El sonido del clic al cerrar la carpeta resonó como un punto final.
Pero en realidad, solo era el inicio.
Freya se levantó con calma.
Tomó su bolso.
Acomodó su blazer con un gesto milimétrico.
Ni una palabra más.
Solo lo miró una última vez.
No con agradecimiento.
No con sumisión.
Sino con una advertencia silenciosa.
No sabes con quién te estás metiendo.
Alexander no se movió.
Se limitó a observarla desde su silla.
Cómodo. Tranquilo.
Como si todo ocurriera según su plan.
Pero sus ojos…
esos ojos grises la siguieron hasta la puerta.
Como si marcaran cada paso que daba.
Como si ya la tuvieran memorizada.
Freya apoyó la mano sobre la manija.
Y entonces, sin mirarlo, dijo:
—No se acostumbre a salirse con la suya conmigo.
Alexander entrecerró los ojos.
Y su voz llegó como un zarpazo elegante, justo cuando ella abría la puerta.
—¿Y si ya lo estoy haciendo?
Ella no respondió.
Solo salió.
Sin voltear.
Sin temblar.
Pero con un pequeño escalofrío recorriéndole la columna.
El pasillo se sintió más largo que antes.
Más silencioso.
Más cargado de algo que no tenía nombre todavía…
pero que sabía que volvería a morderle el alma tarde o temprano.
Al entrar al ascensor, Freya apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos por un segundo.
“Alexander Dorne no me va a controlar.”
“No me va a leer. No me va a romper.”
Y sin embargo, su corazón latía como si ya estuviera dentro de una jaula invisible.
El sonido familiar de la puerta de su estudio al abrirse la recibió como una bocanada de normalidad.
Paredes blancas, madera, café frío sobre la mesa, y desorden creativo por todas partes.
Caos funcional.
El mundo de Freya Lennox.
Cerró la puerta tras ella, dejó el bolso en su escritorio, y se quitó los tacones como si estuviera arrojando un escudo al suelo.
—Buenos días —canturreó Penny desde la sala de maquetas, con la cabeza medio enterrada en una montaña de planos—.
¿Sobreviviste a la torre de Mordor?
Freya levantó una ceja.
—¿Qué?
—La oficina de ese tal Alexander. Todo el edificio es tan… clínico. Me daría ansiedad respirar ahí.
Freya se dejó caer en la silla giratoria y giró una vez, como para sacudirse la tensión.
Apoyó la cabeza en el respaldo, mirando el techo.
—No es Mordor.
—¿Entonces?
—Es peor.
Es una ópera de poder silencioso con aroma a cuero caro y amenazas con traje de diseñador.
Penny se asomó por la puerta con una sonrisa traviesa y una taza en la mano.
—Eso suena… sorprendentemente erótico. ¿Firmaste?
Freya tomó la taza sin mirar y bebió sin importar que estuviera ardiendo.
—Firmé.
—¿Y? ¿Cómo es él?
Freya hizo una pausa.
Pensó en los ojos grises.
En la voz.
En cómo se inclinó sobre ella sin tocarla.
En cómo la retó sin gritar.
En cómo todo su cuerpo sigue, de algún modo, reaccionando a su cercanía aunque ya no esté ahí.
Suspiró.
—Es…
una bomba de relojería con modales.
El tipo de hombre que puede romperte sin levantar un dedo.
Y que lo sabe.
Penny abrió mucho los ojos, con una sonrisa que no ocultaba nada.
—¿Y tú… estás bien?
Freya la miró.
Y dijo la única verdad posible:
—Estoy jodidamente bien.
Y jodidamente jodida.
Penny se dejó caer en el sillón frente al escritorio de Freya, cruzando las piernas y abrazando su taza como si fuera un animalito.
—Ok, momento serio.
Ya firmaste. Ya volviste entera. Ya respiraste.
Ahora dime…
Freya la miró de reojo mientras abría su laptop y se quitaba el blazer.
—¿Qué?
—¿Ya tienes en mente el proyecto con el que vas a participar?
Freya se quedó en silencio.
La pantalla encendida, en blanco.
El cursor parpadeando como si la desafiara también.
Penny la observó en silencio un par de segundos.
—Freya...
Ella suspiró.
Se inclinó hacia adelante.
Apoyó los codos en la mesa.
Se pasó una mano por el cabello y luego clavó la vista en un punto fijo de la madera.
