—No… —¡Entonces haz lo que te ordeno! El niño obedeció al instante. Sujetó la daga con ambas manos temblorosas y, sin más dilación, se la incrustó en el cuello del prisionero, terminando con la vida del hombre que ya agonizaba. Con ese único movimiento, el cuerpo dejó de moverse para siempre. Cuando todo terminó, Zelek permaneció inmóvil, temblando aún más violentamente mientras sujetaba el arma ensangrentada, observando hipnotizado cómo los últimos vestigios de vida se desvanecían de los ojos de aquel hombre. Y en todo ese momento, las palabras venenosas que su padre le había susurrado, pronunciadas con una crueldad calculada, se grabaron en el alma de Zelek como hierro candente sobre carne viva. Desde ese día, había dedicado cada momento de su existencia a demostrar que no era débil,

