CAPITULO 6

1437 Words
Hoy el estudio olía a papel quemado, café viejo y lápiz. Mi ropa estaba manchada de tinta. Tenía las uñas llenas de carboncillo. Y no me importó. Porque por fin… la idea nació. Un espacio que no se construye con reglas cuadradas ni techos altos. Un refugio, Freya-style. Para las que no tienen a dónde huir. Para las que caminan con miedo en el cuerpo. Un lugar que abrace cuando el mundo se vuelve hielo. No sé si eso se puede construir. Pero voy a intentarlo. Y ahora, con los dedos adoloridos y las piernas entumidas, me siento aquí a escribir… y lo odio. Lo odio porque, aunque he estado todo el día enfocada en mi proyecto… tu maldita voz no se fue de mi cabeza. Alexander Dorne. Hombre de pocas palabras. Dueño del silencio. Manipulador de tiempo. No hiciste nada hoy. No dijiste nada. Y aún así, ahí estabas. Como un eco que no quiere apagarse. No sé qué me jode más: que me desafíes tan bien, o que me des tantas ganas de hacerlo mejor. No te debo nada. Pero quiero que veas lo que puedo hacer. Quiero que lo veas… y que no sepas cómo domarlo. Quizá eso es lo que más te asuste de mí. Que no estoy esperando tu aprobación. Solo… tu reacción. Y si me vas a mirar… que sea porque te arde no poder dejar de hacerlo. —F.L. Freya se despertó sin alarma. El sol entraba tímido por la ventana, acariciando las sábanas revueltas y su cuerpo aún tibio del sueño. Se desperezó sin apuro. Era uno de esos días donde no sentía la necesidad de pelear con el mundo. Solo quería crear. Eligió un suéter de lana fino, gris claro, amplio y cómodo. Unos jeans ajustados. Nada de maquillaje, salvo un poco de bálsamo en los labios. El cabello lo dejó suelto, medio ondulado, desordenado. Auténtica. Natural. Jodidamente hermosa sin esfuerzo. Caminó hasta su estudio con una taza de café humeante en la mano, disfrutando el aire fresco de la mañana. Al llegar, Penny ya estaba allí, con su habitual energía agitada y su sonrisa traviesa de siempre. Pero esta vez, no dijo nada. Solo alzó las cejas… y le hizo una seña con la cabeza. Una seña rápida. Urgente. Casi nerviosa. Freya la miró frunciendo el ceño. —¿Qué? —susurró. Penny solo abrió los ojos, como diciendo: “Entra y mira.” Freya empujó la puerta de su oficina. Y lo vio. Alexander Dorne. Sentado en su silla, con sus bocetos extendidos sobre su mesa, los dedos de una mano acariciando el borde de una maqueta, la otra hojeando su libreta de diseño. Estaba vestido con un suéter oscuro de cuello alto, el abrigo colgado del respaldo de la silla. Cómodo. Instalado. Insoportable. Y cuando la vio, no se levantó. No pidió disculpas. No hizo ningún gesto. Solo dijo, con voz baja, como si fuera él quien la estuviera esperando en su propia oficina: —Interesante concepto. Freya se quedó en el umbral, sujetando la taza entre las manos, los labios apretados. Su corazón dio un salto. De sorpresa. De rabia. De algo peor. —¿Qué estás haciendo aquí? Alexander pasó una página. —Supervisando el proyecto. —¿Sin avisar? —La creatividad no espera una invitación. Ella dio un paso al interior. —Eso no te da derecho a invadir mi espacio. Él la miró por fin. —Te equivocas, Freya. Ahora este espacio también es mío. Y ahí estaba. Otra vez. La frase exacta. La voz justa. El veneno perfecto. Freya se quedó en silencio unos segundos. No porque estuviera intimidada. Sino porque estaba procesando cómo podía alguien entrar así a su mundo… y verse tan malditamente bien haciéndolo. Freya respiró hondo. Guardó el enojo en el mismo cajón mental donde mete las cosas que duelen pero no pueden estallar en público. Levantó la barbilla, entró por completo y cerró la puerta detrás de ella. —Muy bien —dijo con tono firme, dejando la taza de café en su escritorio—. Ya que estás aquí… vamos a hacerlo bien. Alexander no respondió. Se recostó apenas en la silla —su silla—, cruzando las piernas con esa calma exasperante, mientras ella recogía algunos papeles sueltos y reordenaba los bocetos sobre la mesa. Freya tomó su libreta, la abrió justo en la página que había