Parecía estar en la dimensión desconocida. —¡Jerónimo! —llamó Abigaíl. —¿Cómo la llamaste? —Procyxon caminaba, ¡la piedra! Jerónimo alzó la mano y me la entregó. —Tú, —señalé a Abigaíl—. ¡Cállate maldita perra! Aún seguía asimilando la revelación, debería sentirme feliz por saber quién era, pero no era así, algo en mí había muerto, estaba decepcionada, con lo que pasó en la habitación de Abigaíl y ahora esto, había realizado el papel de estúpida toda la vida. Tenía tanta rabia. —¿Qué te pasa, hijo? —La risa del rey nos sorprendió. —Yo no soy tu hijo y no saben lo estúpidos que han sido todos estos años. —El padre de Jerónimo se fue alejando poco a poco. —¿A qué te refieres? —preguntó. —A esto. —Mostró el anillo ante los principales miembros del Norte. —¡Te casaste conmigo! —Habl

