En el comedor nos esperaban, era domingo, lo primero que hizo Cebolla fue cargar a Isaac, todos en la casa lo apreciamos, pero él demostraba un afecto mayor. Fue revelador lo que me acaba de confesar y tiene razón, debo respetar sus demonios, yo tengo los míos, solo espero que logre domarlos, así como los hizo Roland.
¿Soy bueno para dar consejos y yo?, ni mierda los tomo. La señora se acercó para abrazarme fuerte, tenía los ojos hinchados, nos ubicamos en cada una de nuestras sillas. Rasca culo bajó a pesar de los regaños de Inés a la que le besó la frente para calmarla, Cereza había llegado con su familia y los niños estaban al lado de Inés.
Clarisa nos saludó, era una encantadora mujer. No sé si era por respeto, pero el puesto de Roland seguía desocupado, nadie se atrevía a sentarse en esa silla, era la principal de la mesa. Saludé a Diana que la tenía a mi lado.
—¿Cómo te fue? —algo me dice que ella tendría un papel importante con Miguel.
—Muy bien y debo confesarte algo.
—Si señor, dígame.
—Maté al padre de tus hijos, el mismo que te golpeó.
—¿Jaime Jaramillo fue el malparido que le pegó? —La reacción de Cebolla nos sorprendió a todos y al notarlo se controló—. Perdón, es… ese imbécil mató a la hermana de Isaac. —Los ojos brillantes en Inés me sorprendieron.
—Te entendemos.
Dije y al verlo, su rostro de puño me advirtió que me quedara callado. Cereza y Rasca culo hablaban entre ellos, Clarisa le daba de comer al pequeño Sebas, mientras Cereza se encargaba de partirle la carne a Meli, su hija de cinco años.
—Gracias. —dijo Diana con su rostro sonrojado.
—Simón, en la tarde quedé de encontrarme con Raúl, ¿Quién de ustedes me acompañará? —crucé mirada con mi segundo, quien negó.
—Yo debo hacer una visita, pero la cuidará Mojón y Rasca culo.
—Rasca culo está incapacitado. —intervino Inés.
—Ya estoy bien, no tengo problema en acompañar a la señora.
—Llegamos a buena hora. —Al comedor ingresó Mojón y Churrusco.
—Lávense las manos y siéntense, ¡Ana! —La empleada salió—. Dos puestos más, por favor. Mojón, antes de que salgas con la señora quiero hablar contigo.
—Vieja…
—Hay niños en la mesa, hablamos más tarde.
—Si señora.
Contuvimos las ganas de reírnos, Inés a todos nos daba lora, pero a Arnold le daba cantaleta, aunque todos sabemos que era su niño adorado.
—Me caen bien Arnold y Gustavo. —Nos reímos todos.
—¿Jura que no hará nada? —miré a la señora.
—No me perderé por nada del mundo ser la madrina de Isaac.
—Bendito sea ese ángel. —exclamó Inés—. Dios envía emisarios en el momento justo y preciso.
Nadie refutó las palabras de esa hermosa señora morena que nos desarmaba con la mirada de una madre.
……***……
Había quedado de verme con Raúl a las cuatro de la tarde, Simón salió hace un par de horas y Miguel volvió a encerrarse en el sótano, estaba en la habitación con Galaxia, duermo con ella y con sus dos cachorros, D’Artagnan se quedó con mi padre, no hace mucho dormí a Isaac, debía confesarlo, ese pequeño ángel me ha ayudado mucho a salir de la depresión.
Debía comprender que lo único seguro en la vida era la muerte, mientras unos fallecen, otros llegaban y ese pequeño no solo me ayuda a mí, nos ayudaba a todos. Ingresé al baño para arreglarme un poco y no llegar escuálida a la reunión con Raúl, él la estaba pasando mal.
A él parece haberle afectado lo que sea que haya tenido con Miguel o bueno, ahora sé por palabras del Flaco que no eran una pareja, no indagué mucho en el tema, yo acepto, tolero y respeto las decisiones sexuales de cada quien, nadie tiene derecho a juzgar a nadie, lo importante era vivir acorde a nuestra felicidad si hacer daño a la sociedad, nadie debe opinar.
Eso sí, siempre y cuando lo que hagas no te haga sentir mal, pero si dentro de ti, te queda esa duda de estar haciendo las cosas mal o no te da tranquilidad, era porque hiciste algo indebido, no hay mejores justicieros que tu corazón y conciencia, nadie te sabe juzgar mejor que tú mismo. Por eso cuando intenté quitarme la vida, se sintió horrible y le he pedido perdón a Dios, a mi padre y hermano. Bajé las escaleras con mis perros detrás. Sonó el celular, al ver la pantalla era mi padre.
—Hola, papá. —llegué hasta la cocina.
