Ya te encontré

1247 Words
A las cuatro de la madrugada, seis horas después de aquella llamada, Rafael ya sabía que Léonie Aubert estaba muerta. Lo que todavía no sabía era quién estaba usando su nombre para destruirlo. Manejaba por la autopista hacia la frontera suiza con el teléfono en altavoz y la radio apagada, mientras del otro lado de la línea Ettore tecleaba sin parar. Llevaba diez años trabajando para él y, en todo ese tiempo, nunca le había hecho una pregunta que no fuera necesaria. —Léonie Aubert, veintiséis años —leyó Ettore—. Murió hace nueve días en el Hospital Universitario de Zúrich por una hemorragia severa, y la cremaron tres días después. Rafael no dijo nada. La rueda derecha pisó la línea del borde y el traqueteo del asfalto lo obligó a enderezar el volante, así que volvió a su carril y siguió mirando la carretera. —¿Familia? —preguntó al fin. —Los padres murieron en un accidente hace ocho años, de modo que solo le queda una hermana: Noemi Aubert, veinticuatro años, estudiante de la universidad. —Ahí está. ¿Dónde vive? —Ese es el problema. El dueño del edificio dice que se fue hace cinco días sin dejar dirección, y el número desde el que te escribió es de prepago y no está a su nombre. Esa mujer sabe esconderse, Rafael. —Nadie sabe esconderse de mí. ¿Dónde estudia? —Congeló el semestre hace unos meses, cuando la hermana todavía estaba viva, y la universidad no da más datos. Rafael tamborileó con los dedos sobre el volante. Afuera el cielo seguía n***o, aunque los carteles de Chiasso ya empezaban a aparecer entre la neblina. —¿De qué fue la hemorragia? —El hospital no da esa información por teléfono; solo dice "complicaciones". —¿Seguía embarazada cuando murió? Ettore tardó un segundo en contestar. —No lo sé. En lo que pude conseguir no aparece si hubo cirugía. —Averígualo. Cortó la llamada antes de que Ettore pudiera responder y se detuvo en la primera gasolinera después de la frontera. No bajó del auto, sino que se quedó con el motor encendido y el teléfono en la mano, deslizando el pulgar por la lista de mensajes de voz guardados hasta encontrar uno que nunca había abierto. Léonie. Recibido hace cinco meses. Duración: cuarenta y dos segundos. Su pulgar quedó sobre el botón de reproducir. Lo dejó ahí varios segundos, hasta que bloqueó la pantalla. Primero la hermana; lo demás podía esperar. Guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y volvió a la carretera. A las seis y media, cuando las primeras luces de Zúrich aparecieron frente al parabrisas, Ettore volvió a llamar. —Lo del embarazo no sale en ningún lado, pero encontré otra cosa. —Se oía cansado, aunque satisfecho—. El hospital mandó la deuda de Léonie a cobranza: cuarenta y dos mil francos. Llamé haciéndome pasar por la agencia y me dieron la dirección donde hay que mandar la factura. Rafael apretó el volante. —¿La de la hermana? —Ella misma se la dio al hospital ayer por la tarde, porque la necesitaban para mandarle la factura. Es un cuarto alquilado en Schlieren, a quince minutos del centro. Te mando la ubicación. Rafael sonrió por primera vez en toda la noche. Noemi había sabido esconderse, pero la deuda del hospital acababa de llevarlo hasta su puerta. —Gracias, Ettore. —Rafael. —El investigador dudó—. ¿Quieres que mande a alguien contigo? —No. Esto lo hago yo. El edificio era viejo, de cuatro pisos, con la pintura descascarada y una puerta de vidrio que no cerraba bien. Rafael estacionó enfrente a las ocho y cuarenta, apagó el motor y se quedó mirando las ventanas una por una: algunas tenían cortinas, otras plantas, y una del tercer piso no tenía nada, salvo una caja de cartón apoyada contra el vidrio. Se bajó del auto y caminó hasta la entrada, donde, en la fila de buzones oxidados, había uno con una etiqueta nueva escrita a mano con letra apurada. N. Aubert. 3B. La miró un largo rato; después sacó el teléfono, le tomó una foto y volvió al auto a esperar. No tuvo que esperar mucho. A las ocho y cincuenta, el teléfono sonó. Era Alec, y Rafael lo dejó sonar tres veces antes de contestar. —¿Dónde estás? —preguntó su amigo—. Tu secretaria dice que saliste de madrugada y que no contestas a nadie. —Un cliente en Zúrich. Algo urgente. —¿A las tres de la mañana? Ni yo era tan dramático. —Alec se rió, y Rafael escuchó de fondo el balbuceo del bebé y la voz de Livia diciendo algo que no alcanzó a entender—. Livia pregunta si lo del domingo sigue en pie. —Sigue en pie. Hubo una pausa del otro lado. —Rafa, ¿estás bien? Suenas raro. —Estoy trabajando, Alec. Te llamo después. Cortó antes de que su amigo pudiera insistir. Era la primera vez que le mentía a Alec, y lo había hecho sin pensarlo dos veces. A las nueve en punto, el celular vibró sobre el asiento del copiloto con un mensaje del mismo número de la noche anterior. Cuarenta y dos mil francos en efectivo. Lo que costó que mi hermana muriera sola en un hospital mientras tú te reías en fiestas en Milán. A las doce te digo dónde dejarlos. Si no los traes, a la una tu nombre está en todos los diarios de Suiza. Rafael lo leyó una vez, despacio, como leía los contratos de sus enemigos. Sola, cuarenta y dos mil francos, un hospital: cada palabra le confirmaba algo que esa mujer no sabía que le estaba diciendo. Cuarenta y dos mil francos no parecían una consulta ni una noche en urgencias; parecían un quirófano. Rafael bajó la mirada hacia el bolsillo del abrigo, donde seguía el teléfono con aquel mensaje de voz de cuarenta y dos segundos, y no lo sacó. No le pedía millones; le pedía exactamente lo que debía. Eso significaba que estaba desesperada, y las personas desesperadas cometían errores. Antes de responder, le reenvió el mensaje a Ettore con una sola línea: Guárdalo. Es justo lo que nos faltaba. Después abrió el chat, adjuntó la foto del buzón y escribió debajo, sin prisa: Ya te encontré, Noemi. Lo envió, y la palomita gris se volvió azul casi de inmediato. Rafael levantó la vista hacia el tercer piso justo a tiempo para ver cómo la caja de cartón se movía y, detrás del vidrio, una silueta de mujer se quedaba inmóvil mirando hacia la calle. Mirándolo a él. Rafael bajó del auto, cerró la puerta sin apuro y cruzó la calle. Justo en ese momento salía un vecino con su perro, que le sostuvo la puerta de vidrio con amabilidad, sin preguntarle a quién buscaba. —Gracias —dijo Rafael. Y empezó a subir las escaleras. Nota de autor: ¡Hola, mis amilectoras! 💕 Rafael ya encontró a Noemi y está subiendo esas escaleras... 😱 ¿Qué creen que va a pasar cuando ella abra la puerta? ¿Logrará esconder a la bebé? Déjenme sus teorías en los comentarios 💬, que me encanta leerlas. Si la historia las tiene atrapadas, agréguenla a su biblioteca 📚 para no perderse el próximo capítulo, y no olviden su voto ⭐ y sus regalitos 🎁. ¡Las leo! ❤️
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