Después de más lágrimas, trato de poner la mejor cara, ellos no tienen la culpa y sé que todos a nuestra manera superamos su ausencia. Me visto de n***o, no puedo ponerme algo diferente, ahora soy yo la que se viste con dos tonos, n***o o blanco, parezco a Roland. —sonrío al verme, al espejo—. El n***o no era mi color favorito, amo los colores, pero no soy capaz de ponérmelos, Inés dice que con el tiempo volveré a ser la misma. Sonó mi celular, era papá.
—Hola, papá. —traté que mi voz sonara lo más normal, aunque lo dudo, estoy ñata.
—Vero, buenos días, trata de no llorar tanto.
—Papá, tú eres viudo, te he visto llorar el recuerdo de mi madre y lo sigues haciendo, no me pidas eso.
—Es cierto, hijita. Perdóname por mi idiotez, todo es tan reciente. ¿Cómo amaneciste?
Si antes mi padre llamaba tres o cuatro veces por semanas, ahora ese mismo número lo hace en el día, no tengo moral para decirle que no lo haga, he sido la hija más desconsiderada del mundo al dejarme ganar por la cobardía de no enfrentar el dolor. En mi mente siguen presentes esas palabras que dijo después de haberme cortado las venas
«Vero, sé que me escuchas, por favor, si en algo consideras a este viejo cascarrabias y la memoria de tu madre, no me dejes solo. Camino en esta vida por ustedes dos, tu madre se llevó media parte de mí, no te lleves la otra. Tu marido no era de mi agrado, pero algo si tenía claro su carácter y era que adoraba tu fortaleza para no caer en la debilidad, haz alarde de esa admiración que Roland tenía por ti. Me fue muy claro su mensaje cuando te dedicó esa canción. A él no le gustaría verte convertida en una cobarde».
—Estoy bien papá, hoy es la misa y voy a ir.
—¡Bendito sea Dios!, ya empezaste a tomar conciencia. Me alegra por ti hija, ¿cuándo piensas venir?
—Señor Fausto, ya hablamos eso, por ahora no lo voy a hacer, quiero encargarme de las empresas de Roland, las legales y ahora con Diana y el bebé.
—Sí, esa foto que nos enviaste es muy hermosa. Ese pequeño ángel te está haciendo mucho bien.
—No voy a negarte eso, Diana ha estado delicada, he cuidado al bebé y me despeja la mente, me entretengo mucho con él.
—Te amo, hija. Acuérdate de este gruñón.
—Papi no voy a atentar con mi vida de nuevo, yo también te amo, besos al cabezón de mi hermano.
—Hija, la boda es en cuatro meses, ¿te parece? Ese atolondrado no se casará si tú no estás presenten y hay que tener consideración con la pobre Luz Marina. —Era cierto, por mi culpa ellos no podían seguir retrasando el matrimonio.
—Me parece bien, claro que estaré con ustedes.
—Te visito la otra semana, te amo mi Vero.
—Yo también papá.
Supongo que esas llamadas seguirán hasta que él se convenza de verdad que nunca más atentaré contra mi vida. Terminé de arreglarme, jean n***o con una camisa negra de seda, baletas del mismo color, me hice un moño de bailarina, unos topitos en las orejas y sin maquillaje, tomé mi bolso, las gafas y la chaqueta. Al llegar al comedor, Inés nos servía el desayuno.
—Buenos días, hija.
Le di un beso en la frente, al momento llegó Miguel con Isaac en brazos y Diana con lentitud también se presentó en la mesa del comedor.
—Diana debes mantenerte en la cama o por lo menos en el cuarto, no tienes ni dos semanas en haber parido mujer.
—A ver si a ti te hace caso, vieja. ¡Mujer pa’terca en la vida!
Comentó Miguel, desde hace semanas evito decirle Cebolla, y no sé, pero la llegada de Diana a nuestras vidas no solo está cambiando la mía por el bebé, a él lo veo actuar diferente. En la cocina hace unos cinco días nos pidió el favor de no decirle a nadie lo de su relación con mi amigo Raúl que por cierto a ese ingrato lo voy a descuartizar cuando se digne a venir. Eso sí, me llama todos los días, si ellos se pelean yo no seré su paga pato. En fin. El tema con Miguel siento que va por otro camino.
—Lo siento, señora Inés. Pero Miguel me dijo que van a ir a misa, yo desde hace muchos años no asisto y quiero agradecer el que ustedes llegaran a mi vida, no sé qué habría sido de mí.
—Anda, con semejante excusa no tengo cómo refutarte de que vayas. Eso sí, abrígate bien y no camines mucho. —Inés miró al hombre—. Debemos irnos antes para que podamos apartar puesto, saben que esta iglesia se llena mucho, Diana no puede estar de pie.
—Bien.
Acostaron al niño en el coche de bebé, mientras que Anita terminaba de servir el desayuno, Inés se sentó junto a nosotros.
» Rata dijo que nos alcanza en la iglesia, no alcanzó a tomar el primero vuelo. —miró a Diana—. ¿Vas a hablar con el padre Gabriel para organizar el bautizo?
—Aún no, debo buscar trabajo lo más pronto posible y luego si organizar lo del bautizo.
—Diana. —intervine—. Sabes que ya tienes trabajo, serás mi asistente, tengo muchas empresas en las que debo ponerme al frente y necesitaré ayuda.