—Hija, ¿cómo está mi princesa?
—Muy bien y dejen de consentirme tanto, ¿desde cuándo me dices princesa?, pensé que era tu ángel. —Inés me miró con curiosidad.
—Eres mi hija, cielo, vida, ángel, pequeña y princesa de papá. —puse los ojos en blanco.
—Ya párale papá, es muy extraño que seas tan zalamero si eres un ogro. —escuché un suspiro al otro lado de la línea.
—Alguien que adoro y a la que casi pierdo me hizo caer en cuenta de un gran error. —Se me estrujó el corazón—. Aunque ella sabe cuán importante es en mi vida, y por mi mal genio nunca le decía con palabras cuán importante es para seguir viviendo. Aunque no me mataría, el dolor lo haría.
—Papá. —Los ojos se me humedecieron y los brazos de Inés me aferraron—. Perdóname.
—Claro que te perdono, hija. Pero fíjate que esos malos sucesos me hicieron ver el error que estaba cometiendo, ahora hasta al tarado de tu hermano le digo cuando lo amo.
—¡Está hecho un almidón de azúcar!
Escuché a Santiago y volví a reír. Amaba a estos dos hombres.
—Hija, te llamo para decirte que vas a ser tía. —grité y brinqué de alegría—. ¡Seré abuelo! El matrimonio es para dentro de dos meses, ya lo adelantamos para hacerle otro arreglo al vestido de novia, por la barriga.
—¡Qué felicidad! ¿Cuándo vienen?
—En estos días voy a visitarte.
—Bueno papi, te amo y dile lo mismo a mi hermano y cuñada, voy de salida.
—¿Vas con Rata o Cebolla?
—Sabes que sí. —Si le digo que no, era capaz de viajar o peor aún, regañarlos.
—Entonces quedo tranquilo. Te amo, hija.
—Yo también te amo.
Cebolla ingresó con Isaac en brazos, miré a Inés y era evidente que ese niño estaba revolucionando la existencia de ese hombre, parece el papá. Le entregó el niño a su abuela porque así se proclamó Inés.
En el almuerzo me sorprendió mucho ver lo bien que se llevan entre ellos, cuando estaba Roland los veía a lo lejos, no pensé que fueran tan amigos, según Inés se tratan como hermanos, pero respetando mucho los papeles y siempre mi esposo a la cabeza.
—Señora ya la esperan para llevarla a su visita.
Él era un muro impenetrable, demasiado hermético a pesar de sus expresiones amables, sonrientes y jocosas. Nada parecido a Simón que poco sonríe, aunque últimamente había cambiado, nos dirigimos a la salida, me esperaban seis hombres.
—¿Es una broma, Miguel? —negó.
—No lo creo, es la primera vez que no la acompañaremos Rata o yo, créame mi jefe no ha dejado de llamar para verificar que usted tenga el personal adecuado.
—Con Arnold y Gustavo era suficiente. ¿También va Cereza y Churrusco?
—Los dos primeros estarán todo el tiempo con usted, los otros solo la escoltarán.
—No voy a intentar hacer nada contra mi vida. —Se encogió de hombros.
—Aún no le tenemos confianza.
Cerré los ojos, esto me lo gané a pulso. Le di un beso en la mejilla a modo de despedida y me dirigí hasta el auto que además era blindado. Si Roland tenía una obsesión con mi seguridad, sus compinches lo sobrepasaron.
Nos dirigíamos al apartamento de Raúl, iba en la parte trasera con dos gorilas a mi lado, Arnold y Gustavo eran dos macancanes, uno rubio y el otro trigueño, al volante iba Cereza, un hombre bajito de cara redonda con los cachetes rojos.
La noche en que lo conocí supuse que estaba rojo por la operación de rescate, pero no, sus cachetes permanecen de ese color y de ahí el apodo, su esposa que hace unos días me la presentó Inés era muy linda, esa mujer era un pan de Dios.
De copiloto iba Churrusco, un morocho acuerpado con el cabello trenzado. Y aquí iba escoltada por cuatro hombres diferentes, además de dos motos siguiéndonos.
—¿Por qué te apodan de esa manera y tú lo aceptas? —miré al hombre que le dicen Rasca culo, quien sonrió.
—Nací en una pequeña vereda en Córdoba que se llama así, mi registro civil dice oriundo de Rasca culo, el sobre nombre me lo puso el patrón Roland, cuando hice la entrevista hace unos años no dejaba de burlarse. No le veo nada de malo, solo en este mundo me conocen por este apodo.
Al llegar al apartaestudio, Raúl salió y con la alegría de volver a ver a mi mejor amigo corrí a su encuentro, las lágrimas no se contuvieron, los besos en la frente por parte de él no minimizaron.