CAPITULO 4

1274 Words
Freya cerró la puerta sin hacer ruido. El sonido del mecanismo de cierre se sintió definitivo. Casi ceremonial. Como si hubiera cruzado un umbral invisible del que no se podía volver. Alexander seguía de espaldas, mirando la ciudad como si fuera suya. Y tal vez lo era. Freya permaneció de pie, sin hablar. No iba a ser ella quien rompiera el silencio. Eso le habría dado poder. Y estaba dispuesta a pelear cada centímetro de él. El reloj digital del escritorio marcaba las 8:01. Segundos pasaban. Él no se giró. Freya sintió cómo el silencio se volvía denso. Como si el aire se llenara de electricidad estática. Quería cruzarse de brazos. Quería rodar los ojos. Quería decirle que el show ya había comenzado anoche. Pero no lo hizo. Finalmente, Alexander se movió. Lento. Preciso. Giró sobre sí mismo con una fluidez que no parecía humana, como si cada músculo supiera exactamente dónde colocarse. Sus ojos la encontraron con una intensidad quirúrgica. No había sonrisa. No había cortesía. Solo evaluación. —Señorita Lennox —dijo al fin, como si no acabara de dejarla cinco minutos en el limbo—. Tome asiento. Y luego caminó hacia su silla. No esperó a que ella se moviera. No le sostuvo la mirada. Solo se sentó, acomodó una carpeta frente a él con movimientos medidos, y colocó una pluma sobre ella. La pluma era negra. Mate. Grabada con sus iniciales en plateado. A.D. Freya se sentó sin apuro. Cruzó las piernas. Acomodó su blazer con delicadeza. —Pensé que comenzaríamos a las ocho en punto —dijo con una sonrisa suave pero con filo. Alexander levantó apenas una ceja. —Lo hicimos. Solo que no con palabras. Ella sintió ese pequeño cosquilleo en la nuca. No sabría decir si fue rabia, adrenalina… o algo que no estaba lista para nombrar. Y luego, él apoyó ambos codos sobre la mesa, entrelazó los dedos… y la miró directamente. —Vamos a establecer las reglas. Freya bajó la mirada hacia la carpeta. Negra, gruesa, pesada. Como todo lo que él representaba. La abrió con calma. Deliberadamente lento. Las uñas perfectamente cuidadas tocaron el borde de la primera hoja como si fuera un libro sagrado... o una bomba por desactivar. Alexander no dijo nada. Solo la observó. Inmóvil. Imperturbable. Ella comenzó a leer. En silencio. Página por página. Cláusulas legales. Términos técnicos. Lenguaje tan elegante y frío como el hombre que tenía frente a ella. Pero a medida que avanzaba, los detalles cambiaban. “Durante la duración del proyecto, el patrocinador tendrá autoridad total sobre las decisiones estratégicas, de representación y dirección.” “La socia deberá ajustarse a los protocolos internos y mantener discreción absoluta en todo momento.” “El patrocinador podrá, bajo criterio personal, implementar medidas correctivas en caso de desacato o incumplimiento.” Freya alzó una ceja. Sus labios se curvaron apenas. ¿Medidas correctivas? ¿Qué carajos es esto, una oficina o un maldito cuarto de castigo? Pasó a la siguiente página. La cláusula 17 estaba destacada en una tipografía distinta. Más grande. 17.1 – El socio patrocinador podrá establecer reglas personales de convivencia y conducta durante las actividades fuera del entorno laboral si lo considera necesario para el éxito de la asociación. Freya cerró la carpeta con un leve “clac” seco. Levanta la vista. Sus ojos avellana se encuentran con los de él. Y por primera vez… ella sonríe. No una sonrisa dulce. Una sonrisa peligrosa. —¿Esto es en serio? —Su voz es suave, como terciopelo con cuchillas escondidas—. ¿Reglas personales de convivencia? ¿Medidas correctivas? Alexander se recostó en su silla. Lento. Cómodo. Como si hubiera estado esperando exactamente esa pregunta. —Completamente en serio. Ella entrecerró los ojos. —¿Y yo