—Tenía una idea.
Tenía muchas.
Pero después de hoy…
—Pausa. Corta. Honesta—.
Todo me parece insuficiente.
Penny ladeó la cabeza.
—¿Insuficiente para ti… o para él?
Freya no contestó de inmediato.
Solo miró la pantalla.
Y murmuró:
—Para ambos.
Silencio.
Penny se levantó. Caminó hacia la estantería de muestras de materiales, tomó una libreta de bocetos, y la dejó frente a ella.
—Entonces, empieza por donde siempre empiezas:
¿Qué quieres cambiar?
No para complacerlo a él.
Ni para impresionar a nadie.
Solo…
¿qué cambiarías del mundo, si pudieras construir algo nuevo?
Freya bajó la mirada.
Sus dedos acariciaron la portada de la libreta.
Y entonces, como una chispa, una palabra surgió:
—Espacios.
—¿Espacios? —repitió Penny.
Freya asintió.
—No edificios. No casas. No oficinas.
Espacios emocionales. Espacios que hablen.
Para mujeres que han tenido que rearmarse solas.
Para personas que necesitan volver a sentirse seguras.
Diseño terapéutico.
Arquitectura emocional.
Penny la miró como si acabara de verla por primera vez.
—Eso suena… brutal.
Freya sonrió.
Por primera vez en horas.
—Y va a serlo.
La mesa de trabajo estaba cubierta de papeles, muestrarios de tela, cartones de café vacíos y post-its con palabras sueltas: luz, seguridad, ruptura, renacimiento.
La playlist sonaba suave de fondo —algo con piano y beats electrónicos—, y el ambiente olía a incienso de sándalo y lápiz recién afilado.
Freya estaba sentada en el suelo, con la laptop abierta sobre una caja de madera y un cuaderno de bocetos sobre las rodillas.
Llevaba un chongo mal hecho, una blusa vieja y sus gafas de lectura.
Pero su mente…
brillaba.
Dibujaba con trazos seguros: un espacio curvo, orgánico, con texturas suaves y estructuras móviles. Un refugio sin puertas, con rincones que se adaptaban al estado emocional del usuario.
Luz cálida. Aromas terapéuticos. Tecnología intuitiva.
Diseño que abraza.
—Esto no es solo arquitectura —murmuró—. Es… cuidado.
Penny apareció en la puerta, comiéndose una manzana.
—¿Eso es un muro que cambia de color con el estado de ánimo?
—Y temperatura —respondió Freya, sin dejar de dibujar—. Quiero que cada espacio se sienta como una piel. Que proteja, que contenga. Que diga: estás a salvo aquí.
—¿Y eso lo vas a presentar a Alexander "Corazón de Hielo" Dorne?
Freya levantó la mirada con una chispa en los ojos.
—Sí.
Y va a tener que tragar su desprecio por lo emocional…
porque esta idea va a dejarlo sin argumentos…
—No. Rechaza la oferta.
—¿La de Japón? —preguntó su asistente, sin levantar la vista del iPad.
—Sí.
—¿Razón para rechazarla?
Alexander firmó un documento sin mirarla.
—Porque no confío en hombres que ríen demasiado.
La reunión en la sala ejecutiva de Vallencourt parecía una partida de ajedrez con relojes atómicos.
Siete personas alrededor de una mesa de cristal, cada una hablando solo cuando él lo permitía.
Cifras. Proyecciones.
Nuevas sedes. Inversiones en inteligencia artificial.
Un fondo europeo dispuesto a poner cien millones sobre la mesa.
Alexander lo procesaba todo al instante.
Pero por debajo de las palabras y los números, había algo más.
Un murmullo.
Una imagen.
Unos ojos avellana.
Una firma en tinta negra.
Una frase desafiante.
“Yo también juego.”
Su mente, normalmente limpia y estratégica, se enturbiaba cada tanto con el recuerdo de esa mujer sentada frente a él.
Tan insolente. Tan clara.
Tan peligrosa.
—¿Señor Dorne? —interrumpió su director legal—. ¿Aprobamos la etapa tres?
Alexander asintió, sin mirar a nadie.
—Sí.
Háganlo.
Y esta vez, sin margen de error.
Cuando la reunión terminó, se quedó unos segundos solo en la sala.
Mirando la ciudad.
Y por primera vez en días, se preguntó:
¿Qué diablos estará haciendo Freya Lennox… ahora mismo?