titulado la noche anterior y le habló sin rodeos, con voz clara y segura: —Quiero crear espacios terapéuticos. No clínicas. No consultorios. No prisiones blancas disfrazadas de ayuda. Refugios. Interiores que respondan a las emociones. Alexander no la interrumpió. Sus ojos grises seguían sus manos, sus trazos, su rostro. Nunca pestañeaba cuando algo lo interesaba. —Esto no se trata solo de diseño —continuó ella—. Se trata de restaurar la percepción del cuerpo dentro del espacio. De darle seguridad a personas que han vivido violencia, ansiedad, aislamiento. Señaló uno de los renders rápidos sobre la mesa. —Este muro cambia de temperatura y textura según el estado de ánimo detectado por sensores no invasivos. —Otro boceto—. Aquí, la luz se regula automáticamente para favorecer la contención emocional. Y este plano incluye un sistema de aromaterapia sutil que se activa cuando el usuario presenta patrones de respiración irregulares. Silencio. Ella levantó la mirada, directa. Los ojos avellana, firmes. Desafiantes. —Sé que esto no grita “ganancias millonarias” ni “revolución tecnológica”. Pero grita humanidad. Y eso, señor Dorne, también debería valer algo. Alexander la observó durante unos segundos que parecieron un campo minado. Luego bajó la mirada a los planos. Los repasó con los dedos, lento. Sin hablar. Finalmente, murmuró: —Tu idea es audaz. Freya alzó una ceja. —¿Eso es una aprobación o un intento de elogio pasivo-agresivo? Alexander levantó la vista. —Es un hecho. Y los hechos… me interesan. Silencio. Ella cerró la libreta. Con calma. Y volvió a mirar al hombre sentado en su silla. —Entonces tienes lo que viniste a buscar. Ahora, si no necesitas nada más… me gustaría recuperar mi espacio. Alexander se puso de pie sin apuro. Se acercó a la puerta. Y justo antes de abrirla, dijo: —Tu espacio me gusta, Freya. Tiene carácter. Y lo que tiene carácter… se merece ser domado con más cuidado. Y se fue. Freya exhaló solo cuando lo escuchó alejarse por el pasillo. “Lo juro por todo lo que me queda de dignidad... este hombre va a ser mi ruina.” La luz de la tarde caía suavemente sobre la mesa de trabajo. Freya llevaba dos horas sumergida en el diseño, apenas consciente del tiempo. Las yemas de sus dedos estaban manchadas de grafito, tenía el cabello sujeto con un lápiz y el café de hace rato seguía medio frío sobre una pila de revistas de arquitectura. En su laptop, el plano comenzaba a tomar forma real. Render en proceso. Maqueta conceptual digital. Texturas aplicadas. Notas técnicas listas. Estaba tan enfocada que no escuchó el sonido del nuevo correo. Hasta que Penny asomó la cabeza con cara de “uh-oh”. —Tienes correo. Freya levantó la vista. —¿Y? —De él. Freya entrecerró los ojos. Tomó su laptop y abrió la bandeja de entrada. Asunto: Presentación formal – 09:00 a.m. De: Alexander Dorne Para: Freya Lennox Señorita Lennox, He revisado su material preliminar. Será necesario presentarlo de manera formal ante el comité del programa mañana a las 09:00 en la sede principal de Vallencourt. Prepare una defensa técnica, estratégica y emocional de su propuesta. Quiero verla defender su idea con la misma seguridad con la que firmó el contrato. No es una sugerencia. Nos vemos mañana. — A.D. Freya leyó el correo dos veces. Y luego, una tercera. No porque no lo hubiera entendido… sino porque podía escuchar su voz al leerlo. “No es una sugerencia.” Claro que no lo era. Cerró la laptop lentamente, se estiró hacia atrás en la silla y dejó escapar un suspiro largo. No de miedo. Tampoco de cansancio. De anticipación. Penny volvió a aparecer por la puerta, como si no pudiera aguantarse. —¿Te dijo que tenías que verte bien también, o eso es opcional? Freya sonrió sin humor. —Me dijo que quiere verme defender mi proyecto como defendí mi firma. —¿Eso es sexy o intimidante? —Ambas. Freya se levantó, recogió la libreta, abrió su panel de muestras y murmuró para sí: —Está bien, Alexander. Si quieres fuego… mañana te lo voy a dar.
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