—Por el tema de los gastos del niño yo los asumo. —miramos a Miguel—. Seré el padrino no.
—Sí.
Vi algo de vergüenza en el rostro de la madre. ¡Ay!, ¡ay! Crucé una mirada con Inés y ella por más que trató no pudo evitar esa sonrisa socarrona de felicidad por algo.
» La madrina quisiera que fuera usted, señora Verónica.
—Gracias yo encantada, y deja de decirme señora, solo soy un par de años mayor. —sonreí—. Ahora seremos comadres.
—No alcanzará mi vida para pagarles a ustedes lo que han hecho por mí.
—Yo me conformo con que me cuentes sobre ti. —La tristeza la invadió.
—Algún día le contaré mi historia. Por ahora, desde que llegaron a mi vida y lo que hicieron en el camión, ayudarme con el parto de mis hijos, la clínica, un techo, compañía desinteresada, le juro que se ganaron mi lealtad.
—Bueno, terminemos de desayunar, queremos llegar temprano, además el padre Gabriel desea hablar primero con la señora Verónica.
—Andaaaa, otro regaño más.
—Usted también debe contarme su historia. —intervino Diana, medio le sonreí.
—Lo haré el mismo día que me cuentes la tuya.
—Ese día necesitaré una botella de tequila. —dijo.
—No puedes tomar mientras estés lactando muchacha. —La regañó Inés y ella bajó la cabeza.
—Te iba a contestar que te acompañaba con una copa de vino, el tequila y yo estamos divorciados. —Mi comentario sacó algunas sonrisas.
—Me alegra verla que toma de nuevo su cauce, señora.
—¡Ay Inés!, por más que digan que no quiero aceptar la realidad, mi corazón lo siente, puede que sea descabellado, pero siento que me llama.
Ver la sonrisa del padre Gabriel al verme frente a él en el altar de la iglesia era como una bienvenida, la misa era a las diez, ya había oficializado la primera, me pidió que lo siguiera a su despacho, mientras que el resto se quedaron sentados en la primera banca.
—Me alegra mucho verte de nuevo. —tiene una candidez en su rostro.
—Gracias, padre. Y antes que diga algo, discúlpeme por haberlo echado de esa manera.
—No hay nada que perdonar Vero, soy sacerdote y también tuve mis discusiones con mi patrón. —señaló hacia arriba, sentí un tarugo en mi garganta—. Solo estoy esperando la razón de lo sucedido, te he esperado cada domingo, quería entregarte esto.
Se levanta y fue hasta su escritorio para sacar una carpeta.
» Este era uno de tus regalos por parte de Roland, eres la dueña de esto. —tomó la carpeta, en ella estaban las escrituras en las que me hacía única dueña de fundaciones R&V —. Roland y Verónica.
—Simón ya me había dicho que debía encargarme de dos fundaciones.
—Tu marido era algo extravagante para los negocios, eres dueña de siete sociedades que están bajo el nombre de R&V esa es su reivindicación, límpiale su alma para que no esté vagando y pueda ser redimido.
Por más que traté de contener ese nudo en la garganta no pude y salió de mis entrañas como un gruñido desgarrando todo en mi interior, he llorado todos los días, pero ahora quería tirarme en el piso, rasgarme la piel para dejar salir el nefasto dolor.
Me aferré a la carpeta que tenía en la mano, de mí no salió un llanto normal, salió fue una erupción catastrófica de dolor puro, en el fondo escuchaba las palabras del padre las cuales parecían una plegaria y pedía por mi resignación.
Caí de rodillas y luego quedé acostada en el piso abrazando mis piernas, de mí salían lamentos, llegaron recuerdos, besos, caricias, sonrisas, enojos, palabras que me decía… No lloré, siento que aullé, dejé escapar un llanto desgarrador que debió de escucharse en toda la iglesia, Miguel llegó al despacho y solo me observó en el piso gimiendo.
—Debe desahogarse, déjenla que llore, no necesita que le digan nada, solo acompáñenla a llorar. El llanto es lo único que restaura una ausencia. —Se acercó a mí, acarició mi cabello—. Llora, Dios te escucha, ábrete a Él, solo Jesús puede restaurarte, entrega ese dolor, hija pon el alma y la ausencia de tu esposo en manos de Cristo Jesús, no lo tendrás de regreso, pero tú si volverás. Demuéstrale al mundo la mujer que amó tu esposo.
—¿Puedo quedarme con ella, padre?
—Claro, ¿tú cómo vas?
—Prometo volver después, varias cosas me están pasando. —Los escuchaba lejos.
Sé que el sacerdote salió, Miguel me miraba y por más que deseara estar sola, sé que no iba a salir, no confían en mí y los entiendo. Se quedó en silencio, permitiéndome arrastrar en el piso, despotricando y peleando con el Ser Supremo, reclamándole su abandono.
Me había dejado sola, he sido una buena cristiana, he cumplido con sus mandamientos, asistía a misa cada ocho días sagradamente y ¿me quita lo que más amaba en mi vida de esa manera?, no era justo… Después de unos minutos, un calor me invadió y esa tranquilidad me embriagó, recordé. Dios dejó a su hijo solo, también lo abandonó para luego redimirlo, para darle la grandeza. El problema es que yo lo quiero a él de vuelta a nadie más.
—¡ROLAND! —grité.