qué soy, señor Dorne? ¿Su becaria o su mascota? Alexander sonrió. Una sonrisa breve, sin dientes. De depredador educado. —Eso depende de usted, señorita Lennox. Todo en este contrato... es consensuado. Silencio. Freya sintió una corriente recorrerle la espalda. No era miedo. Era anticipación. Pero no lo mostraría. Nunca. Freya mantuvo la mirada. Firme. Inmutable. No pestañeó. No desvió la vista. No cedió. La carpeta cerrada descansaba sobre la mesa como si pesara toneladas. Y aún así, el silencio pesaba más. Ella se inclinó hacia adelante. Muy poco. Solo lo suficiente para que su voz llegara clara, suave y cargada de veneno educado. —Tiene suerte, señor Dorne. No todos los días le asignan una mujer que sabe leer entre líneas… y que no se arrodilla con facilidad. Alexander alzó una ceja, curioso. Intrigado. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Con el tono de alguien que sabía que estaba en desventaja… y aún así no tenía miedo. —Esas cláusulas ambiguas, esos “criterios personales”, sus “medidas correctivas”... —Freya sonrió, ladeando la cabeza apenas—. ¿Es su manera elegante de decirme que está acostumbrado a tener la última palabra… dentro y fuera del horario laboral? Alexander no respondió. Solo la miró. Pero la tensión en su mandíbula habló por él. Ella se incorporó, cruzó las piernas con calma y dejó que el silencio hiciera su efecto. —Supongo que cree que puede moldearme como a los demás. —Hizo una pausa—. Spoiler: no funciono con moldes. Alexander se acomodó en la silla sin perder el contacto visual. Sus dedos tamborilearon una vez sobre el escritorio. Y entonces, habló. —No necesito moldearte, Freya. Solo necesito que sepas dónde estás parada. Y lo que está en juego si fallas. Ella sonrió de nuevo. Esta vez, con los ojos brillando de desafío. —Oh, lo sé. Estoy parada justo frente a usted. Y eso significa que, al menos por hoy… yo también juego. Silencio. Y por primera vez, él no tuvo respuesta inmediata. Alexander no respondió. Solo se levantó. Lento. Medido. Insoportablemente seguro. Dobló las mangas de su camisa blanca hasta los antebrazos con movimientos silenciosos. Y caminó hacia ella. No con prisa. No con agresividad. Sino con esa autoridad silenciosa que tienen los hombres que están acostumbrados a entrar en una sala y ser el epicentro de todo. Freya no se movió. Pero su espalda se tensó. Él rodeó la mesa, sin apartar la mirada de ella, hasta quedar justo a su lado. No la tocó. Solo se inclinó. Su rostro junto al de ella. Su voz bajó… como una amenaza susurrada por alguien que conoce demasiado bien el autocontrol. —¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Freya? Ella no respondió. Alexander continuó, su aliento rozando la línea entre su mejilla y su oído. —Que te crees capaz de resistirme… Y aún así, viniste. El silencio fue absoluto. Ella podía olerlo: cuero, especias, una nota oscura imposible de identificar. Podía sentir el calor de su presencia sin que la tocara. Podía oír su propio corazón latir entre las costillas. Alexander se enderezó. Volvió a su silla. Se sentó. Crujió sus nudillos con elegancia. —La pluma está ahí. Firma… o levántate y sal. Tu decisión. Freya lo miró fijamente. No dijo nada. Tomó la pluma. La sostuvo entre los dedos como si estuviera firmando un trato con el diablo. O con alguien peor: un hombre que no pensaba perder. Y entonces… firmó. Una línea perfecta. Segura. Determinada. Ella levantó la vista con una sonrisa desafiante. —Felicidades, señor Dorne. Ya tiene su contrato. Ahora… prepárese para trabajar con alguien que no le va a obedecer tan fácilmente. Alexander cerró la carpeta sin mirarla. Y sus labios se curvaron apenas. —Eso espero.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD