Soy Maxim Ivanov, y me considero un hombre frío, calculador y letal; nunca me escondo detrás de nadie; a mí no me asusta el peligro, me divierte, y vivir mi vida al límite es mi lema. No soporto la deslealtad y nunca dejo una cuenta sin saldar.
Hoy decidí actuar, pero no con balas, sino tomando lo más preciado que tienen mis enemigos: su hija, la heredera Aleksandra Kozlov.
La maldita mujer que se ha empeñado en arrebatarme todo lo que poseo, como lo hizo hace un mes con mi novia, mi mujer, la única con la que había decidido unir mi vida. Pero todo quedó en palabras cuando Aleksandra terminó con su vida, cosa que se supone no pasaría, ya que había un acuerdo de paz firmado. ¿Pero cuál maldita paz, si esa era una palabra que nuestras familias no comprendían? Hace mucho rato que esto había dejado de ser una lucha de poder por mercancía y respeto.
Era algo personal: medirnos en el campo, herirnos o asesinar a cada uno de los miembros de nuestras familias hasta que ya no quedábamos más que nuestros padres y nosotros dos. Pensé en acabar con su padre, pero eso sería una salida muy fácil, algo para lo que de hecho ella está preparada.
La tomaré con la guardia baja, cosa que nunca ocurre, ya que esa maldita mujer es muy astuta y siempre está un paso adelante de mi, algo que me jode en lo más profundo de mi ser. Fueron miles los atentados que hice para acabar con su vida, pero la сука “perra”, como la denomino, tiene más vidas que un gato. El último intento la dejó en coma por más de veinte días, cosa que celebré como nunca; sin embargo, no sucedió lo que esperaba. La desgraciada se recuperó, aunque al menos tuve la satisfacción de verla revolcarse del dolor cuando se enteró de que su hermano no corrió con la misma suerte, porque a ese sí lo acabé yo. Aún pienso que mi error fue dejar que mis hombres se encargaran de ella, pero eso ya no importa, no cuando estoy dispuesto a acabar con ella de otra manera.
Moscú es la ciudad de Aleksandra y San Petersburgo es la ciudad que dominó. No soporto que ella tenga la ciudad más grande e importante de Rusia. Por eso siempre hemos querido derrotarlos para quedarnos con todo lo que poseen y con lo que su apellido significa. Esa es la razón por la cual nuestras familias siempre han estado en guerra. Esa, y una fallida relación. Y es que la madre de Aleksandra era la novia de mi padre hasta que conoció al mafioso más grande de su ciudad y se casó con él. Dejando nuestro apellido por los suelos, cosa que pienso remediar en esta ocasión causándole el mismo dolor al maldito que tiene por novio, nada más y nada menos que un mafioso de la ciudad de Sochi, una que, por cierto, también quiero controlar.
Esos eran mis pensamientos mientras me dirigía a la casa de la perra. Hemos decidido hacer los dos ataques al mismo tiempo para no darles tiempo de reaccionar, y es que ella había enviado a casi todo su personal a cuidar de sus padres, dejándome el camino un poco más fácil. Pero no me podía confiar, por eso esta vez usé algo que la dejaría un poco indefensa.
Nos estacionamos a dos cuadras de su tercer anillo de seguridad; eran las dos de la madrugada, la hora perfecta para actuar.
—Jefe, debemos avanzar.
—Perfecto, ataquen.
El primer grupo, conformado por cincuenta hombres, avanzó y pronto se escucharon las detonaciones. Unos diez minutos después habíamos matado a todos y avanzamos, pero el segundo anillo nos estaba esperando, así que comenzaron a disparar y nosotros repelimos el ataque, disparando a todo aquello que se moviera. No fue difícil controlarlos porque los superábamos por mucho.
Sabía bien que Alexandra tenía que estar asombrada porque habíamos atacado ambas casas, pero también debía estar ansiosa por matarme, y eso me hacía feliz. Al llegar a la casa, fuimos recibidos por una lluvia de balas. Como pudimos, bajamos de los autos y comenzamos a disparar; aun así, mientras sus hombres iban cayendo, yo me abría paso para entrar a la casa arrastrándome por el suelo; esa era la mejor opción para no ser alcanzado por ningún proyectil.
Avancé detrás de uno de mis hombres y pude entrar a la casa, donde conté unos veinte hombres. Así que lancé un poco de humo para desestabilizarlos. Eso nos dio ventaja y comenzamos a dispararles. Los hombres eran muy buenos en su trabajo; lograron matar a cinco de mis hombres. Sin embargo, yo pude subir hasta la habitación de Alexandra, sorprendiéndome de que el pasillo estuviera despejado.
Antes de acercarme a la puerta, ella disparó un par de veces creyendo que así me mataría. Justo en ese momento se cortó la luz y yo comencé a disparar contra su puerta mientras ella respondía el ataque. Cuando supe que sus balas se habían acabado, abrí la puerta de una patada y corrí hacia ella, la cual estaba cargando el arma. Me tiré contra su cuerpo y comenzamos a pelear. Ella trataba de sostener el arma y yo golpeaba su muñeca para que la soltara, pero la maldita era muy buena en esto. Me golpeó con la cabeza y casi logra desestabilizarme, pero no lo logró porque la llevé hasta el borde de la ventana y golpeé muchas veces su muñeca hasta que el arma cayó.
—Maldito, te mataré.
—No te daré el gusto, maldita.
Ella levantó su pierna y me golpeó en la costilla, lo que me hizo soltarla y doblarme del dolor. Ella trató de correr, yo le metí el pie y la hice caer para luego tirarme encima de su cuerpo. Sin embargo, ella logró voltearnos y comenzamos a pelear. Ella me dio un golpe en el ojo que me dolió profundamente y yo no me quedé atrás, le partí la nariz. Rodamos por toda la habitación y en un momento logró dominarme, aunque logré tomarla por el cabello mientras ella lanzaba patadas que yo esquivaba. Mi agarre fue tan fuerte que ella se dobló y ese fue mi momento, porque con mis pies la tumbé, colocándome encima de su cuerpo y tratando de esquivar los golpes que me daba.
Como pude, llevé mi mano a mi bolsillo y coloqué la sustancia que la haría perder el control de su cuerpo mientras la mantenía consciente. Sabía que solo con esta droga la podía controlar. Ella siguió luchando un poco más hasta que la burundanga comenzó a hacer efecto, pero eso no disminuye su odio.