, me tienes a mí; vamos, te llevaremos a la casa de campo de tus padres, estaremos bien. Mientras Laurel se destroza por su pérdida, Felipe espera junto a su madre poder hablar con ellos sobre su relación. —Mi señor, puede entrar, el rey los espera. Felipe toma de la mano a su madre y se adentran a la habitación, quedando sin palabras ante su palidez. Ver a su padre en sus últimas lo incomoda; de cierta manera es su padre y no puede dejarlo, no quiere que muera. —Siéntate, hijo, debemos hablar. —Yo quiero hablar contigo. —Dice, y Felipe se queda impactado de su expresión inquieta. —Te escucho, Felipe. —Dice permitiéndole a su hijo expresarse por primera vez. —Padre, vengo ante ti para pedirte tu bendición, quiero casarme con Laurel, la amo y quiero que ella sea mi esposa. —¿Qué estás diciendo, Felipe? ¿Te has visto con esa mujer? Esa mujer no tiene moral; ha perdido toda su honra. —Dice agonizando. —No te permito que hables de esa manera de ella; es mi mujer, será mi esposa, la reina que esta nación necesita. —No… —Tose. —No lo permitiré. —¿Por qué, papá? ¿Por qué te niegas a que sea feliz? Todo tiene que hacerse a tu manera, eres tan egoísta que no puedes entender que la amo. —No puedes, Felipe, tú no puedes corresponderle, tú no puedes casarte porque ya tú estás casado, ya tú tienes una reina y ella es la única que puede ser la reina. —Felipe no puede creer lo que su padre le explica mientras agoniza. —¿Qué dijiste? —Por favor, Felipe, cálmate, tienes que escuchar a tu padre. —dice Diana a su hijo con preocupación. Esta es una conversación que Felipe tenía que hacer con su hijo hace tiempo, pero espera hasta sus últimas instancias, creyendo que Felipe lo entenderá de inmediato y lo obedecerá, pero lo que recibe es un enorme reproche ante esta situación, Felipe tan enojado que miraba a su padre con enojo muy serio. —No, no me van a convencer, la amo y me casaré con tu permiso o sin él. —Dice muy firme. —TÚ NO PUEDES CASARTE, TÚ YA TIENES A UNA PROMETIDA; EN CUANTO YO MUERA, ELLA VENDRÁ A TOMAR SU LUGAR COMO LA REINA Y TÚ NO PODRÁS CAMBIARLO. ES TU DEBER COMO REY; PARA ESTO TE HE CRIADO, TIENES QUE OBEDECER, FELIPE, LA NACIÓN DEPENDE DE TI, PARA ESO HAS VENIDO AL MUNDO. —NO, NO PIENSO HACER LO QUE ME ORDENAS, SOY EL REY Y YO NO RECIBO TUS ÓRDENES. —TE EQUIVOCAS, SI TÚ NO CUMPLES, NUNCA SERÁS REY, ELLA TOMARÁ POSESIÓN DE TODO, TÚ NO TENDRÁS NADA, NO SERÁS NADA, FELIPE. —Felipe mira a su padre con odio y se aleja ante su mirada. —FELIPE, FELIPE VUELVE. —Felipe sale de la habitación causando un preinfarto a su padre; no piensa hacer lo que le ordena, no cree en nada de lo que ha dicho. Felipe está en sus últimas; jamás pensó que su hijo sería tan testarudo que no aceptaría ni acataría sus órdenes. Está tan débil que no puede hacer más que dejar a su hijo algunas palabras mientras su esposa lo toma de la mano. Felipe pierde la vida después de despedirse; no puedo aguantar más y se dejó llevar por la muerte sabiendo que Enrique hará que Felipe caiga en cuenta y cumpla su deber. Con la muerte de Felipe I, el mensajero se monta en su corcel con una carta de Felipe a Enrique y se pone en marcha a dar la noticia más esperada del reino; mensajeros salen por doquier mientras Felipe, sin idea de lo ocurrido y decidido a buscar a Laurel, la busca toda la noche, en su casa y los prados. La agonía de tenerla lo invade y lo consume; quiere huir con ella, pero al no encontrarla, no le queda más opción que regresar al castillo donde lo esperan. Al entrar, Felipe tropieza con la única persona que quería ver; Erick lo espera con la noticia que abate a la nación. —Laurel no aparece, tienes que encontrarla, búscala, averigua qué pasa en su casa, la quiero de vuelta ahora. —Erick no se mueve, lo mira muy serio. —¿Por qué me miras así? Tú sabías de todo esto, ¿cierto? Siempre lo supiste. —Lo toma del cuello llevándolo a la pared donde lo presiona. —No, no es así, me acabo de enterar igual que tú, tienes que escucharme, Felipe, tu padre ha fallecido. —Dice Erick con preocupación ante la agresividad de Felipe. —¿Qué dijiste? —Lo presiona aún más. —Todos te están esperando, mi padre quiere verte. —¿Qué está pasando? —La guardia real está lista, es hora, Felipe, tienes que hablar con mi padre, por favor, sígueme. —No, no iré a ningún lado, necesito encontrar a Laurel. —Dice muy serio, aún en shock ante la noticia de la muerte de su padre. —Tienes que hacerlo, todos corremos peligro. —Erick trata de hacerlo entender, pero Felipe está actuando irracionalmente. Felipe trata de huir y la guardia se atraviesa, enfrentándose a él, quien saca una espada, siendo detenido por Erick, el padre de su mejor amigo. —Detente ahora, Felipe. —Tú no eres nadie para darme órdenes, soy el rey. —Aún no lo eres; si quieres serlo, tienes que escucharme. —Felipe se voltea y lo apunta con la espada. —Habla, di lo que tengas que decir ahora o lárgate. Erick padre le explica tanto a Felipe como a su hijo la situación en la que están por Felipe no cumplir: una nueva guerra se juramentará hasta que la legítima reina tome el poder, una guerrera que no tendría final y que, de perder, terminaría con el destierro de Felipe y su familia lejos de todo lo que conoce y ama, a una vida a la que no está acostumbrado. Él es el rey, para eso fue criado y, sin importar, debe hacer lo que sea necesario para salvar a la nación. —No habrá nada que me digas que me haga cambiar de opinión, no pienso casarme con la hija de nuestro peor enemigo. ¿Qué me indica que no me van a engañar y me matarán al darme la espalda? —Ella cumple su deber; tú cumple el tuyo, Felipe, y la paz reinará. —No pienso caer en su juego, no lo haré, Erick, quiero a Laurel ahora. —No tienes idea de lo que estás haciendo, esa mujer jamás podrá ser la reina; tu pueblo podría enfrentarse contra ti. —Dije que la quiero AHORA. —ENTONCES SOBRE TUS HOMBROS CARGARÁS EL PESO DE TUS DECISIONES. No tienes idea de lo que está por venir; tu padre estaría decepcionado.
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